Pobre Clara Campoamor. No pueden ofenderla, cierto, pero sí afrentarla, obligada ahora a blanquear a la temible Nelken, a la siniestra Pasionaria, representantes de todo aquello contra lo que combatió como republicana leal, como demócrata y como feminista


Actualizado Viernes, 29 agosto 2025 – 22:53
El mes de julio la agencia Europa Press adelantó que «el Psoe y Sumar tenían previsto hacer valer su mayoría en la Mesa del Congreso para aprobar la colocación de los retratos de las nueve diputadas que tuvieron escaño durante la Segunda República, ya sea con o sin el aval del Pp».
No hay presupuestos generales del Estado ni pueden aprobarse leyes por la incuria legislativa, pero Francina Armengol, principal impulsora de la iniciativa, lo ha considerado el modo de «saldar una deuda histórica». Francina Armengol pensará que la manera de salvar un matrimonio es cambiar de muebles, y preferible reflotar la legislatura redecorando el Congreso para disimular la ruina a la que lo está reduciendo.
La única de las nueve cuya efigie ya figuraba en el Congreso y el Senado es Clara Campoamor, pendant de Azaña en unas Nuevas vidas paralelas: a pocos políticos han despreciado tanto la izquierda y la derecha ni mantenido más años en el ostracismo (los cuarenta del franquismo). Si Armengol hubiera leído La Revolución española contada por una republicana sabría que Campoamor tuvo que huir de la República y de gentes como Margarita Nelken, otra de las nueve, que la hubiera «paseado» sin el menor escrúpulo.
Diputada por el Psoe (1931, 1933 y 1936), Nelken no debe su poca celebridad a la literatura (es una escritora mediocre) ni a haber participado en el golpe de Estado de 1934 contra la República (condenada por ello a 20 años de cárcel; huyó), sino a oponerse encarnizadamente a Campoamor en el sufragio femenino (por creer que el voto de las mujeres favorecería a la derecha). Al empezar la guerra se pasó al Pce y su estampa en el Madrid de las checas (mono azul, correaje y pistolón en la cadera) no presagiaba nada bueno.
La acompañó en la campaña antifeminista Victoria Kent (Partido Republicano Radical Socialista), de cuyo paso por la política apenas queda un tenue rastro en el chotis de Las leandras, recuerdo de una buena reforma penitenciaria. Sus biografías dicen que se exilió en 1937. No es del todo exacto: el exilio empieza en 1939. Los que se fueron antes, en uno y otro bando, huyeron, se quitaron de en medio o se buscaron una colocación oficial fuera, pero no se fueron al exilio. Por lo demás el suyo en Francia, hasta 1948, es ejemplo de valor y audacia.
De las nueve la oscura tragedia de María Lejárraga impresiona: militante feminista, fue toda su vida sierva voluntaria del marido, el célebre empresario teatral Gregorio Martínez Sierra, al que escribió toda su extensa y exitosa obra, de la que vivieron ambos.
De Matilde de la Torre, Julia Álvarez Resano y Veneranda Manzano no puede uno decir gran cosa: las tres fueron militantes del Psoe, a las tres las expulsaron del partido en 1946 por pertenecer a la facción bolchevizada de Negrín y a las tres las rehabilitó su partido, mandando RZapatero. No sabemos (yo no lo sé), si fueron buenas o malas parlamentarias, gregarias o independientes, sumisas o libres. En las historias de la República que he consultado no aparecen. Tampoco Francisca Bohigas, la única mujer diputada por la Ceda. Lo contrario que Dolores Ibárruri. No hay libro que no hable de ella.
El grito que la hizo célebre («No pasarán») fue un plagio, y la amenaza, cierta, que le lanzó a Calvo Sotelo unas semanas antes de su asesinato («Ese hombre ha hablado por última vez»), se quiere pasar por apócrifa, pero toda su trayectoria vital la corrobora: festejó en Moscú todos los cumpleaños del mayor asesino de la historia (y, claro, sus crímenes), y este se lo agradeció, como a una mantenida, pagándole la casa, el bien abastecido economato y las vacaciones en Crimea. Su gran trabajo por la igualdad de la mujer se tradujo en que fue, durante más de medio siglo, la única estrella femenina en el universo de los comités centrales y órganos de dirección de su partido.
«Lo importante era que estuviesen todas sin importar la ideología política», ha explicado Esther Gil de Reboleño (vicepresidenta tercera del Congreso, de Sumar). De las nueve, ocho son de izquierda (cuatro del Psoe, una del Pce, tres republicanas). Si Bolaños dijo el otro día de unas votaciones «Gobierno-9; Pp-0», bien podría decirse de este «acuerdo»: 8-1.
Alguien propuso (cuando gobernaba RZapatero, creo recordar) poner una placa en el Congreso con el nombre de los diputados de la República asesinados en la guerra: 75 en zona republicana, 71 en zona nacional y 33 más después de la guerra, en el franquismo. El Psoe de la memoria histórica desestimó ese empate que ponía en entredicho el legado de la República como el régimen más luminoso, ilusionante, etc.
En esa placa todo era más cierto (la muerte lo es) que en los nueve retratos, desde luego, elegidos con criterios ideológicos y de género. Tristes muertos. Ninguno de ellos podrá ya defenderse de lo que hagan los vivos con su memoria y en su nombre. Pobre Clara Campoamor. No pueden ofenderla, cierto, pero si afrentarla, obligada ahora a blanquear a la temible Nelken, a la siniestra Pasionaria, representantes de todo aquello contra lo que combatió como republicana leal, como demócrata y como feminista.
Será penoso ver juntos sus retratos en el templo de la igualdad y de la libertad (las promotoras pedirán un informe al Museo del Prado para ver cómo los enmarcan y los cuelgan, y aun capaces serán de solicitarlo al Met; así son de ridículas). Pero más deprimente todavía será ver a quien pudiendo un día descolgarlos, no lo hará.