Negro sobre blanco. Arcadi Espada

Actualizado Sábado, 1 julio 2023 – 22:52

El tribunal no tuvo en cuenta análisis genéticos que demostraban la imposibilidad de que Tommouhi fuera el agresor

Negro sobre blanco
SEQUEIROS

(Sin perdón) Envié un mensaje a la actual ministra de Defensa, Margarita Robles, que hace 31 años presidía el tribunal -y fue ponente de la sentencia- que condenó por violación a Ahmed Tommouhi. Quería saber si iba a pedir perdón a Tommouhi, a su familia y a la sociedad por su incompetencia. Tommouhi fue condenado exclusivamente por el testimonio de algunas víctimas, en ruedas de reconocimiento precarias y el tribunal no tuvo en cuenta análisis genéticos que demostraban la imposibilidad de que fuera el agresor. Esta semana el Supremo, al dar cuenta de la anulación de la condena, subraya en su nota de prensa: «Dichos informes [genéticos] se realizaron en 1992 por la Policía Científica de Barcelona, pero nunca llegaron a conocimiento del Tribunal, pese a ser una prueba admitida que formaba parte del procedimiento, dado que los peritos no acudieron a declarar en la vista oral y el Tribunal no suspendió el juicio para su citación». La nota del Supremo indica apenas indirectamente lo que la presidenta de aquel Tribunal tuvo que hacer y no hizo, y por cuya flagrante desidia habría hoy de pedir perdón. Nunca lo ha hecho y sigue sin hacerlo.

Detrás de la sentencia del Supremo, que llega 31 años después de lo que habría sido justo, están el trabajo y la actitud moral de unos cuantos ciudadanos. El primero, Manuel Borraz, que se convirtió en el más importante divulgador del caso, sin otro interés que la observación insoportable de la injusticia. El último, el periodista Braulio García Jaén, que en su libro Justicia poética descubrió que la condena podía haber tenido en cuenta -y no lo tuvo- el citado análisis genético. Y detrás también, aunque muy visibles, hay dos desagradables evidencias de nuestro tiempo, perfectamente vinculadas: la presunción de culpabilidad del hombre y el crédito infuso que tiene el testimonio de la mujer, cuando uno y otro se encuentran en el ángulo oscuro del salón. Estas evidencias cruzadas sentenciaron a Tommouhi y lo mantuvieron 15 años en la cárcel; e impidieron que los ministros de Justicia, Margarita Mariscal de Gante, Ángel Acebes y José María Michavila, del Pp, y Juan Fernado López Aguilar y Mariano Fernández Bermejo, del Psoe, resolvieran sobre las peticiones de indulto de la Fiscalía y el Defensor del Pueblo. Aunque en 2008 Fernández Bermejo sí resolvió. Dijo no.

La advertencia particular del caso es que ni la presunción ni el crédito nacieron en el Ministerio de Igualdad con Irene Montero, sino que llevan bastante tiempo actuando en la justicia, la política y el periodismo españoles. Tommouhi fue condenado por el descrédito general del macho al que hay que añadir el descrédito añadido de su condición de inmigrante magrebí. La misma razón principal, por ejemplo, por la que diez años más tarde otro tribunal condenó por abuso sexual a Ismael Álvarez, el alcalde de Ponferrada, sin más indicio que el testimonio de su examante Nevenka Netflix.

Han pasado las horas y la ministra Robles no ha contestado. Es lástima. Quería preguntarle, exactamente, por esto que le contestó hace años a García Jaén:

– Si yo dicté una sentencia, seguro que lo hicimos con toda seguridad. Porque si algo tengo es profesionalidad. Así que si yo dicté esa sentencia es porque habría motivos suficientes y se ajustaba a derecho. Así que no me venga a mí usted a decirme que es absurdo. Si esa persona está en la cárcel y yo dicté una sentencia, será porque se ajustaba a derecho. Y si no, para eso está el Supremo.

En efecto. Ahí ha estado el Supremo, aunque treinta años después. El tiempo ha pasado de manera distinta para Robles y Tommouhi. Y qué decir para Abdezarrak Mounib, que también fue injustamente condenado en la misma causa: la muerte lo indultó en el año 2000, en la cárcel y de un infarto. Ah el tiempo, esa demagogia.

(Chop suey) Cuando estaba leyendo, hace mucho, El periodista y el poder (Cuadernos de Langre, 2007), la imprescindible biografía de Walter Lippmann que escribió Ronald Steel, tuve que parpadear varias veces al llegar a la noticia -lo era para mí- de que a principios del siglo XX los judíos tenían restringido su acceso a determinadas universidades americanas: a partir de cierta cuota se les cerraban las puertas. La razón era brutal: había que evitar que la élite intelectual americana se llenara de judíos. Un editorial de la National Review/Law&The Courts aludía esta semana al hecho, después de la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de acabar con la discriminación positiva por razones de raza (negra): «No es la primera vez que las universidades discriminan a un grupo minoritario por tener demasiado éxito: las universidades de élite tuvieron en su día cuotas máximas de estudiantes judíos para evitar ser ‘demasiado’ judías, igual que hoy parecen temer ser demasiado asiáticas. Esto no es americano». A diferencia de lo que dice el editorialista -me temo que prendido en la propia trampa nacionalista que denuncia- no sé si la discriminación es poco americana. Lo que es seguro es que es antiasiática, como antijudía lo fue en el pasado.

La decisión del Tribunal Supremo -de una importancia crucial y universal en el devenir de las guerras culturales: de ahí que no haya merecido atención en los periódicos gallegos- supone la eliminación del prejuicio de raza -claramente racista- y el restablecimiento del mérito como factor principal en la selección de las élites. El descontento entre los que aún juzgan a los hombres en razón de su raza o etnia es manifiesto. Argumentan que los campus universitarios perderán su diversidad, porque no ven hombres sino amarillos, negros e incluso blancos, ignorando que la democracia es y debe ser daltónica y que un voto es un hombre. Y sobre todo ignorando que puede haber más diversidad -profunda, no la diversidad de abalorios- entre dos hombres del mismo grupo que entre otros dos de grupos distintos.

Las cuotas de raza han sido durante décadas el atajo fácil para soslayar el problema difícil de la igualdad de oportunidades, que ha de ser la aspiración principal de los gobiernos. Esa igualdad no puede introducirse a partir de la discriminación, ni siquiera a través del zafio e infame oxímoron de la discriminación positiva. Nadie debe ser discriminado por pobre; pero tampoco debe serlo nadie por inteligente. Porque este era el verdadero problema de los amarillos en las universidades americanas. Un amarillo tonto no es amenaza para nadie: la mar de bien instalados los tienen haciendo chop suey. Si la inteligencia y el trabajo rigen en la aduana académica, deben seguir haciéndolo sin dopajes, y este es el sentido profundo de la sentencia del Supremo estadounidense. Su influencia deberá verse en los próximos años. En el sistema educativo, pero también más allá de él. En la raza, pero también más allá de la raza. Será interesante, al respecto, observar cómo el sistema de cuotas sigue marginando a varones con más méritos que sus competidores mujeres. Aunque no hay duda de que en el caso específico de España se ha tomado un infalible atajo del atajo y ya cualquiera puede ser mujer y gozarla antes del examen en el que un cualquiera se va a jugar la vida.

(Italia) Mi amigo Xavier Pericay me urge a ver El tesoro de su juventud, en Filmin, el documental sobre Paolo Di Paolo, de Bruce Weber, también fotógrafo. Italia, entre los 50 y los 60, qué más hay que decir. Bueno, algo: Anna Magnani, y por qué tantos hombres querían irse a vivir allí. Debajo de la hipnosis continua de las imágenes, hay un misterio añadido. Di Paolo dejó la fotografía cuando estaba en la cumbre y la otra mitad de su larga vida se convirtió en un don nadie. Como siempre, no hay respuesta al porqué. Mucho más cuando lo oyes diciendo que no fue más que un aficionado, y repitiendo esta frase tan cierta de Emilio Cecchi, un importante crítico italiano: «El hecho de disfrutar con su trabajo es un derecho exclusivo de los diletantes». Frase, por cierto, que prueba una vez más hasta qué punto soy un profesional, y un gran profesional, incluso.

(Ganado, el 1 de julio, a las 12: 19, estupefacto, pero ya será menos, de que la declaración de la tal Guardiola: «Mi palabra no es tan importante como el futuro de los extremeños» no figure en el comunicado de su dimisión, sino en el de su investidura)

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