Los años finales de mi padre y su relación con la religión / Su amistad con un jesuita de altura / El vacío que va dejando la descristianización será llenado por el islam y/o el izquierdismo / Mi propia evolución: me considero ateo cristiano / El bautizo de mi nieto me complace

Hace 26 años que murió mi padre. Él siempre defendía la religión frente a mi rebeldía agnóstica, aunque no lo vi practicar con frecuencia (fue depurado del Ayto de Cádiz por haber sido de Azaña). Sin embargo, al final de su vida recuperó el apego a la Iglesia de su infancia. Fue muy amigo de un cura jesuita muy afable y de una gran altura intelectual que lo acompañaba en casa a ver las corridas por tv en sus últimos meses. Eran dos taurinos de nivel y yo aprendí mucho de aquellos comentarios de ambos.

Recuerdo que por entonces aún me “molestaba” la Iglesia, y quise cuestionar los argumentos del jesuita con algunos temas referidos al Oratorio de San Felipe. Me revoleó.

¿Cómo se fraguó aquella amistad con aquel cura? Al parecer, mi padre estuvo presente en la primera misa que dio en Santiago, y cuando terminó, entró en las dependencias de la iglesia para decirle que tenía ya un amigo en Cádiz: él. Y así fue hasta el final.

Todo esto lo contó este sacerdote en la homilía que le dedicó a mi padre en su funeral de cuerpo presente: aún me dicen algunos por la calle que recuerdan aquella impresionante plática. Unos años después vi a este jesuita, cuyo nombre ni siquiera recuerdo, andando por la estación de Jerez, yo iba en el tren, no pude salir y abrazarlo como me hubiese gustado.

En los útlimos tiempos, de alguna forma, mi evolución se está pareciendo a la de mi progenitor, porque aunque sigo siendo no creyente, he comprendido y valoro el papel benefactor y formidable de la Iglesia en los dos mil últimos años, a pesar de todos sus errores y de que no comulgo en gran parte con todo lo que sostiene (especialmente rechazable me pareció el papa Francisco en su proximidad al peronismo y a los comunismos, aunque bien en su acercamiento a los derechos de los homosexuales). Creo que los primeros liberales equivocaron el tiro con las desamortizaciones y otros ataques a la Iglesia, única alternativa entonces al poder del estado.

Me he casado dos veces por lo civil, y no bauticé a mis niñas, pero hoy creo que la civilización cristiana es “la civilización”, la que se ha nutrido de Grecia y Roma, y sobre todo de Jerusalén, y la que mejor y más calidad ética y material ha dado al ser humano. La descristianización dominante provocará un vacío, y el vacío, como todo hueco se llenará, y lo hará con las otras “religiones antioccidentales” que predominan hoy: el islam y/o el izquierdismo. Véase Nueva York, donde las llamadas minorías raciales, hoy mayorías, han elegido a un comunista, musulmán y pro Hamás. Esa ciudad pronostica el futuro de occidente.

En resumen, hoy me encuentro muy cómodo en la definición, que me parece habérsela leído a Trapiello, de ser un ateo cristiano. Aunque creo sobre todo en la libertad de conciencia, me gusta pensar que mi nieto, que se bautizará el sábado, podrá ser ya sin complejos un defensor de los valores occidentales y cristianos.

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