¿Quién teme tanto al castellano en Cataluña? Andrés Trapiello

El castellano es el vehículo del liberalismo y del único progreso posible, el que haría libres e iguales a la mayoría

¿Quién teme tanto al castellano en Cataluña?
TOÑO BENAVIDES

Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 25 mayo 2024 – 00:56

Por retomar el asunto donde lo dejamos la semana pasada: «El vascuence es un obstáculo a la cultura y sobre todo al liberalismo y al espíritu moderno». Frente a aquello del cura que decía: «No envíen a los hijos a la escuela, que allí les enseñan castellano y el castellano es el vehículo del liberalismo», el aldeano no contaminado por la gente de pluma dice lo que me dijo uno de ellos… «Con vascuense no se hase dinero. Ni cultura, agrego yo». Se lo decía en 1901, como acaso recuerden, un Unamuno de 37 años a don Benito Pérez Galdós. Es decir, que el renunciar al euskera era para el nacionalista de hace un siglo, según Unamuno, el modo más seguro de enriquecerse, corriendo, eso sí, el riego de contaminarse de racionalidad al adoptar el castellano.

Desde entonces los nacionalistas vascos hacen sus pingües negocios en castellano (principalmente en Madrid y con conciertos fiscales ventajosos), y mantienen en euskera el rescoldo de sus esencias supremacistas (bajo las tenebrosas antorchas a las que son aficionados en sus aquelarres). El que hablen esta lengua menos del 20% no les ha impedido a los gobiernos nacionalistas imponerla en la enseñanza al 70% de los niños vascos cuya lengua materna es el castellano.

Si usted, que lee estas líneas, quisiera afinar su opinión, como yo la semana pasada, y pusiera en Google «lengua materna mayoritaria en el País Vasco» le esperaría esta sorpresa: en primer término una docena de entradas relacionadas con el euskera. Únicamente, y tras muchas anfractuosidades, llegaría a algunas pocas cifras escoradas y confusas. Se diría que una mano negra (con dinero) ha ordenado esas entradas de manera parcial.

Al poner «lengua materna mayoritaria en Cataluña» sucede poco más o menos: la mayor parte de las entradas hacen referencia al «crecimiento del uso del catalán». Tampoco es sencillo obtener cifras fiables ni claras y los datos resultan tan atropellados y enrevesada la casuística («pueden hablar y entender catalán a la pata coja en los barrios altos de Barcelona 18,49% frente al 26,32% en el Raval») que se vuelve uno derrotado a sus meditaciones (como acaso era el propósito de los estadísticos nacionalistas).

No obstante no siempre es todo tan opaco, y aquí y allá emergen otros datos (en el Bajo Llobregat solo el 4,55% tienen el catalán como lengua materna, pese a lo cual se impondrá el catalán al 95% de niños restantes, castellanohablantes, y «900 colegios catalanes ocultan la lengua mayoritaria de sus alumnos»). Pero estas cifras tampoco le sacan a uno de dudas. Ni siquiera que los apellidos más comunes en Cataluña no sean catalanes (García, Fernández, González, hasta veinte) o que la lengua materna mayoritaria sea allí el castellano (65%) le aclaran a uno las cosas.

Con el euskera (fuera de la Administración y la Enseñanza, una lengua minoritaria y ritual) los nacionalistas vascos se han hecho ricos. No quiere decirse que tengan que hablarlo para haser dinero (de hecho casi nadie lo habla), pero sí acatar todo lo que el euskera representa: «Una raza, un pueblo, un destino».

El catalán (y lo que ha arrastrado consigo la fanatización lingüística en Cataluña) ha sido, en cambio, el peor negocio de los nacionalistas: el país se ha devaluado cerca de 50% (consúltense las cifras de cualquier colegio de notarios catalán; como decía Pla, lo que ellos digan, va a misa), y hoy por hoy ni las empresas que huyeron con el procés quieren volver ni otras nuevas implantarse allí. La penalización que los nacionalistas catalanes quieren que se les imponga desde el Gobierno de Sánchez a las empresas que dejaron Cataluña es el reconocimiento de que con el catalán tampoco se hase ya dinero, o no tanto como se hacía antes (cuando robaban los Pujol) o mucho menos que en Madrid (hecho este último que verdaderamente desquicia a los políticos nacionalistas). Una penalización de no muy distinta naturaleza se la infligen a aquellos que se niegan a rotular sus comercios en castellano o reclaman la enseñanza en castellano, como las sentencias judiciales dictaminan (y las autoridades se niegan a cumplir).

¿Por qué persisten, entonces, independentistas, nacionalistas, socialistas y comunistas en la inmersión lingüística en Cataluña que tan malos resultados educativos está dando? ¿O dicho del revés? ¿Quién y por qué teme tanto al castellano en Cataluña? ¿De dónde procede ese terco empeño de vaciar el castellano y lo español de los colegios en particular y de Cataluña en general? ¿No será porque, como creía Unamuno, el castellano es en Cataluña, como en el País Vasco, patrias del carlismo, el vehículo de las ideas liberales y, por tanto, del progreso?

El esfuerzo de Pla por parangonar literariamente el catalán con otras lenguas afines (el castellano y el francés, sobre todo, a las que habló de tú a tú) fue colosal y los resultados prodigiosos en ocasiones. Para ello adoptó antes las ideas liberales, ideas que hoy han dejado de ser expresadas mayoritariamente en euskera y catalán. Una y otra, al margen de su uso doméstico, familiar y restringido, son lenguas de dominio de una minoría reaccionaria sobre la mayoría. Esa es la razón, si Unamuno no se equivocaba, por la que hoy se imponen en los colegios de Cataluña y el País Vasco: el castellano es el vehículo del liberalismo y del único progreso posible, el que haría libres e iguales a la mayoría, frente a las minorías que tratan de hacerse ricas sólo por hablar catalán o euskera.

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