

Actualizado Sábado, 1 junio 2024 – 00:12
Pablo de Lora es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y su libro Recordar es político (y jurídico). Una desmemoria democrática (Alianza Editorial) trata de la pequeña historia de su familia y de la grande, que nos incumbe a todos.
De Lora no es, sin embargo, historiador, pero a menudo la vida nos pone a todos en la tesitura de serlo. Mayormente cuando se trata de nuestra familia. Y sí, desde el momento en que todos tenemos una (incluso los que renuncian a ella, estos incluso más), acabamos siendo historiadores. Somos en parte de donde venimos. Los muertos. Vinimos por ellos. Y recordar es político, desde luego. De ahí que hayamos de agradecer a Zapatero y a Sánchez al menos esto: sus demenciales leyes de memoria han propiciado en España estudios y ensayos de primer orden sobre la memoria y la historia recientes. Como este.
Sólo el comienzo es sentimental. Su abuelo: Cecilio de Lora. Lo asesinaron en Paracuellos del Jarama, 1936. Militar retirado, padre de cinco hijos, lo detienen, lo sueltan, lo vuelven a detener, lo llevan a la cárcel de San Antón y, finalmente, entra en una «saca». ¿Por qué?
Y aquí el libro empieza a ponerse no solo interesante. Cuando de la anécdota (llamando anécdota a un asesinato) se pasa a la categoría. La que nos concierne a todos también. De la historia a las consideraciones filosóficas, del dolor a la sabiduría («un exceso de memoria daña la vida», Nietzsche; hasta Margarita Nelken, la gran chequista, quiso en 1938 acogerse al olvido, y de Lora lo recuerda).
Y a este, que no conoció a su abuelo, le dicen (los asesinos, cuyos testimonios lee) que le quitaron la vida «por quintacolumnista». Y el nieto hizo lo que haría cualquiera que quisiese conocer la verdad: lee sin prejuicios a los historiadores profesionales. A todos. Y busca más. En archivos familiares y en los otros. El abuelo Cecilio, deduce pronto, ni tiempo tuvo de ser quintacolumnista. Lo mataron antes.
¿Quiénes? Llega pronto también a Santiago Carrillo. En ese momento, noviembre de 1936, consejero de Orden Público. Responsable de las sacas de presos que acabaron en el posterior asesinato de 2.000 de ellos en Paracuellos. Y a su espolique el novelista Segundo Serrano Poncela. Y De Lora, que no es historiador, va haciendo el trabajo que otros no hicieron por él: juntar las piezas. Es fácil. Si se quiere. Carrillo, que en sus memorias y tantas veces había escurrido el bulto de Paracuellos, y a quien en 2005 se le hizo doctor honoris causa por la Complutense, se vino arriba con el birrete y en 2011 confesó a Pablo Iglesias en La Tuerka que «el terror [de los primeros meses de la guerra, Paracuellos incluido] impidió a la quinta columna sublevarse en Madrid, como había anunciado Mola, y al conseguir eso, salvamos Madrid». O sea, bien matados. Por cierto, según el serio historiador británico Julius Ruiz, y como también recuerda De Lora, el sintagma «quinta columna» fue, probablemente, invención no de Mola (no hay prueba fehaciente de ello), sino de los comunistas, para justificar… la revolución; ah, y a la postre tampoco «salvaron» Madrid.
De Serrano Poncela («no he llegado hasta aquí para darle la mano a un asesino», le dijo JRJiménez a su mujer Zenobia, cuando esta le pidió que acudiese a saludar a quien era su jefe en la Universidad de Puerto Rico), De Lora rescata una carta de 1939 al Comité Central del Pce para defenderse de unas acusaciones de robo: «No me había vuelto a preocupar de ustedes, tan profundo era el asco que me suscitaba mi pasado (…) tan grande son las ganas de olvido que me envuelven». Lo que tantos historiadores profesionales no han querido encontrar en el archivo de la Fundación Pablo Iglesias (el original, no el hijo de terrorista) acaba en manos del sentido común.
El trabajo de Pablo de Lora con el pasado es minucioso, desde luego (a la vista está), pero aún lo es más con el presente: la Ley de Memoria Histórica de Zapatero (para reparar a quienes «como consecuencia de su compromiso democrático, blabla bla»… «¿Cuál fue el compromiso democrático de Álvaro Marasa Barasa o Santiago del Amo Saboyal, victimarios de mi abuelo y de miles de asesinados en Paracuellos?», se pregunta De Lora), la de Sánchez (fotografiándose feliz entre las calaveras), el juez Baltasar Garzón (condenado por prevaricación) y, sobre todo, atento siempre a la prosa putrefacta («la eliminación física de prisioneros derechistas» dijo Preston de los asesinatos de Paracuellos) y al sectarismo de tantos (el de quien rehusó exhumar restos de soldados franquistas en una fosa común con víctimas del franquismo, porque aquellos estaban «fuera de contexto»)…
De Lora, con este libro, ha devuelto al contexto a aquellos que tratan de dejar fuera, como a su abuelo. Muy pertinentemente, lo preguntó David Mejía en la presentación del libro: «Las víctimas del franquismo no fueron equiparables a las de la República, cierto, pero ¿por qué hoy sólo se quiere recordar a unas y no a todas?», toda vez, añade uno, que algunas fueron (en los dos bandos) víctimas-victimarios y que todas las víctimas inocentes deberían ser de todos. «Las víctimas republicanas ya fueron resarcidas por el franquismo», oímos también. ¿Seguro? Las viudas que se quedaron sin estanco fueron infinitamente más (la de Cecilio desde luego) y al necesario olvido nietzscheano solo se llegará después de recordarlo todo, como ha hecho De Lora, no con la memoria a medias.