Acosar a la propiedad

Hace unos días saltaba la noticia de que una asociación de vecinos estaba elaborando un censo de fincas cerradas en el casco antiguo para ofrecerlo a la Administración, en aras de “resolver el problema de la vivienda en Cádiz”. Que yo sepa nadie se ha escandalizado por tal iniciativa. Como veo que no se trata de inspeccionar a propietarios incumplidores, pues ya la Administración tiene esas competencias, me temo que detrás de esto está la vieja idea estalinista de acosar a los propietarios de viviendas cerradas para que las alquilen, o para que sean confiscadas. Si la propiedad se cuestiona, toda la civilización se viene abajo y aparece la ley de la selva. Los propietarios pueden tener sus casas cerradas, abiertas o medio pensionistas, como les de la gana, siempre que no incumplan la normativa urbana. Lo que les faltaba, encima de aguantar una legislación que protege a los inquilinos morosos. Parece que la crisis no nos ha enseñado que se acabó demandar gratuidades pagadas por otros, que las casas hay que comprarlas como hemos hecho todos, y que hay que ir allá donde haya trabajo para vivir dignamente. Sólo los incapacitados tienen derecho a la ayuda de los demás. La Constitución, por influencia de la izquierda de entonces, consideró la vivienda un derecho, lo que ha provocado la estúpida impresión de gratuidad para todos. La II República fue un caos por la acometida violenta de la revolución contra la propiedad, además de contra la libertad religiosa y contra una derecha mayoritariamente legal. La propiedad es una defensa de los ciudadanos humildes y cumplidores frente a un Estado voraz. En España lo sabemos bien, pues la mayoría trabaja toda su vida para conseguir comprar un inmueble que luego dejará a sus hijos. Por esa regla de tres absurda, podríamos hacer también un censo de las cuentas bancarias de los dirigentes de esta entidad tan preocupada por la vivienda, para obligarles a que empleen su dinero en procurar alquileres a los sin techo. La mentalidad de no hacernos cargo de nuestras vidas y de demandar derechos que pagan otros ha traído una terrible crisis marcada por la subvención, el despilfarro y la socialdemocracia, valga la redundancia.

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