A la espera del deseado luto. Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 3 junio 2023 – 00:0

Si estás leyendo este artículo hay muchas probabilidades de que seas de la extrema derecha o de la derecha extrema, incluso de las dos al mismo tiempo

A la espera del deseado luto
JAVIER OLIVARES

Si estás leyendo este artículo hay muchas probabilidades de que seas de la extrema derecha o de la derecha extrema, incluso de las dos al mismo tiempo. Lo dijo Sánchez hace unos días a sus diputados y senadores. Y si pese a la advertencia que está uno haciéndote ahora no has dejado de leerlo aún, no tendría nada de extraño que acabes asaltando el Congreso con las hordas trumpistas. En cuanto a mí, abandona aquí toda esperanza: te estoy manipulando desde este blindado mediático al servicio de la mentira y la desinformación, cosa fácil, porque eres «un espantajo de guardarropía», en palabras del penúltimo editorial de El País, el ponderado think tank que le escribe a Sánchez los discursos, como otros le escribieron la tesis doctoral. Y desde luego: solo por el hecho de estar leyendo en silencio este artículo, estás haciendo lo único que sabes hacer, sabandija: «crispar, crispar, crispar».

La arenga de Sánchez a su grupo parlamentario fue tremenda. Únicamente los convocó para oír sus aplausos, que duraron casi tanto como la intervención. Norcoreanos, resumió Leyre Iglesias, y el think tank lo tituló como quien despliega un estandarte: «Sánchez arranca la campaña al ataque» («implacable contra el mal», pudo añadir).

En una cosa estamos todos de acuerdo: Sánchez es un enigma. Sobre todo para los suyos, a los que no les cuenta nada porque tampoco cuentan mucho para él. Nadie le niega tampoco su impredecibilidad. Sin embargo, su mayor interés empieza a tenerlo, al menos para mí, como literatura: ya solo quiere uno saber cómo va a acabar esta novelucha de kiosco. Su intervención ante aquellos a los que acababa de hacer perder sus elecciones (es decir, cuatro años de buen sueldo y dietas, influencia y poder), le recordó a uno el título de un betséler de los 60, uno de aquellos títulos en cinemascope que se estilaban entonces: O llevarás luto por mí (reproducía la frase que Manuel Benítez El Cordobés le había dicho a su hermana cuando era maletilla: «O te compro un piso, o llevarás luto por mí»). Naturalmente donde se dice piso, Sánchez entiende sueldo, influencia y poder, porque el piso, el Gobierno de España, hace cuatro años que lo comparte con los okupas de Podemos, Erc, Bildu y demás, y solo con ellos puede seguir okupándolo.

Uno, la verdad, como el Cordobés, no lo ha visto nunca ni lo ve. Al fin y al cabo Sánchez, hasta hoy, no se ha jugado la vida por nada ni por nadie. ¿Mefistófeles, Fantomas, Fu-Man-Chu? No es fácil caracterizarle. Alguno lo ha visto como El jugador de Dostoyesqui. No sé. Lo que él apuesta tampoco es suyo.

«Sé que solo hay una posibilidad, y la voy a jugar», les dijo a los de su Comité Federal. Lo hizo después de haber lanzado el órdago (convocatoria de elecciones generales) y por supuesto sin haberles informado antes. Que piense que la política, los problemas reales, la igualdad y libertad de los ciudadanos son un «juego» es acaso otra frivolidad suya. Y de ahí que sus partidarios vean en ese «doble o nada» más «habilidad y argucia» que temeridad. «Una jugada maestra», ha leído uno también que dicen. Creo que están convencidos de que en el último momento hará saltar la banca. O fingen creerlo. La última oportunidad que puede devolverles el sueldo y las dietas, la influencia y el poder. Agotada la legislatura, o sea, la mesa de juego, el único capaz de convertir España en una mesa de trucos. Sánchez como el gran prestímano, que si no ha dimitido, como debiera haber hecho por decencia, es solo por ludopatía.

Claro que igual no es un arquetipo sencillo, sino doble, entre tahúr y carterista. Uno de esos que también salen mucho en las novelas negras, de los que se juegan el dinero de los atracos en una timba.

Vamos con la «muleta». Es como llamaban los carteristas clásicos a la gabardina o periódico que llevaban consigo mientras afanaban en el tranvía. Mientras con una mano hacían el «pico» (extraer la cartera, «la pelleja», de un bolsillo con los dedos índice y corazón), con la «muleta» ocultaban el «trabajo» de esta y al mismo tiempo distraían al «primo» (tú, yo, todos).

La «muleta» de Sánchez ha vuelto a ser «la extrema derecha y la derecha extrema», «la alarma antifascista» y «la ola reaccionaria». Se ha remontado incluso a la Alianza Popular de hace medio siglo, él, que pasará a la historia por haber desenterrado a Franco y resucitado a Largo Caballero. ¿Y la «pelleja»? Todo lo que ha representado y representa la Constitución.

Tal y como ha empezado Sánchez a escupir, veremos una campaña sucia (y si Feijóo piensa que va a ganar por hablar sin levantar la voz y haciendo muchas pausas, está muy equivocado: tendrá que concretar qué leyes derogará o reformará, y qué «puentes» con los separatistas no va a derribar, tal y como le han pedido los empresarios catalanes que tanto deben a los separatistas y tanto les deben estos).

Quien esté llamado en el futuro a escribir este Episodio Nacional deberá tener el talento de Galdós. Nadie se lo va a creer, si no. Y tranquilo, Sánchez, nadie tampoco va a detenerte por pucherazo (aunque es poco tranquilizador saber que un amigo tuyo estará al frente de Correos contando los votos). Y aunque muchos, desde Redondo TerrerosAlfonso Guerra AmeliaValcárcel al último «espantajo», hayan empezado ya la cuenta atrás del deseado luto, no olvides aquello de Juan de Mairena: «Malo es el mutis que se hace aplaudir».

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