El franquismo fue una pederastia, también. Arcadi Espada

Actualizado Sábado, 28 octubre 2023 – 22:38

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El franquismo fue una pederastia, también
Sequeiros

(Estimaciones) El mismo día en que un forense en jefe destruye para siempre la leyenda de los 300 mil bebés robados por el franquismo, la prensa socialdemócrata erige su tótem de repuesto y aun aumenta la apuesta: 440 mil infancias robadas por los curas pederastas. Como la cifra está caliente porque acaba de salir de las blancas blandas manos del defensor Gabilondo aún conserva una cierta voluntad de precisión. Pero la semana que viene ya estará listo el medio millón de víctimas y encargado el lema: «El franquismo fue una pederastia». Por supuesto nadie ha visto a los 440 mil, salvo don Narciso (Michavila), responsable de la empresa Gad3, una de esas agencias encargadas de sustituir los hechos por estimaciones. El mismo hombre que hace unos meses tuvo otra famosa visión muy publicitada: la de Alberto Núñez Feijóo, nuevo presidente del Gobierno de España. Naturalmente, las estimaciones sobre lo que va a ocurrir tienen un resquicio por donde se cuela la verdad. El resquicio es lo que finalmente ocurre. O sea, el cruel verano que pasó Feijóo evaluando si demandaba a don Narciso por daño psicológico. Sin embargo, cuando las estimaciones se proyectan sobre lo que ocurrió la verdad lo tiene mucho más complicado.

Las cifras sobre las que el Defensor del Pueblo ha practicado su imposición de manos surgen de una encuesta a 8 mil personas extrapolada sobre el total de españoles entre los 18 y los 90 años. En esa encuesta 90 personas declararon haber sufrido abusos sexuales en el ámbito religioso, a manos de capellanes o asociados laicos. Esto quiere decir, exactamente, que tanto podrían haber sido 90 como 440 mil. Pero Gad3 y el Defensor han preferido tirar largo. «¡Abundancia, abundancia!», clamaba siempre el inagotable Casanova. A la incertidumbre de los números hay que añadir la declarativa. No se sabe si estos 90 sufrieron abusos sexuales. Solo sabemos, y fiándonos por completo de don Narciso, que los 90 dijeron haberlos sufrido. Si muchas de las tragedias demoscópicas que viven los empleados de Gad3 pueden tener su origen en el gap entre lo que la gente declara que va a votar (¡o incluso entre lo que declara que ha votado!) y lo que realmente vota, una precaución similar debe mantenerse a la hora de evaluar lo que las personas dicen recordar sobre hechos que en su inmensa mayoría sucedieron muchos años atrás. Como en cualquier otro suceso de su clase (el metoo, por cardenal ejemplo), las informaciones sobre abusos sexuales en la infancia no deben desprenderse de todo lo aprendido sobre la epidemia de los falsos recuerdos que asoló América en las décadas finales del siglo XX. Depurar los recuerdos en la declaración de una víctima lejana de abusos es una tarea ardua. Del grado de frivolidad con que tantas veces se acomete esa práctica bastará decir que algunos juicios por abusos han usado la hipnosis como método de afloramiento del recuerdo. Pero en fin: si depurar el recuerdo de una víctima real, aunque plausible, es complejo, cabe imaginar lo que debe de ser depurarlo de una víctima estimada. También por ello, usar la estimación para fijar un número de casos de pederastia es una inmoralidad de amplio espectro. Afecta a la institución del Defensor del Pueblo, que ahora guía un antiguo fraile. El que en su comparecencia del viernes padeció un frailuno lapsus de conciencia cuando recomendó que la discusión sobre su informe no se convirtiera en un trampantojo, es decir, tomando el diccionario, «trampa o ilusión [y yo añadiría antojo para acabar de cuadrarlo] con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es». La responsabilidad alcanza también a las empresas demoscópicas, cuya competencia en el asunto es más que cuestionable -baste decir que ninguna de las ocho mil entrevistas fue presencial-, y alcanza al periodismo, que lleva demasiado tiempo sustituyendo los difíciles hechos veraces por las sencillas estimaciones verosímiles.

Ha habido y hay religiosos pederastas. Del mismo modo que los hay entre los educadores, de toda índole, en mayor proporción que en el resto de oficios. En el caso de los religiosos, el celibato aumenta gravemente la posibilidad pederasta. El celibato es un cruel atentado contra la naturaleza humana cuya denuncia es aún socialmente insignificante. Al igual que el debate sobre el ejercicio de la prostitución no compete tan solo a las prostitutas, esta decisión de hacer con el cuerpo capellán lo que el capellán decida tampoco puede reducirse a los capellanes. Un varón sin sexo es un peligro social. ¡De ahí un gran argumento en contra de la abolición de la prostitución! Un varón sin sexo es siempre una caldera a punto de reventar. Es verdad que la situación puede dar nimbada poesía mística, pero las más de las veces solo da cochambre y el peligroso momento en que una fantasía solo puede sobrevivir haciéndose realidad.

(Albedrío) El celibato debería ser un atenuante del abuso sexual. Pero, evidentemente, serían los propios capellanes los que se opondrían a ello. ¡Cómo el matrimonio con dios, sacramento que genera la más absoluta superioridad moral, podría rebajarse a la condición de mísero atenuante! Los capellanes tampoco aceptarían que las dudas sobre el libre albedrío se usaran en ninguna circunstancia para liberarlos de su responsabilidad. Todo la inmensa baluerna de la religión católica se sostiene sobre los cimientos de la responsabilidad. No hay religión sin premio ni castigo y por lo tanto no hay religión sin libertad. El fortín del dualismo es el que mejor resiste los embates de la ciencia contra el libre albedrío. Cuando los acérrimos materialistas preguntan dónde está alojada la libertad, la respuesta de la religión es la más coherente: en el alma y donada por dios.

Pero los defensores del libre albedrío no son solo religiosos. Proliferan entre los libérrimos, para los que la libertad acaba siendo una mística, y que creen más de lo que parece en espiritismos, como lo prueba su fe en la mano invisible. Y es vertebral entre la izquierda rasa. No es que la libertad esté entre los artefactos más queridos de la izquierda, «¿Libertad para qué, Fernando?, díjole campechano Lenin». Pero la doctrina de la tabla rasa que la impregna hace imposible aceptar que los genes o cualquier otra manifestación biológica condicionen decisivamente la vida. La revolución, a la que no han renunciado, supone, en efecto, hacer tabla rasa de todo: los nada de hoy todo han de ser.

La soledad ermitaña en que viven los que niegan el libre albedrío ha sido el principal obstáculo psicológico que ha tenido que vencer Robert Sapolsky para publicar su Determined, un trabajo de muchas décadas que supone, seguramente, la refutación más detallada de la posibilidad de la libertad humana. Sapolsky dice de sí mismo que es un hombre incapacitado para la discusión y este libro se la va a dar en abundancia. Lo he probado un montón de veces: cualquier sobremesa monótona se tensa como cobra ante mangosta cuando alguien proclama que la libertad ilusiona. Aún no he leído su libro, pero sí las diversas reseñas que han salido en la prensa anglosajona. La más representativa de lo que le espera al plácido neurocientífico es la del Times. Tituló el muchacho: «Robert Sapolsky no cree en el libre albedrío (Pero tú eres muy libre de discrepar)». Y solo de discrepar eres libre debió añadir, porque en el Times tú no dispones de libertad para sostener que no tienes libertad. Es frecuente que en esas sobremesas liberales de ambos mundos, libertinos, libertarios y libérrimos se conjuren para argumentar que un mundo sin libre albedrío es técnicamente imposible; que los hombres se derrumbarían como un castillo de naipes. Los mismos hombres que viven y se mantienen en pie sabiendo que van a morir.

(Ganado a las 17:14, informado de que la otra tarde Javier Bauluz celebró incauto una foto falsa, creada por Inteligencia Artificial, pero absolutamente comprensivo con nuestro pulidito pulitzer, porque lleva años no solo celebrando lo falso sino produciéndolo).

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