30 de septiembre de 202605:2


@quintanapazSeguir al autor
Director académico y profesor en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid. También salgo en la tele (El Toro TV) o en las tertulias de ViOne Media. Para saber qué decir en todos esos sitios me ha ayudado ser doctor en Filosofía con Premio Extraordinario por la Universidad de Salamanca, haber ejercido como Lonergan Post-Doctoral Fellow en el Boston College o haber trabajado como investigador en las universidades de Viena o Turín (en esta última, bajo la dirección de Gianni Vattimo).
Hay una pregunta que se hacen todas las madres del mundo: ¿por qué mis hijos se van siempre con amigos tan poco recomendables? En ocasiones, esas madres transmiten tales preocupaciones a sus propios vástagos: «Con lo estudioso que es Fulanito, con lo bella persona que es Menganito, ¡mira que al final amigarte con el gamberro de Zutanito! ¡A saber qué andaréis haciendo por ahí, juntos, hasta tan tarde!».
Me siento muy identificado con esas madres perplejas. Porque también en España tenemos a gente, a mucha gente, interesada en amigarnos con los países menos recomendables del mundo.
Tenemos a gente (¡nada menos que en el Gobierno!) empeñada en decirnos que Palestina será nuestra mejor amiga. Tenemos a proiraníes, prorrusos y prochinos soltándonos monsergas similares (también con apoyos del Gobierno, o del exgobierno, como Rodríguez Zapatero). Incluso existe algún pintoresco personaje encomiando por nuestras teles las bondades de Corea del Norte. En ninguno de esos países, claro está, querría vivir ninguno de los que los ensalzan. Muchas de tales naciones padecen niveles de vida tercermundistas; todas ellas carecen de libertad para criticar a sus gobiernos, por solo mentar una de las mil y una libertades que les faltan. Su tercermundismo, por tanto, más que económico, es moral.

¿Fracasará la Iglesia ante el ‘wokismo’ 2?
Miguel Ángel Quintana Paz
Pero mucha gente está interesada en persuadirnos de que esa es la baja meta que debería inspirarnos. Con una contradicción notable: ninguno es capaz de demostrarnos que esos países estén interesados en apoyarnos, de vuelta, lo más mínimo. Es como si el gamberro de Zutanito, del que hemos hablado antes, no solo fuese una mala influencia para nuestro hijo, sino que le despreciase y abandonase siempre que a nuestro chaval le vienen mal dadas. Toda buena madre, sin duda, aborrecería esa relación.
Hemos podido comprobar este desprecio hacia nuestra España tras la reciente invasión de Ceuta. ¿Cuántos de esos países «malotes» nos han apoyado? La respuesta resulta sencilla: ni uno solo. Al final, el tercermundismo es lo que tiene: un tercermundista siempre se pondrá del lado de otro tercermundista. Y en España (pese a los esfuerzos de tantos), Tercer Mundo aún no somos.
El episodio de Ceuta, con todo, resulta interesante por una razón más profunda. Una razón que revela lo que le está sucediendo a todo Occidente, no solo a nuestra nación. Pues no somos los únicos a los que quieren tercermundizar. Por eso merece la pena que nos detengamos algo más en el caso ceutí.
Para empezar, uno diría que en esa invasión están claros sus dos implicados fundamentales: el Gobierno de España, por dejar entrar a los invasores; el Gobierno de Marruecos, por hacerlos pasar. —También, por cierto, está claro quién les facilitó las cosas a quienes atravesaron la frontera: el Partido Popular de Ceuta, con Juan Jesús Vivas a la cabeza; partido que hasta en tres ocasiones (una, dos, tres) votó en contra (no, no y no) de reforzar su defensa—.

Llega el ‘wokismo’ 2, y será peor que el 1
Miguel Ángel Quintana Paz
Esos son los hechos. Pero ya sabemos que a los humanos los hechos nos aburren: nadie se pone a leer la guía de teléfonos, repleta como está de datos fiables; compramos, en cambio, novelas, cuentos, mitos, conspiraciones, fantasías, revelaciones. Es lo nuestro. Somos narrativos. Lo avanzó Giambattista Vico hace trescientos años; lo reiteran las más recientes teorías sobre el origen del lenguaje, según las cuales este se desarrolló para contarnos historias de anochecida, a la luz de las hogueras, una vez resueltos los negocios diarios, para los que muchas menos palabras habrían podido bastar.
La frase «dato mata relato» refleja, por tanto, la historia de un crimen jamás cometido. Mas ello no significa que no existan historias verdaderas o falsas, honradas o mentirosotas. Lo sabían nuestros antepasados junto al fuego y lo podemos comprobar nosotros cada vez que surge un asunto candente. Asuntos como el de Ceuta, que de inmediato se ha visto envuelto por relatos, cuentos y cuentistas.
Uno de esos cuentos atañe al ya citado Vivas, que recorre las televisiones cual Maricarmen desahuciada de su vivienda ceutí, con su cara de consternado, con sus 73 años. Ya he apuntado que yo el relato que quiero escuchar de este hombre es por qué se negó una y otra y otra vez a reforzar la frontera cuya porosidad ahora llora. Pero él prefiere representar el personaje del damnificado. Y no se lo reprocho: la víctima es sin duda la figura más ventajosa en esta época que vivimos. Época cuyo lema bien pudiera ser: «Quien más llore, ese tendrá la razón».
Ahora bien, hay cuentos mucho más peligrosos que el de Vivas. Y cuentistas.

¿Cómo debería ser una política cultural de derechas?
Miguel Ángel Quintana Paz
Algunos se han propuesto echarle la culpa de todo a Donald Trump. Y tampoco se lo reprocho. «El mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio», afirmó hace ya tiempo Carlos Rodríguez Braun. ¿Y a qué figura se le puede endosar mejor ese papel hoy día que al presidente norteamericano? Cierto es que cuando Trump habla de Ceuta, como cuando habla de ello cualquier español razonable, su crítica dispara contra la incompetencia de un Gobierno del PSOE que facilita que nos invadan. Pero estamos hablando de relatos, no de la guía de teléfonos; y para muchos Trump debe ejercer de chivo expiatorio, no de porquero de Agamenón.
Otros cuentistas, menos imaginativos, han recurrido a un viejo estribillo que recorre Europa desde tiempos inmemoriales: ¡la culpa es de los judíos! Bien es verdad que tras 1945 decirlo así queda feo, así que ahora tocaba echarle la culpa de la invasión ceutí a Israel. Un país que, por cierto, ni siquiera ha abierto aún su embajada en Rabat; pero que muchos están empeñados en que contemple a España como se contempla a un enemigo. Y quizá lo consigan. Esfuerzos no están ahorrando. Zafiedad tampoco.
Con esto, en cualquier caso, llegamos al quid del asunto. Porque así caeremos en la cuenta de que Ceuta no es un problema español tan solo, sino un síntoma del mundo actual. ¿De dónde vienen estos discursos que echan siempre mano de Estados Unidos, de Trump, de los judíos, de Vox incluso, a la hora de buscar culpables? Sin duda, la cantinela nos suena: contiene ecos del antiamericanismo de siempre, del anticolonialismo de siempre, del antisemitismo de siempre, del antiespañolismo de siempre. Pero también adquiere tonos propios hoy día. Lo hemos tratado de explicar en nuestros dos artículos anteriores aquí en THE OBJECTIVE (este y este). Hoy concluimos esa pequeña trilogía. Una trilogía sobre el wokismo 2.
En efecto, como hemos venido explicando, un rasgo típico de esta nueva versión del wokismo mundial (o tercermundial) que hoy en día prospera reside en olvidar un tanto a las personas no binarias, trans, veganas o mujeres «racializadas» y empezar a hablar más de geopolítica. (Por supuesto, el wokismo 2, como todo progresismo, insistirá también en que viene a mejorar la situación económica de los pobres; pero ese es un viejo cuento, ya muchas veces desvelado, que no nos pararemos a desentrañar aquí).

Miguel Ángel Quintana Paz
Cuando el wokismo 2 habla de geopolítica, se concentra en la parte facilona, la que nos gusta a todos: criticonear. ¡Es tan fácil mostrar que Estados Unidos no es un país perfecto, sobre todo fuera de sus fronteras! ¡Es tan sencillo ponerse por encima de Trump —hay incluso un obispo español que dedica buena parte de sus pódcast a ello—! ¡Resulta tan asequible juzgar a Israel, a Netanyahu, a quien le suceda y a quien le precedió! Eso, en realidad, lo puede hacer cualquiera.
Pero el wokismo 2 quiere ir un paso más allá. En realidad, quiere recuperar las viejas canciones del anticolonialismo para nuestros días. ¡Ya hemos advertido que es tercermundialista! Bien es verdad que colonias, lo que se dice colonias, no quedan muchas en el mundo —y una de ellas es el paraíso fiscal de Gibraltar, que desde luego no se van a poner a denostar—. De ahí la importancia de Gaza: Israel ejerce para el wokista de nuestros días como ejemplo de los malvados países occidentales, culpables de colonialismo; uno critica hoy a Netanyahu y cree así estar denigrando a Leopoldo II, a la reina Victoria y a Napoleón III; a Felipe II y a Maximiliano de Habsburgo, todos de una vez.
Ahora bien, quizá usted, amigo lector, se esté preguntando qué sentido tiene en nuestros días atacar los mausoleos de esos antiguos monarcas europeos, hace ya tiempo sepultados. Es aquí donde debemos recordar que, para un wokista, la culpa es algo que siempre se hereda: todos los europeos somos culpables del colonialismo de antaño; los españoles, por cierto, al haber alcanzado el imperio más brillante, seríamos culpables de manera especial. Somos tan culpables que nada podrá limpiar nunca nuestra culpa (aquí, de nuevo, hay que recordar el vínculo entre wokismo y calvinismo: tanto en uno como en otro, los réprobos, los culpables, los pecadores jamás podrán dejar de serlo).
Esta culpa imborrable implica, además, que los occidentales deberemos penar con una dura penitencia (igual que, para Calvino, el reprobado por Dios habrá de sufrir para siempre un dolor infernal). Y es ahí donde nos topamos con la segunda clave del wokismo 2: su insistencia en que los europeos debemos dejarnos penetrar por todo inmigrante tercermundista que así lo quiera. Es el pago que les debemos hoy por nuestros pecados de anteayer. El wokista 2 es anticolonialista para poder ser inmigracionista. El wokista 2, por consiguiente, jamás podría criticar en Ceuta a los invasores; así se entiende que se vaya a buscar culpables a Washington o Jerusalén.

Qué aprender de la España vencedora: siete pistas
Miguel Ángel Quintana Paz
Ya explicamos en nuestros artículos anteriores que el wokismo 2 es un fenómeno reciente. También lo sabe Pedro Sánchez, que ha corrido a exhibirse junto a Zohran Mamdani, quizá el mejor símbolo, desde que asumiera la alcaldía neoyorquina el pasado 1 de enero, de esta nueva versión de lo woke. Por desgracia, un segundo símbolo de la transición del wokismo 1 al 2 lo tiene Sánchez más cerca: Ceuta se ha convertido, como estamos viendo, en un hito importante ahí. Basta fijarse en cómo las mujeres, obsesión clave del wokismo feminista de primera hornada, están siendo acalladas —junto con sus violaciones, agresiones y miedos—; basta atender a cómo se olvidan asimismo los sufrimientos de gais, lesbianas y trans ceutíes, frente a todo el bombo que se dio a esta clase de padecimientos durante el wokismo 1. Estamos en un nuevo tiempo y ahora, ¡ay!, debes ser tercermundista e inmigrante si aspiras a convertirte en el nuevo foco de la compasión.
Estas mutaciones recientes del wokismo no deben distraernos, empero, de su meta final, que es la de siempre: acabar con nuestra civilización; disolver esa peculiar combinación de razón griega, instituciones romanas y moral bíblica que prospera entre nosotros desde hace diecisiete siglos (gracias sean dadas al emperador san Constantino). Tercermundizarnos parecerá un proyecto absurdo para cualquier mente razonable; no así para todos esos destructores de Occidente, que aborrecen lo que somos y ven en nuestro reemplazo por cualquier otra cosa (Tercer Mundo incluido) una salida que anhelar.
Y tampoco, claro, debemos olvidar cuál es nuestra mejor arma contra tan necios proyectos. Si ellos odian nuestra herencia europea, nosotros debemos amarla; y para amarla, hay que conocerla; y para conocerla, hay que divulgarla.
No le pediré, amigo lector —permanezca usted tranquilo—, que se ponga a repartir por todos sus grupos de WhatsApp las obras completas de Aristóteles o unas cuantas tomas en máxima resolución de la Capilla Sixtina; tampoco le rogaré que en su próxima cena con amigos recite como bardo la poesía de Garcilaso; ni que les pague a todas sus amistades un viaje a Jerusalén. Puede permanecer tranquilo a ese respecto.

Cuatro ideas para recuperar la historia de nuestra nación
Miguel Ángel Quintana Paz
Pero si quiere que los europeos amemos semejantes maravillas, y muchas más, que nos alejan del tercermundismo; si desea rechazar a los mercachifles que nos invitan a venderlas a cambio de un modo de vida inferior; si usted cree que la mejor forma de ayudar a otros pueblos es refinar nuestra civilización propia; entonces, acaso sí pueda, de momento, compartir este pequeño homenaje que aquí les quiero rendir a todas ellas. Pues al hacerlo también se lo rendirá usted.