Sánchez ya solo confía en que todo se degrade aún más, que la crispación aumente y venga a salvarle en el último momento cualquier desmán casero que le permita presentarse como mesías progresista


Actualizado Sábado, 21 junio 2025 – 00:06
Por nuestra vida, al igual que en las novelas, cruzan personajes principales y secundarios. En ella hay también tramas troncales y distracciones o ramificaciones.
Y por eso llevaba razón PSánchez, aunque quisiera decir lo contrario de lo que dijo (qué sabra él de Eugenio d’Ors). No conviene despistarse: toda la porquería que estamos conociendo gracias a la Uco y a los seudomedios es una anécdota comparada con la categoría moral de su proyecto político, el modo en que ha querido realizarlo y los secuaces con los que trata aún de llevarlo hasta 2027. Diéramos cien veces lo que han robado Koldo, Ábalos y Cerdán si con ello pudiésemos parar en el Tribunal Constitucional la Ley de Amnistía, de la misma manera que los millones que dicen que se quedó el Rey Juan Carlos de forma poco honorable no pagarán el servicio que hizo a los españoles y a la democracia el 23-F. Y aclaremos que si la corrupción es parecida en todos y cada uno de ellos, sus actos de servicio no son equiparables, bien al contrario: uno solo del Rey emérito evitó un más que probable enfrentamiento civil, y el sartal de actos políticos de la banda de PSánchez únicamente ha perseguido el beneficio propio y el de sus seres queridos y la división entre españoles, muro incluido (sin contar con que la corrupción real se produjo al final de su reinado y la de estos otros está en su origen y es razón de todo lo que ha venido después).
El único y lineal argumento de «su» obra (suya, de PSánchez, y de nadie más) ha sido, pues, desde el principio alcanzar el poder y mantenerse en él el mayor tiempo posible, tras un acto fundacional corrupto y recurriendo a toda clase de artimañas legales o ilícitas y a pactos indeseables.
Hasta hace unas semanas esos trucos y martingalas se le celebraban abiertamente con palabras que solo denotaban servilismo, adulación, bajeza: resiliencia, astucia, audacia y, la más importante, progresismo. Hasta la náusea. Los periodistas y columnistas afines lubricaban cuando las escribían en sus hipermedios. Hoy ya han desaparecido de la mayor parte de sus informaciones, editoriales y artículos de opinión.
El «progreso»… Ha sido el altar donde PSánchez ha ido sacrificando los principios que él no ha tenido jamás: todo aquello que aseguró que no haría y que ha ido incumpliendo sistemáticamente para poder mantenerse en el poder. PSánchez no ha tenido ni tiene, sin embargo, un proyecto propio a corto plazo ni un modelo de país, al contrario que RZapatero, alguien con menos masa encefálica que una nuez, que sí lo tiene (no en vano «le» mataron un abuelo en una guerra civil de hace 90 años que quiere ganar a toda costa, Tercera República mediante).
Y así el proyecto político de PSánchez fue, primero, el de PIglesias, cuando lo necesitó para alcanzar el poder (en realidad se dijo que se lo había «robado», cómo no, con gran astucia, como su «no pasarán»), y es ahora el de los nacionalistas/separatistas, para mantenerse en él. No se le conoce ningún otro proyecto original.
Si el negocio que hizo con los comunistas no le resultó rentable (entre otras aportaciones imaginativas: las aberrantes leyes del solo sí es sí o del transgénero), ya puede dar por amortizado el programa de Podemos/Sumar en la medida en que la gente ya lo ha olvidado. Cosa diferente es el que tiene pendiente con los separatistas. Esta es la categoría. Mordidas, sobornos, extorsiones, prostitutas no pasan de ser la sórdida anécdota que actualiza su complicidad con el proyecto separatista, a estas alturas el único que le permitiría permanecer en La Moncloa y al Partido Socialista sobrevivir al tsunami de inmundicias que ellos mismos han provocado.
Los nacionalistas son hoy por hoy los únicos que están sabiendo leer la realidad como nadie, sin engaños ni mentiras, sin distraerse ni un minuto del argumento principal. De modo que infinitamente más vergüenza que de los audios de esos tres gánsteres sintió uno al ver a Jordi Turull frente a PSánchez en un salón de La Moncloa, consciente de estar hoy más cerca que nunca de lograr su propósito. Y gratis, como quien dice. Su semblante era adusto, cierto, pero aunque permaneciera en silencio cuando lo mostraron las cámaras de televisión, no era difícil adivinar su pensamiento: «Me has tenido tres años en la cárcel por sedición y malversación, pero aquí estoy hoy en el palacio que me debes. Amnistiado, libre de culpa y de delitos. Y ahora, jódete tú y vete pensando, si quieres seguir aquí, cómo celebrar un referéndum, que además pagará el Estado español».
Falta para ello, claro, que la exquisita banda de Conde-Pumpido tenga el cuajo de corroborar la idoneidad de la ley Puigdemont-Cerdán, a día de hoy dos delincuentes, sólo presuntos porque no han sido juzgados todavía.
Nada de esto sucedería acaso si PSánchez presentara su dimisión, como le están reclamando de todas partes (excepto sus compañeros en el Parlamento, que puestos en pie, aplaudiéndole a él con un fervor patético, aplaudían su propia corrupción y su «jodeos», dirigido a toda la nación). Hoy el protagonista de la trama ya solo confía en que todo se degrade aún más, en que la crispación vaya en aumento con las nuevas anécdotas y venga a salvarle en el último momento cualquier desmán casero que le permita presentarse tan mesías progresista como inocentes aseguran ser los secundarios Koldo, Ábalos y Cerdán. Y seguir gobernando así hasta 2027 en una democracia más devastada todavía.