Para explicar su victoria no sirve el esquema de ‘progres’ moderados contra radicales de derechas, porque el Partido Demócrata encarna otra modalidad de populismo que no ha calado en un país azotado por la inflación
Iñaki Ezkerra
Actualizado Jueves, 21 noviembre 2024 – 00:01
Bien. Trump es un populista. Resulta obvio. Pero, si queremos entender lo que ha sucedido en las presidenciales norteamericanas para que 76 millones de votantes hayan apostado por esa opción llamativamente chirriante, no nos sirve el esquema de progres moderados contra populistas radicales de derechas, porque el Partido Demócrata encarna también otra modalidad de populismo que, si para alguien pasa por moderado, es por lo estratosférico, y que no ha encandilado a una sociedad fuertemente azotada por una inflación que se ha sumado a los efectos del globalismo. Esta otra perspectiva nos obliga a ver las elecciones del 5 de noviembre en otra clave: la de un americano medio que ha visto bajar su poder adquisitivo mientras unas pudientes clases progresistas se entregaban a causas peregrinas como la cultura de la cancelación, el wokismo, el feminismo radical del #MeToo, el fanatismo del cambio climático y todas las banderas de la ultracorrección política.
La pregunta a la que hay que responder es hasta dónde ha llegado el hartazgo de ese ciudadano medio cuando está dispuesto a perdonarle a Trump todo su laberinto de escarceos sexuales y litigios legales que colisionan con el estereotipo del puritanismo conservador. En el contexto de esa desafección al populismo elitista de los demócratas y de una apuesta por un populismo trumpiano que apela tanto a las pulsiones como a las necesidades básicas, la lectura que se impone no es necesariamente catastrofista. Y es que también se puede llegar al desastre por el camino de la inoperancia y el angelismo utópico. El mismo ciudadano que se tapaba la nariz para votar a estos demócratas ha debido de pensar que también podía hacer ese ejercicio dactilar-nasal para votar al candidato republicano. El caso de Trump guarda ciertos paralelismos evidentes con el argentino. Se dice que Milei encarna el populismo. Y es un hecho. ¿Pero es que no encarnaron los Kirchner otro populismo probadamente inoperante y depredador? ¿De veras se puede tachar de suicida al voto que opta por el «se acabó la fiesta» de Milei frente a una opción que proponía como objetivo rematar el saqueo al pueblo argentino?
Sí. Aunque parezca paradójico, hay algo de sano y refrescante en una sociedad norteamericana que reacciona ante el hartazgo que le inspiran los que debían traerle la sobriedad y la moderación de la eficacia. Lo hay hasta en sus excesos. Una ideología de la culpa que se emplea a fondo en socavar todos los grandes iconos fundacionales de la nación y de la historia compartida (en ese mal los españoles somos maestros) genera una depresiva falta de autoestima colectiva en el votante más económicamente desfavorecido, que bastante tiene con su pobreza. No es la mejor doctrina para salir de momentos de zozobra, crisis y desclasamiento aquella que mina las grandes referencias que unen a una nación. Ello supone sumar, a la pérdida de identidad privada y socioeconómica, la pérdida de identidad pública y común. El Partido Demócrata parece no haber comprendido que destrozar las estatuas de los padres de la Declaración de Independencia era destrozar también el ánimo de los paisanos que sienten la patria como un destino cohesionador. Si, frente a esa propuesta iconoclasta que solo promete el paraíso a los trans y a los inmigrantes, llega un tipo que propone una resurrección del sueño americano, tiene todas las de ganar. De acuerdo: compremos todas las precauciones frente a esa clase de euforias chauvinistas. El siglo XX nos enseñó a dónde llevan los nacionalismos desbocados. Pero también a dónde lleva el hundimiento de la seguridad del ciudadano en las instituciones y en sí mismo. Lo explica muy bien Erich Fromm en El miedo a la libertad. Una gran parte de la masa que se sintió desclasada en la Alemania de los años veinte y treinta vio más atractiva que una ideología como la marxista, que apelaba al resentimiento de «los parias de la tierra», otra que les decía que pertenecían a una raza superior. Pero, volviendo al presente americano, no hay ninguno de esos peligros, empezando porque el regreso de la América próspera que propone Trump es también el de la América multiétnica, pese a su discurso contra la inmigración (la contradicción es inherente al populismo sea de izquierdas o de derechas), y porque el buenismo de Kamala Harris es un viaje al postmarxismo de Laclau sin haber pasado por el marxismo, como sí lo ha hecho la actual ultraizquierda populista española heredera de la vieja Izquierda Unida y de las mutaciones del mundo de ETA.
Sigamos con los matices en lugar de ir al simplón maniqueísmo del «sota, caballo y rey». Si el trumpismo no ha arraigado con fuerza en Europa (como tampoco en su día el Tea Party), sí lo han hecho en cambio todas las causas populistas que han abrazado los demócratas americanos hasta el punto de marcar los objetivos ecológicos de Bruselas y de modelar literalmente a la extrema izquierda en España. Y, si Venezuela ha tenido una influencia económica en esta última, más la ha tenido el Partido Demócrata en el plano ideológico. Dicho de otro modo, Podemos habrá recibido dinero del chavismo, pero éste no está por abrazar la doctrina de los woke lefties. De donde nos ha llegado ésta es de las filas demócratas y sus conexiones con las universidades americanas. Como ilustrativo ejemplo, el discurso populista e inconsistente de Kamala Harris en la campaña electoral se ha acercado temerariamente al de nuestra rocambolesca Yolanda Díaz.
Ante esa deriva errática de las Hillary Clinton, las Alexandria Ocasio-Cortez, los Bernie Sanders y los Joe Biden, cabe preguntarse si el Partido Demócrata no tenía delante un gran trecho que recorrer simplemente siendo fiel a las demandas sociales que Obama no pudo hacer efectivas. En contraposición al estratosferismo demócrata, Trump se ha presentado como el hombre con los pies en la tierra. Tiene razón Anne Applebaum cuando dice que la Administración Trump que salga de estas últimas elecciones no será igual que la primera. Para empezar, a Trump le han votado los hispanos a los que antes tenía en la oposición por su discurso ofensivo contra la inmigración mexicana. Digamos que está sucediendo algo muy comparable a esa adhesión que recibió el lepenismo de la inmigración árabe y magrebí integrada en Francia. Por otra parte, Trump presenta postulados que son de sentido común, como el de multar al profesorado que, aprovechando las crisis de identidad propias de la adolescencia, estimule en los menores de edad una automutilación genital que tiene un carácter irreversible. En su defensa, puede añadirse asimismo la debilidad del argumentario que se baraja desde la izquierda. ¿En qué quedamos? ¿Es Trump un autárquico o un neoliberal? No se puede acusar a alguien de una cosa y la contraria. Y la verdad es que, aunque su proteccionismo no sea una receta liberal precisamente, sí lo es más que el intervencionismo subvencionista, porque, al contrario que éste, aún se mueve en el plano del mercado y no en el estatalista del sableo a los contribuyentes. La sensatez de varias de las causas de Trump no impide, sin embargo, ver las sombras en un colorista equipo repleto de arriesgadas apuestas que cuestionan su pragmatismo realista como la de Pete Hegseth, ex presentador de la Fox y próximo secretario de Defensa, por no hablar de la extraña misión de Elon Musk.
Populismo contra populismo. Si ése es el diagnóstico del panorama americano, el español no está libre de esa dialéctica, pues quienes debían encarnar el centro político han permitido que éste sea identificado con conformismo e inoperancia. Un claro ejemplo ha sido Valencia. Y es que el PP tiene ciertas responsabilidades en esa catástrofe que van más lejos de la pájara de Mazón. Las tiene en su adhesión al programa ecohidrológico de la Agenda 2030, cuyo futurismo no solo no previó la DANA de 2024 sino está detrás de los efectos trágicos de ésta (la destrucción de presas, las multas a la limpieza de los cauces fluviales…). Las tiene en su apoyo a esa Von der Leyen a la que pasearon por la campaña de las europeas y que ha sido la gran valedora de dicha Agenda, de Sánchez y de la propia Ribera, que es una anécdota en la doctrina de «la sostenible insostenibilidad». El verdadero hueso duro está en Von der Leyen y en esa doctrina. En este contexto, no le debe de resultar cómodo a Feijóo un Aznar que hace valer su legendario Plan Hidrológico. Populismo contra populismo y PP contra PP.