En esta carrera frenética por la estupidización de la raza humana quizá España acabe por jugar un papel protagonista


Actualizado Viernes, 5 abril 2024 – 22:55
Dice doña Úrsula que otra guerra europea es posible, aunque los optimistas confían en que no se parezca a las dos anteriores. Ni siquiera Einstein imaginaba la Tercera Guerra Mundial, pero a cambio estaba convencido de que en la Cuarta lucharíamos con palos y piedras, al modo de una abrupta elipsis regresiva de Kubrick. La humanidad tendrá así la oportunidad de recomenzar, y dentro de la humanidad también la tendremos los españoles: no todo van a ser malas noticias.
Que la fúnebre advertencia ursulina se confirme depende de que la reserva de inteligencia de la especie prosiga su acelerada contracción. De la máquina de vapor a la IA, todo apunta a que la excelencia neuronal del sapiens ya tocó techo y ha iniciado el repliegue, delegando en la electrónica cada vez más facultades y entreteniendo el tiempo libre con ideaciones suicidas. Traspasado el punto de no retorno de la autonomía intelectual, volveremos a matarnos con lujuria.
En esta carrera frenética por la estupidización de la raza humana quizá España acabe por salir de su proverbial aislacionismo para jugar un papel protagonista, sin desmerecer los afanes todavía hegemónicos de los estadounidenses. Las últimas noticias nacionales así lo sugieren. Vivimos en una democracia con la agenda secuestrada por un fugado de la Justicia que chantajea a un presidente de progreso cuyo futuro favorito es la guerra civil. Al mismo tiempo, las fuerzas de seguridad están volcando el contenido de los móviles requisados a una trama radicada en el Ministerio de Transportes que traficaba con las influencias de la mujer del presidente y se lucraba con las mascarillas defectuosas colocadas a la que sigue siendo tercera autoridad del Estado. Ante semejantes hechos, denunciados por la prensa libre, un ministro reacciona listando columnistas y el Gobierno desvía la recaudación de una fiscalidad singularmente agresiva para el desembarco en una multinacional telefónica o para la llamada a filas gubernamentales de un cómico. La prensa progresista justifica todo esto y además la amnistía que criticaba antes de que su patrón cambiara de opinión, porque el verdadero periodismo, sostienen, adula al poder y se opone personalmente a la oposición. Y porque la alternativa es un gobierno que, a lo peor, haría con la democracia todo lo que ya están haciendo los suyos.
De esta paradójica manera, comportándonos como el país más gilipollas de Occidente sin serlo, volveremos a colocarnos a la cabeza del mundo en el preciso instante de la decapitación.