El siniestro disfraz de un sin escrúpulos. Andrés Trapiello

Lo que no podemos es seguir como hasta ahora. Sánchez nos quiere, además de locos, hartos

El siniestro disfraz de un sin escrúpulos
JAVIER OLIVARES

Andrés Trapiello

Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 6 abril 2024 – 00:11

Tiene uno la impresión de haber escrito este artículo otras cien veces. Se lo he oído también a algún amigo respecto de los suyos. Es difícil decir nada nuevo. ¡Lo hemos escrito ya de tantas maneras, en tantos tonos! Contribuye a este hartazgo, supongo, la terca repetición de los hechos, la obstinación de la realidad, las malditas circunstancias, que decía Fortunata.

Lo primero que hizo Sánchez anteayer, nada más bajarse del avión, fue correr a Cuelgamuros. Venía de darse una vuelta por Oriente Próximo… El mundo no podía prescindir de su opinión, y corrió a pedir una vez más un Estado palestino en el que la mayoría de los países árabes no están interesados. O sea, crear el nuevo, y mientras, ir socavando este nuestro.

Jordania, Arabia Saudí, Emiratos… Le veremos, a partir de ahora, viajar sin tasa de kilómetros ni queroseno a los confines más insólitos, haciendo bueno el dicho: «Como fuera de casa, en ningún sitio». Bombas de humo, pantallas de representación que le ayudarán a camuflarse y esconder su amnistía y las cesiones a delincuentes irredentos, sus pactos aberrantes y la corrupción de su partido. Y cuando no tenga más remedio que volver, saldrá corriendo otra vez a Cuelgamuros. Anteayer fue la cuarta. No le van a quedar ya muertos.

Y en cuanto llegó se hizo, disfrazado de forense, unas fotos y circuló un vídeo siniestro, obsceno, repugnante. Y no por los huesos, desde luego. Sino por el uso que estaba haciendo de ellos. Lo nunca visto, lo que ningún familiar había podido ver ni discretamente, porque se lo negaron.

Sin pasar por el camerino para quitarse la máscara de farsante, se precipitó después a subir un tuit. Por doquiera Sánchez va, lleva consigo su agitprop, diríamos a la manera de Galdós. Dejó este comentario al pie de su trofeo, como otros cazadores ponen su pezuña sobre la pieza abatida: «Sin memoria no hay democracia». Cierto. «Y un exceso de memoria daña la vida». Lo dijo Nietzsche. Volviendo esta frase del revés quedaría así: «El olvido es infinito. De él deriva el vuelta a empezar, sin el cual el mundo se acabaría», por seguir con Galdós y Fortunata. Pero Sánchez se ha propuesto acabar con un mundo que estaba siendo no sé si el mejor de los posibles, pero sí el mejor que hayamos construido en toda nuestra historia. Él ha decidido ir desmontándolo paso a paso.

La escena resultaba macabra, los facultativos pegados a la pared, de pie, fantasmales, sin atreverse a despegar los labios, con fosca seriedad, como los huesos ordenados, vivos y muertos aterrados ante nuestro pequeño Ceaucescu (que además ya tiene su madame Ceaucescu). Cuántas veces lo habrá dicho uno ya: el problema de la memoria nunca ha sido encontrar el adn biológico apropiado. Ese es sencillo de extraer: tiempo y dinero. Es el otro, el adn moral, político y penal el problemático en una guerra civil: todas las que están en Cuelgamuros fueron víctimas, pero algunas además, victimarios. Sus crímenes no saldrán de ningún laboratorio, aunque los tengan a la vista. No lo duden, mezclados con los de las víctimas inocentes. Ni siquiera los historiadores podrán deducirlo en muchos casos. Eso justifica las reparaciones, pero invalida los homenajes indiscriminados. ¿Qué parte es difícil de entender de esto?

¡Cuántas veces antes habrá escrito uno ya este artículo! Se entiende que usted también esté cansado.

Hasta ahora simpatizaba uno poco con las mayorías silenciosas, compuestas por individuos conformistas y cobardes. Las del franquismo, por ejemplo. Pero aún se soportan peor las mayorías silenciosas «progresistas». Las otras, al menos, tenían la excusa de la dictadura y el temor a ser represaliados.

Hablemos de mi gremio, al que conozco algo. Escritores y periodistas. Derecha, centro e izquierda. Pongamos cien a modo de ejemplo. Cincuenta escribimos cada semana artículos parecidos que denuncian sin desmayo la deriva demencial del presidente Sánchez y su Gobierno. Nos habrán leído mil artículos contra la amnistía, sus incongruencias y desmanes. Lo raro no es que los otros cincuenta no hayan escrito otros mil a favor del uso partidista de los muertos o de la amnistía, sino que no hayan dicho nada de todo ello, ni a favor ni en contra.

Repasa uno, a modo de orientación, la extensa lista de los que firmaron hace solo tres años aquel manifiesto de los dos mil no sé cuántos contra Ayuso, y constato que su ardor guerrero no ha tenido a bien ocuparse aún de la amnistía, ni juntos ni por separado. Puede incluso, me digo, que no hayan escrito ni una línea por suscribir también las reprobaciones combativas. En ese caso, razón de más. Está uno deseando pasarles los trastos y descansar un rato. ¿Y si siguen siendo sanchistas contumaces por miedo a acabar en la fachosfera? También bien. Pero saliendo a la palestra, defendiéndole de los ataques, si los juzgan equivocados y reaccionarios. Inyectarían en nuestros extenuados escritos nueva savia, arrimarían a nuestras prosas fatigadas sus acicates y los debates se reavivarían, para bien de todos.

Lo que no podemos es seguir como hasta ahora. Sánchez nos quiere, además de locos, hartos. Quiero decir, dejándole abusar impunemente del sentido común y la decencia, cosa que ocurre, como poco, dos o tres veces a la semana. La última, anteayer, la cuarta en Cuelgamuros. Nuestros artículos no hacen más que acompasarse con él. Salta a la vista: sirven de poco, ¿pero qué más podríamos hacer?

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