Cosas que pasan II. RZP

No estoy demasiado orgulloso de lo que voy a contar hoy. Lo que contaré me rebaja, me deja como un tonto, pero probablemente es lo que fui de forma consistente.

No firmé la multa

Allá por los años 90, de siempre había habido un semáforo con luz amarilla intermitente, de los que dejan pasar, aunque con precaución, en la cuesta del antiguo Bar Estadio hacia la Avenida. De repente, un día en que me disponía a ir al centro, con prisas, habían puesto un semáforo normal que yo no aprecié porque acostumbrado a las luces amarillas intermitentes, permanecí más bien pendiente de que no venía ningún vehículo por mi izquierda. Total, que me salté el semáforo en rojo. Para mi desgracia, un policía local en moto surgió de yo no sé dónde, me paró y me empezó a poner un multazo, con toda la razón del mundo.  Aún desconcertado por el hecho que me acababa de pasar, intenté explicar torpemente, a través de un discurso cantinflesco, por qué había ignorado el semáforo, pero el policía no me escuchaba y me trataba con lo que yo interpreté como desdén. Así que me piqué. Tras escribir los datos en la libretita me dijo:

-Firme aquí.

-No firmo

Días después, comentando el hecho en reunión, me enteré de que si hubiese firmado y hubiese pagado la multa en menos de unos días se habría quedado en la mitad. Cortito como estaba en aquel momento, me dispuse a ir a la sede de la policía urbana para ver si podía conseguir de alguna forma una rebaja, sin menoscabar mi dignidad. La sala de pago era una oficina con un mostrador por delante, y por detrás muchos oficinistas. Como no quería que pareciese que me estaba bajando los pantalones, decidí que el sitio más discreto para preguntar era una esquinita del mostrador. Muy sigilosamente me acerqué a uno de los del mostrador y le pregunté en voz casi imperceptible:

-Mire, yo no firmé el otro día esta multa, ¿podría firmarla ahora para acogerme a la rebaja?

El gachó, mirando para detrás, le dijo a voz en grito a uno del fondo:

-¡Martinez, otro que pretende firmar ahora la multa para pagar menos!  

Diputación

Sería por los años 90 cuando no sé por qué razón, tuve que ir a Diputación a gestionar algo que no recuerdo. Alguien me recibió en un despacho de una oficina donde no había más que dos o tres mesas con gente «trabajando». No recuerdo por qué me indigné, pero el caso es que tuve una fuerte discusión con una chica. Yo estaba fuera de mis casillas. Me despedí con cajas destempladas y me dirigí a la puerta. ¡Adios, hasta nunca!, dije. Estaba tan ofuscado que cuando abrí la puerta de salida aquello era un armario lleno de carpetas y papeles. Nunca antes me había sentido tan Peter Sellers.

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