Francia es la grandeza vaciada por los delirios caudillistas, el honor tantas veces traicionado porque una vez perdida la tensión espiritual ya nada más importa


24/10/2026 Actualizado a las 19:04h.
Francia colapsa porque Rousseau fue el hombre más equivocado del mundo. No es que sean pobres o fascistas, están arrancados de Dios. Sus almas han sido acribilladas con las ideas más funestas que la Humanidad ha puesto en circulación. Francia es el resumen de todos los defectos del mundo. Nos han dado París, es verdad. Y lo agradecemos. Es la única gran obra de este jacobinismo centralista y atroz que exprime hasta la última gota de la más desesperada miseria humana.
No es que tuvieran miedo de Hitler, es que estaba escrito en Rousseau y difundido por Napoleón el egoísmo criminal cuyo fin de trayecto fue entregar a los judíos. Luego la Resistencia se la tuvieron que inventar, porque si vamos a lo que realmente pasó, Francia tendría que haber vivido décadas tan avergonzada como Alemania. Pero es verdad y lo admito y lo admiro: el estatalismo laico sabe hacer muy buena propaganda. Casi tan buena como los comunistas, que son sin duda los mejores.
El problema de Francia no son los estudiantes, ni los inmigrantes, ni los abuelitos con chalecos amarillos. Esto es lo que emerge en un país que se ahoga en su arrogancia y en su fanatismo. En su falta de sentido de destino, y cuyo lema es la libertad, la igualdad y la fraternidad y su método fundacional es la guillotina. No puede haber libertad sin Dios, ni por supuesto fraternidad, que significa amor. En cuanto a la igualdad, he visto que esta palabra suele ir seguida de un recuento de cadáveres.
Francia es la grandeza vaciada por los delirios caudillistas, el honor tantas veces traicionado porque una vez perdida la tensión espiritual ya nada más importa. Francia es lo que les hicieron a los judíos, lo que nos hicieron a nosotros con ETA hasta que se dignaron a colaborar, lo que hicieron a los católicos en la Vendée. Y lo que finalmente se han hecho a sí mismos con una degradación de la vida pública tan salvaje que no puede venir sino de una previa y absoluta devastación moral.
Lo que estamos viendo estos días no son unas protestas o el efecto de una crisis. Estamos asistiendo a la demolición de un Estado fallido, que ha intentado sustituir a Dios en todas las esferas públicas y privadas de sus ciudadanos, y que ha fracasado estrepitosamente. Estos chicos no están rabiosos: están huérfanos, desorientados, no saben qué pedir ni a quién. Sus corazones han sido desahuciados y no saben dónde buscar para salvarse. No son una versión oscura de los estudiantes del 68 contra la guerra de Vietnam. Son otra piedra que cae del muro de Berlín. Pero al otro lado no están los brazos abiertos de la libertad sino una Europa desentendida de sus raíces cristianas, judeofóbica y antiamericana, como si la Segunda Guerra Mundial no la hubiéramos ganado.