

Actualizado Sábado, 1 junio 2024 – 00:12
El éxito descabellado de Taylor Swift nos interpela especialmente a quienes no comprendemos sus motivos. Un magnetismo global de tal calibre debe considerarse al margen de que nos gusten sus canciones. Porque si la cantante de Pensilvania encarna el mayor fenómeno pop de nuestro tiempo, y así lo acreditan sus números, entonces el swiftismo describe el espíritu de la época con una elocuencia que sería estúpido desoír.
Los swifties más ponderados reconocen que no ha entregado a la historia de la música popular no ya un himno generacional sino siquiera un hit incontestable, un estribillo que se siga tarareando en las verbenas de verano (Battiato) del año 2050. No parece a su alcance algo como la alegría visceral de Cyndi Lauper bramando que las chicas solo quieren divertirse. Pero quizá el don de Taylor no sea el hallazgo de un gran tema sino de una tonalidad sentimental, una ligereza que baña todo su repertorio y lo realza como un body de pedrería. La ligereza no es un demérito: Italo Calvino la incluyó destacadamente entre sus seis propuestas para el arte del nuevo milenio. Así que el poder de TS (no confundir con Tribunal Supremo) procedería de estar aplicando la propuesta calvinista con encomiable rigor.
Quienes objeten a esta ligereza -tomándola por frivolidad- su compromiso feminista deberán reconocer la naturaleza profundamente capitalista (americanísima) de su feminismo. Pero quienes siempre hemos advertido la lógica conexión entre empoderamiento y prosperidad hallamos en TS una aliada de la sororidad amable, ajena a cualquier revolución que trascienda el buen rollito. Su profesionalizada dedicación a los fans fortalece ese rol de amiga íntima que triunfa y que te susurra al oído, mientras te acompaña al baño a secarte las lágrimas, que tú también puedes.
Los partidarios del rock duro y el orden liberal habíamos resuelto esa aparente paradoja: es preciso acotar espacios para la subversión reglada del orden establecido a fin de volver renovados al horario laboral y el desayuno en familia. Nuestros ídolos ya se autodestruían por nosotros. Pero la personalidad de TS es tan ortodoxa que no cumple esa función martirial. No late en ella el oscuro peligro de Amy Winehouse ni drama comparable al de Tina Turner, y tiene una canción para cada circunstancia: un niño con cáncer, una ruptura amorosa o una aventurita traviesa. Ruano decía que Neruda era el Sepu de la poesía y Swift podría ser el Costco de las canciones.
TS es la esencia del pop, dicen. Quizá porque la esencia del pop es la falta de esencia. Y bien está.