Memoria distraída
Hace unos añitos, ahora tengo 72, me dispuse a ir con mi moto desde mi casa del Paseo Marítimo en Cortadura al centro de Cádiz para hacer una gestión. Nada más tomar el camino de la avenida principal me di cuenta de que no me acordaba de lo que tenía que hacer. En principio me alarmé un poco, pero al pronto pensé, bueno, no te preocupes, enseguida me vendrá a la mente. Es cuestión de unos segundos. Pero los segundos pasaban yo seguía conduciendo mi moto y el recuerdo de adónde tenía que ir no me venía. La circulación a mi alrededor era densa, el tiempo pasaba y yo continuaba atravesando la Avenida gaditana con mi moto, brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, Residencia, Trille, San José, brrrrrrrrrrrrrrrrrrr, San Felipe, las Tres Marías, el Miami, y nada, seguía sin recordar. Por dentro me decía a mí mismo que no debía entrar en pánico, porque antes o después me acordaría, que me tranquilizara, aunque la situación era inquietante. Los que conocen Cádiz saben que al llegar a Puerta de Tierra el camino se bifurca, a la izquierda va para el Campo del Sur y la Caleta, y a la derecha se coge por la Cuesta de las Calesas en dirección al muelle y Diputación. Opté, no sé por qué, por el camino de la derecha. La moto seguía rugiendo brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, Crucé las Puertas de Tierra, la Audiencia, la Cuesta de las Calesas… y nada. A estas alturas intentaba adoptar una estrategia de supervivencia psicológica diciéndome, disfruta del paisaje y de la moto chaval, no te agobies. Pero yo me encontraba en realidad muy inquieto porque ya estaba en el casco antiguo, y porque habían pasado desde que salí de casa entre diez y doce minutos y continuaba con la mente en blanco. De repente, vi entrando ya por Canalejas y dejando a mi derecha el Muelle, el maravilloso Palacio de la antigua Aduana, la Diputación, y al lado, la Biblioteca Provincial. ¿La biblioteca? ¡Albricias! ¡Ahí es donde voy! En la paquetera de la moto llevaba…. ¡no uno ni dos, sino varios libros a devolver y una lista nueva de ejemplares a sacar!
El coche de mi yerno
Hace unos años decidí invitar a mi hija y a su novio de entonces, ambos madridistas como yo, (aunque los tres cadistas antes que nada, eh), a un partido Sevilla-Real Madrid en el Estadio Sánchez Pizjuán de Sevilla. 90 euritos del ala cada uno. Era verano y se preveía un calor de 37 grados. Hace muchos años que para mí el aire acondicionado es una cuestión de supervivencia personal. Me enteré de que el aire del coche del chaval estaba estropeado desde hacía tiempo; a ellos no les importaba, vivían en Cádiz, ciudad de temperatura agradable en verano, y no tenían mucha pasta, pero íbamos a Sevilla, y yo me alarmé. Así que le dije a Ana:
- hija mía, yo prefiero ir en el bus del Comes, el conductor es un profesional, voy leyendo tranquilamente y me aseguro de que iré fresquito; nos vemos allí en el estadio.
Sin embargo, el muchacho se sintió obligado a compensar de alguna forma mi invitación y llevó el coche a un taller bueno de su confianza asegurándole a mi hija que si íbamos con él no iba a haber problema alguno. En esas condiciones, y tras insistir, no tuve más remedio que decir que sí, aunque yo la verdad no me fiaba.
En efecto aquel día quedamos en la gasolinera última de Cortadura, donde llenamos el depósito de gasolina, y todos felices nos montamos en el coche que desprendía un exquisito frescor, dispuestos a enfilar la autopista. La vida nos sonreía.
Dos minutos más tarde, cruzando el puente Carranza, algo no muy agradable estaba pasando. El calor se estaba apoderando del ambiente. Nos miramos unos a otros con cara de “esto no puede estar sucediendo”, pero sí, lo estaba: ¡el aire acondicionado había dejado de funcionar! La tensión se hizo presente. El novio de mi hija, muy apurado, se agachaba, miraba aquí y allá, se movía de un lado a otro, tocaba la guantera nerviosamente, golpeaba el botón del aire con la mano libre del volante y se mostraba visiblemente agitado. El pobre lo estaba pasando fatal, y yo aún esperanzado pensaba, bueno, igual es un pequeño incidente solucionable. Pasado el puente el coche seguía ardiendo y el chaval no sabía dónde meterse, agobiado y jurando en voz baja. Yo empecé a sudar y a encontrarme mal. Tras unos minutos, el coche se adentró en la autopista y yo había perdido toda esperanza de que volviera el frío. No recuerdo bien mi reacción, creo que por dentro me enfadé mucho, pero al ver cómo estaba mi yerno, traté de tranquilizarlo, aunque sin mucho entusiasmo por mi parte. Como es natural el calor fue in crescendo conforme nos acercábamos a Sevilla hasta hacerse insoportable, un viaje que se hizo eterno en medio de un silencio sepulcral. Por supuesto, el Madrid perdió…. ¡por goleada!