Los perturbados. Arcadi Espada

Actualizado Domingo, 14 mayo 2023 – 11:08

Es democráticamente justo que alguien represente a los indecentes del País Vasco

Los perturbados
SEQUEIROS

(I) Poniéndolo a huevo, el presidente del Gobierno dijo ayer sobre la presencia de ex asesinos en las listas electorales de Bildu: «Puede ser legal, pero no es decente».

-Como usted, presidente, como usted.

El PSOE ha pactado y pactará con los integrantes de esas listas, de modo que sobre la legalidad y la decencia de la declaración de ez no hay nada que añadir. La grieta entre legalidad y decencia es un clásico al menos desde el arquitecto Coderch: «Solían decirme mis padres que un caballero es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben». Pero hay que fijarse: un caballero y no un galán de tranvía. Un caballero político tiene que tratar de cerrar la grieta. Anunciando, por ejemplo, que el PSOE no pactará con ninguna lista donde figuren ex terroristas, empezando por la que encabece Otegi. El resto es indecencia legálitas.

Pero al margen de estos apasionamientos la evidencia se impone. La democracia es un sistema basado en la delegación y en la representatividad. Y a la vista de los resultados electorales habidos y por haber en el País Vasco, ¿quién podría negar que esa condición se cumple rigurosamente en el caso que nos ocupa? Es probable que entre los ex terroristas reclutados haya quienes condenen su pasado y activen por lo tanto la incertidumbre moral ante el que pretende ser, a partir de ahora, otro. Pero tal disposición íntima es incompatible con la disposición pública del partido en el que se integran, que ha hecho de su negativa a condenar la violencia pasada, y por lo tanto también futura, uno de los rasgos de su identidad política. De modo que la indecencia del que pide el voto está garantizada contra toda contingencia individual. Y lo más importante: también la indecencia del votante. En el País Vasco hay decenas de miles de indecentes y es democráticamente justo que alguien los represente políticamente. Se trata de la característica intestinal de la democracia, no siempre apreciada en su sufrido mecanismo. Por lo demás, no cabe olvidar en todo este asunto la influencia del animalito conceptual que tantas veces se cita en la sociología electoral y que responde al nombre de votante cautivo. El apoyo político a ex asesinos no está al margen del recuerdo que hurga insidioso en la conciencia de tantos miles de valientes vascos, pero del género pasivo. Pensando sobre la necesidad del crimen igual que los activos, nunca tuvieron los cojones de empuñar. Qué menos ahora que votarles y tratar que la indecencia los redima de aquella cobardía, como un clavo saca otro clavo.

(II) No he leído La joven de la perla, la exitosa novela de Tracy Chevalier, ni tengo interés. Pero comprendo perfectamente que se haya escrito. De hecho, más incomprensible me resulta que no se hayan escrito más novelas sobre las 34+3 pinturas que hoy se atribuyen a Johannes Vermeer de Delft (1632-1675). Novelas, obras de teatro y series de televisión. Escribí hace años sobre la razón de fondo de este interés extramuros de la pintura. Y es que, paradójicamente, solo el realismo hace soñar. De ahí que la narración de los sueños o alucinaciones de los otros, esa veta que va del Bosco a Dalí, resulte tan sumamente aburrida. El caso de Vermeer añade otras razones a la base realista. Observada en conjunto, su obra parece narrar la vida cotidiana de una serie limitada de personajes en la Holanda de mediados del siglo XVII: sale un cómic casi sin quererlo. No se sabe si pintó muchas más obras de las que han sobrevivido, aunque parece probable. Si así fue, la desgracia de la pérdida puede que haya tenido un efecto benéfico: el espectador también sueña con los cuadros desaparecidos.

Creo que he visto a lo largo de los años y las ciudades todos los vermeers de que se tiene noticia. Esta semana, en la sobria y completa exposición del Rijksmuseum -solo deslucida por el insólito traslado a su hogar en el Mauritshuis de La joven de la perla después de varias semanas expuesto: debe de sentarle mal el cambio de aires-, vi uno que faltaba, precisamente el último que pintó, según se cree, y que pertenece a una colección Leiden neoyorquina. Pero no fue con ese cuadro sino con otro que ya había visto varias veces, sin prestarle gran atención, con el que realmente me entretuve. Cristo en casa de Marta y María pertenece a los raros y poco valorados ejemplos de su pintura religiosa. Lo pintó, además, con unos 20 años y dicen que con maneras toscas. Evidentemente existen las maneras toscas en pintura. Como en la literatura existen las sintaxis toscas. Y en los dos casos la información se impone a veces. Es el caso de este cuadro singularísimo que cuenta una tarde en la que Cristo fue a merendar a casa de unas buenas amigas suyas. Mil veces se habrá hablado, y en España fue Josep Pla el primero en hacerlo, del carácter civil de la pintura de Vermeer. La definición de civil es poliédrica y Pla la acoge por oposición a perturbado. Su elección tiene mucho sentido. El Arte tiene una gran predilección por los perturbados, que puede explicarse en buena medida por la naturaleza más o menos emboscada de algunos de sus practicantes. Otro pintor holandés, Van Gogh, es uno de los símbolos mayores de esa tendencia, y no es casual que su aprecio masivo se produjera en plena explosión de la antipsiquiatría y la pertubación sixty. Qué duda cabe que su gesto artístico más tajante y sublime fuera el de rebanarse la oreja para así poder dejar constancia en su autorretrato más célebre. La explicación académico-popular de su gusto por retratarse -de la que hay muchas muestras en su museo de Ámsterdam, y alguna bellamente hipnótica como ese rostro hecho de aguamarinas- es que no tenía dinero para pagarse modelos alternativos. Pero se comprende enseguida cuán vacua es la explicación. Van Gogh se pintaba obsesivamente porque no tenía a mano perturbados de intensidad semejante. Entre ellos, los perturbados que han posado en la larga Historia del Arte, está en lugar primerísimo dios padre, cristo, la virgen y toda la mayúscula genealogía asociada. Los grandes museos rebosan de estos seres con los ojos fuera de las órbitas, el gesto feroz y la melopea expresiva del que ha tocado techo celestial. Ante toda esa barahúnda infernal se levanta la maravillosa merienda vermeeriana, epónimo que a diferencia de kafkiano valleinclanesco no ha hecho fortuna: comprensiblemente, porque designa la normalidad del mundo y no su extremidad maloliente. Un cristo examina los problemas de su naturaleza en plácida conversación con sus amigas Marta y María, que con tanta atención están escuchándole. Se hace evidente que no van a encontrar soluciones ni verdad a los problemas trascendentales, pero así pasa en todas las meriendas filosóficas. La infiltración civil en la formidable baluerna de la religión. Así es como este pintor incomparable afronta las cámaras oscuras de la vida. Una merienda da cuenta de dios. Una mujer que lee una carta da cuenta de la guerra. Un geógrafo mirando por la ventana explica la obligación moral del conocimiento. Una fachada de ladrillos descuadrada, frente a la que pasan mujeres afanosas, dice que así son los trabajos y los días de los humanos. El estilo indirecto de Vermeer.

(Ganado el 13 de mayo a las 11:34, aún con el gusto en la boca de lo que Nick Cave contestó a los que le acusaban de haber traicionado al joven Nick Cave yendo a la coronación de Charles, «con el debido respeto al joven Nick Cave», esto les dijo, «soy un poco cauteloso a la hora de usarlo como referencia de lo que yo debería o no hacer, aunque el joven era mono, lo reconozco, perturbado pero mono»).

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies