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Que Sánchez y Feijóo rindan homenaje a los héroes del 23

Pedro J. Ramírez @pedroj_ramirez

16 abril, 2023 02:00GUARDAR

Esta semana se ha cumplido el bicentenario de la última vez que un Ejército extranjero invadió España. A lo largo de la primera quincena de abril de 1823 los llamados “cien mil hijos de San Luis”, comandados por el duque de Angulema, cruzaron el río Bidasoa, con el propósito de acabar con nuestro régimen constitucional.

España era la Ucrania del primer cuarto del siglo XIX. El campo de batalla, el “palenque” según Larra, en el que dirimían sus pretensiones hegemónicas las grandes potencias. Nuestra “guerra de la Independencia” –la “Peninsular War” para los británicos- había supuesto el principio del fin del contradictorio imperio napoleónico que oprimía a los pueblos en nombre de la razón.

Sánchez, Feijóo y los héroes de 1823.

Sánchez, Feijóo y los héroes de 1823. Javier Muñoz

Ocho años después de Waterloo, se trataba de cortar de raíz el germen de un nuevo ciclo revolucionario en Europa. Así es como se veía al régimen constitucional establecido en España tras el pronunciamiento de Riego el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan y el “marchemos todos y yo el primero…” del ladino Fernando VII.

Nuestro gran problema era que la OTAN de entonces se llamaba Santa Alianza y tenía como misión el mantenimiento del absolutismo coronado en toda Europa. Rusia, Prusia, Austria y Francia formaban parte de esa organización político militar de carácter continental. Sólo Gran Bretaña, con su Monarquía parlamentaria, representaba una esperanza como potencial protector de los regímenes liberales.

Una esperanza cada vez más tenue, en la medida en que el Foreign Office, muy influido por la postura personal de lord Wellington, condicionaba el apoyo a España a la reforma de la Constitución de 1812 para fortalecer el papel de la Corona. La suerte quedó echada cuando en el congreso de Verona la Santa Alianza encargó a Francia intervenir en España, con la aquiescencia pasiva de Londres.

Fue mucho peor, pues, el trato que las potencias dispensaron a España durante el Trienio Liberal que el que adoptarían un siglo y pico después durante la Segunda República. Nuestras instituciones habrían sobrevivido, con tal de que Europa nos hubiera “olvidado” como Sánchez se quejó hace poco de que ocurrió en 1936.

Además, aquel primer régimen constitucional vigente en toda España no sólo no tuvo al frente a un Zelensky o a un Manuel Azaña , sino que encontró a su “mayor enemigo” en el jefe del Estado. Así definió a Fernando VII el último jefe de Gobierno, José María Calatrava. Si se hubiera puesto a disposición del rey un taxi -o más bien un carruaje- lo habría cogido, pero no para huir del invasor sino para salir con los brazos abiertos a su encuentro.

La conducta de Fernando VII había sido, de hecho, paralela a la de su tío abuelo Luis XVI: entendimiento con el enemigo, planes de fuga, intento de golpe de Estado contra el régimen liberal… Precisamente esa pauta de deslealtad y felonía, correspondida por la hostilidad creciente de los sectores radicales, hacía verosímil que Fernando VII pudiera acabar como su ancestro. “Cuando el verdugo cortó la cabeza de Luis XVI no encontró vértebras distintas a las de los demás hombres”, advirtió el director de El Zurriago.

Una deriva que la Francia de la Restauración no podía consentir, pues no en vano Angulema, jefe del ejército invasor, estaba casado con la única superviviente de los Borbones encerrados en el Temple y despachados a la guillotina. Las cabezas coronadas de toda Europa creían jugar en España una especie de “partido de vuelta” contra la Revolución.

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La única resistencia que encontró la vanguardia de Angulema al entrar en España fue la de un grupo de bonapartistas franceses, dispersados al primer cañonazo. La población vasca y navarra, seducida por el clero y los precursores del carlismo, les acogió con júbilo y les proporcionó cuantos víveres necesitaban. A ello contribuyó la estrategia de marketing del comerciante Ouvrard que pagaba más al que los traía antes.

Pronto las partidas “realistas” o “apostólicas”, lideradas por antiguos guerrilleros y atrabiliarios clérigos intonsos como El Trapense, se sumaron al invasor, configurando así la primera de las cinco salvajes guerras civiles españolas de la edad contemporánea. Muchos campesinos creían que los liberales tenían rabo y suministraban brutales vomitivos a los prisioneros para que expulsaran el demonio de la Constitución.

Tras una breve respuesta unitaria, los moderados doceañistas, liderados por Argüelles, y los veinteañistas exaltados, con Alcalá Galiano como figura principal, andaban a la gresca. Pronto estos dos sectores de la masonería quedaron desbordados por los comuneros o “hijos de Padilla” que con rituales del siglo XVI anticipaban el extremismo violento del XX. “La guerra civil es un don del cielo”, pontificó su ideólogo Romero Alpuente.

Entre tanto, algunos de los generales que debían defender Madrid se pasaban al enemigo o dejaban las armas. Al Gobierno sólo le quedaba escapar hacia al sur, trasladando la capital a Sevilla: lo mismo que ocurriría con la huida a Valencia en noviembre del 36.

Fernando VII puso todo tipo de pegas, pero el asalto al Palacio Real le terminó de convencer. En Sevilla los prohombres ligados a las dos principales sociedades secretas se pusieron de acuerdo para formar un gobierno de consenso. Para presidirlo trajeron, poco menos que a lazo, al magistrado extremeño José María Calatrava, orador destacado en las Cortes de Cádiz, presidente del Tribunal Supremo y promotor de una especie de tercera vía conocida como la Sociedad del Anillo.

Según un documento titulado “Notas Reservadas” que yo encontré, junto a sus Memorias, en su archivo personal, olvidado en una librería de viejo, Calatrava recibió el encargo de Fernando VII en el Alcázar de Sevilla con “la mayor pesadumbre” y como “el mayor disgusto que haya consternado jamás a mi familia”. Pero se sintió obligado a aceptar para no ser tildado de “cobarde” o “egoísta”.

A duras penas formó un gobierno con quienes él mismo presentó al Rey como “cinco hombres insignificantes”. Uno de ellos Yandiola, encargado de Hacienda, había sido torturado bajo supervisión directa de Fernando VII durante el Sexenio Absolutista, por su presunta participación en la conspiración del Triángulo.

[Pedro J. Ramírez: “El Trienio fracasó porque Fernando VII aprovechó el hundimiento del centro”]

Cuando los franceses tomaron Madrid y cruzaron Despeñaperros no quedaba más opción que la de refugiarse en Cádiz para tratar de reeditar la gesta de 1812. De nuevo Fernando VII se negó a secundar al Gobierno –”No salgo de aquí si no me llevan atado”- y Calatrava tuvo que poner de acuerdo a Argüelles y Alcalá Galiano para que las Cortes, reunidas en el Convento de San Hermenegildo de Sevilla, le inhabilitaran achacándole un “delirio temporal” y lo condujeran como rehén durante tres días de penosa marcha entre marismas y humedales.

Por primera vez en la Historia de España un Rey era depuesto por los representantes del pueblo, siquiera fuera de forma temporal, y sustituido por una Regencia formada por tres militares. Tal fue el impacto que la medida causó entre los propios liberales que el ministro de la Guerra, el general Sánchez Salvador, se suicidó al llegar a Cádiz, cortándose la yugular con su navaja de afeitar. Calatrava lo sustituyó por el también extremeño Fernández Golfín que un día se convertiría en el anciano fusilado con los ojos vendados junto a Torrijos en el cuadro de Gisbert.

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Al tercer día Fernando VII resucitó como Monarca. Fue repuesto en sus funciones y se dedicó a conspirar e incluso a enviar mensajes a los barcos franceses desde la zona alta del edificio de la Aduana gaditana, mientras Calatrava organizaba desde la planta baja la titánica resistencia de la plaza.

El hondo drama de aquel jefe del Gobierno -debía defender la Constitución frente al monarca a quien servía- quedó reflejado en esas “Notas Reservadas”: “No dudábamos de que el Rey seguía en constante comunicación con el enemigo… y el Gobierno se hallaba en la mísera situación de no poder encubrir sino lo poco que podía ocultar al Rey. El Palacio era la principal oficina desde donde se sembraba la corrupción y el desaliento en el Ejército… ¿Qué remedio cabía de parte de los ministros contra ese cáncer interior?”.

Tras algo más de cien días de cerco terrestre y bloqueo marítimo, durante los que el Gobierno buscó en vano la mediación británica y se fue quedando sin fondos ni recursos militares, los franceses tomaron la península del Trocadero, rebasando una noche por sorpresa la Cortadura hendida en el mar que los defensores creían inexpugnable. En París se celebró la victoria decisiva renombrando una de sus plazas más céntricas.

La pérdida del fuerte del islote de Sancti Petri, tomado por los franceses desde el mar, fue la puntilla. La última baza de Calatrava en pos de una capitulación que preservara el régimen liberal y la vida de sus defensores era la persona del Rey.

A cambio de permitir su marcha, el Gobierno logró que Fernando VII asumiera un Manifiesto en el que figuraba un claro compromiso: “No adoptaré nunca el Gobierno absoluto”. Pero en el momento de ir a firmarlo, el monarca tachó esas palabras y las sustituyó, de su puño y letra, por una expresión cínicamente ambigua: “Adoptaré un Gobierno que haga la felicidad completa de la Nación”.

“Todas las sensibilidades democráticas actuales tienen su anclaje común en aquellos desventurados liberales del Trienio”

Mantuvo, sin embargo, inalterado un inequívoco segundo punto: “Prometo libre y espontáneamente y he decidido llevar y hacer llevar a efecto un olvido general, completo y absoluto de todo lo pasado, sin excepción alguna, para que de este modo se restablezcan entre todos los españoles la tranquilidad, la unión y la confianza, tan necesarias para el bien común, y que tanto anhela mi paternal corazón”.

Con esta presunta garantía en el bolsillo, Calatrava permitió que el Rey fuera conducido en una falúa al Puerto de Santa María donde le aguardaba el duque de Angulema. Fiel a su estereotipo mendaz, Fernando VII derogó a los pocos días su Manifiesto e inició la sanguinaria persecución de los liberales.

Riego fue ahorcado entre insultos y befas en la Plaza de la Cebada de Madrid, mientras Calatrava, Argüelles, Galiano y demás prohombres del régimen caído se instalaban en el exilio londinense entre graves estrecheces. Comenzaba así la bien llamada Década Ominosa.

El expresidente del Gobierno y del Supremo trabajó como zapatero remendón en el barrio de Sommers Town, junto a la estación de Paddington, y contempló impotente la gestación de la expedición suicida que llevaría al joven brigadier Torrijos y sus compañeros a la trampa y ejecución sumaria de la playa malagueña de San Andrés.

Cuando, muerto ya Fernando VII, Calatrava reanudó su carrera política en España -volvería a presidir el Gobierno en 1836- el Manifiesto con las tachaduras y la firma del Rey volvió con él, como prueba de cargo inapelable de la felonía del monarca. Era parte del archivo que, después de muchos tumbos y peripecias polvorientas, terminó en mis manos y sirvió de base a mi libro La Desventura de la Libertad.

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Los dos momentos en los que la moral de los defensores de Cádiz alcanzó cotas más altas fueron la llegada a la plaza de las cenizas de los héroes del 2 de mayo, azarosamente trasladadas desde Madrid por un grupo de milicianos, y la representación en el Teatro Principal del “Pelayo” de Quintana, en presencia de su autor.

En un caso la memoria histórica se podía tocar con los dedos del tiempo cercano; en el otro se remontaba mil años atrás. Pero en ambos tenía un carácter transversal y unitario, pues todos los sectores del régimen constitucional podían identificarse con la resistencia al invasor de Daoiz y Velarde o don Pelayo.

Eso mismo podríamos decir desde la España de hoy respecto al Trienio Liberal. No es una memoria divisiva, como la que a veces se impulsa respecto a la última guerra civil, sino cohesiva. Con la excepción de los sectores más fanáticos de la extrema derecha, homologables al absolutismo, todas las sensibilidades democráticas actuales tienen su anclaje común en aquellos desventurados liberales que, pagando tan duro precio, abrieron el camino del racionalismo, el parlamentarismo y el Estado de derecho.

¿Sería mucho pedir que, en este bicentenario, sumergido en una doble contienda electoral, Sánchez y Feijóo abrieran una tregua de veinticuatro horas para que, en un acto conjunto, promovido por el Gobierno de España y la Junta de Andalucía, rindieran homenaje a aquellos héroes de 1823 en alguno de los “lugares de la memoria” -el convento de San Hermenegildo de Sevilla, la Aduana de Cádiz, la plaza de la Cebada…-, en los que queda la huella de su patriotismo?

En cualquier otro país los fastos conmemorativos serían mucho mayores. Aquí bastaría con que el actual jefe del Gobierno y el actual líder de la oposición miraran por una vez unidos al pasado, haciendo suyos los dos versos más emblemáticos de la obra de Quintana: “Que la alta gloria y libertad de España/ con vuestro ejemplo eternas sean”. No me hago muchas ilusiones, pero el no ya lo tenemos.

Lo de Yolanda sólo puede salir bien

Pedro J. Ramírez @pedroj_ramirez

9 abril, 2023 02:09GUARDAR

Sí, es verdad que estamos ante la operación política más personalista de la historia de la democracia y que en la puesta de largo de Sumar se confirmó, en prosa y en verso, que el culto a la personalidad de Yolanda es -como no podía ser de otra manera- el eje de la “operación Yolanda”.

También es cierto que esta premisa convierte el concepto fundacional de la nueva formación política en un absurdo oxímoron. Podría denominarse EngullirDevorarFagocitarAbsorber… O, en una versión más amable, CaptarAtraerCautivar o Subyugar. Nunca Sumar, en la medida en que el todo resultante -Yolanda como planta carnívora- estaba predeterminado antes de que se conocieran las propias partes contratantes.

El equilibrio difícil de Sánchez entre Yolanda e Iglesias.

El equilibrio difícil de Sánchez entre Yolanda e Iglesias. Javier Muñoz

De ahí que el propio proceso constituyente del nuevo ente, presentado como un proceso de escucha que ha durado meses y meses de intermitente silencio no haya sido sino una ridícula comedia, revestida a posteriori de imaginaria participación ciudadana. “He tenido muchas dudas”, dijo Yolanda el domingo sin mencionar una sola.

Además, es muy relevante que entre los hasta ahora engullidos o captados, junto a personalidades atractivas que podrían configurar una izquierda alternativa interesante, destaque la figura de Ada Colau, sin duda la alcaldesa más nefasta que durante el último medio siglo ha descapitalizado una gran ciudad española.

Y, por encima de todo, claro, ahí está el manifiesto político, presentado por Yolanda entre palmas y ramos, como punto de encuentro del banal infantilismo maniqueo, la segmentación identitaria excluyente y el peligroso radicalismo antiliberal.

Plantear como gran objetivo el “vamos a trabajar menos, sin cobrar menos, para vivir mejor”, presentar “la libertad como un valor absoluto” -pero sólo al hablar de las personas LGTBI- o identificar a Feijóo como líder del “partido del dolor” -¡tras criticar la “polarización” de los políticos!- son ejemplos de lo primero.

El empleo martillleante de eslóganes como “Sumar es un país para jóvenes”, “nunca más un país sin sus jóvenes” o “la España de las mujeres”, “lo hacemos por nuestras hijas”, indica el desdén por la transversalidad y las clases medias, propia de lo segundo. Si fuera por Sumar, habría que promover una plataforma contra el borrado de los varones adultos.

Como decía Edward Kennedy desde el ala izquierda del Partido Demócrata, “hay una diferencia entre ser un partido que se preocupa por las mujeres y ser un partido de las mujeres. Podemos y debemos ser un partido que se preocupa por las minorías, sin convertirnos en un partido de las minorías. Ante todo, somos ciudadanos”.

“A ver si, en realidad, Sumar va a significar ‘Confiscar’, ‘Expropiar’ o, como poco, ‘Intervenir'”

Y en cuanto al peligroso radicalismo antiliberal, ahí están los reiterados ataques a las grandes empresas, soslayando siempre que en España hay 5,2 millones de accionistas.

Yolanda alegó el domingo que “la democracia tiene que llegar a las entidades financieras, a las empresas energéticas y a las grandes distribuidoras de la alimentación”, para a continuación añadir: “Queremos decidir cómo se distribuyen los beneficios”.

O sea que los dirigentes de Sumar -ella y sus adláteres- sustituirían a esos millones de accionistas en el control de los órganos de gobierno de esas empresas. A ver si, en realidad, Sumar va a significar ConfiscarExpropiar o, como poco, Intervenir

[Guarderías gratis, menos trabajo y “democracia económica”: el ideario de Yolanda Díaz]

Desde luego eso es lo que sin ambages se propugna, cuando Yolanda afirma que “queremos una sociedad donde, a la vez que subamos el salario mínimo, fijemos un alquiler máximo”. Exactamente esos eran los dos pilares del programa de los sans culottes parisinos del “año II” -1794- que ni siquiera la guillotina logró imponer.

El problema es que cuanto más alto esté el salario mínimo, menos empresas podrán pagarlo y cuanto más bajos se establezcan los precios máximos -del alquiler, de los alimentos o de cualquier cosa-, menos propietarios, productores o distribuidores ofrecerán sus bienes al mercado.

Se les podrá vilipendiar, perseguir como acaparadores insolidarios e incluso tratar de impedir que salgan de España –”evitar deslocalizaciones”, dijo Yolanda, con Ferrovial en la mente de todos-, pero nadie logrará que los empresarios actúen masivamente contra sus propios intereses.

Es una lástima que en tantos meses de “reflexión” Yolanda Díaz no haya tenido tiempo de leer el último gran libro de Steven Pinker, justo ahora que le acaba de premiar la Fundación BBVA. Se titula Racionalidad e incluye una cita del progresista Upton Sinclair que le vendría que ni pintada: “Resulta difícil conseguir que un hombre (o una mujer) entienda algo cuando su salario (o su proyecto político) depende de que no lo entienda”. Ni qué decir tiene que los paréntesis son míos.

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Explicitado todo esto (entre otros motivos para que nadie pueda aplicarme a mí la cita de Sinclair), dedicaré la segunda mitad del artículo a explicar por qué, desde una perspectiva centrista, moderada y liberal, lo de Yolanda sólo puede terminar bien.

Antes de entrar en su utilidad -ella reivindica la “política útil” y la va a ejercer electoralmente-, no sería justo dejar de elogiar el guante de seda que siempre recubre estas propuestas de hierro. Al menos desde que entró en el Gobierno, Yolanda Díaz no ha acosado, insultado o marcado a un periodista, un empresario o un interlocutor en el diálogo social.

Su dialéctica de los “besiños” -legataria del “a ese hay que matarle a besos” de Zapatero– podrá resultar cínica, cursi y a veces estomagante, pero contribuye a crear un entorno de civismo, respeto y cortesía que sirve de antídoto al “jarabe democrático” -jarabe de palo siempre- al que nos sigue teniendo sometidos el matonismo de Podemos.

Tampoco hay que soslayar que desde Sumar se reivindique el “diálogo con el que no piensa como nosotros para llegar a acuerdos”. Al margen de que esa actitud ha generado logros tan positivos como una reforma laboral pactada a la vez con los sindicatos y la CEOE -el PP se equivocó gravemente no apoyándola-, la mera insistencia en la bondad de la búsqueda del consenso, crea una atmósfera y un compromiso, un marco, que de manera implícita reivindica el espíritu de la Transición.

“A la izquierda del PSOE hay espacio para una fuerza que sea respetuosa con las reglas de la democracia formal”

He aquí incluso una propuesta de Pinker que no debería resultar ajena a ese talante contradictorio de Sumar: “Las elecciones, que pueden sacar lo peor del razonamiento, podrían complementarse con la democracia deliberativa, por ejemplo con paneles de ciudadanos encargados de recomendar una política determinada. Este razonamiento pone en práctica el descubrimiento de que, en grupos de personas razonables, intelectualmente diversas, dispuestas a cooperar entre sí, suele triunfar la verdad”.

Ni Yolanda ni los yolandistas serían mis paladines en una deliberación de esa naturaleza, pero, tal y como ocurría con Carrillo o con Anguita -por hablar de dos personajes de catadura muy distinta-, cabría contar siempre con la hipótesis de la búsqueda del denominador común o al menos de algún punto de encuentro. Los hechos nos han demostrado que a la izquierda del PSOE hay espacio para una fuerza que, aunque pretenda cambiar de modelo de sociedad en su programa máximo, sea respetuosa con las reglas de la democracia formal.

[Podemos argumenta su denuncia contra Tezanos y Moncloa ve “estrategia del victimismo”]

Esto que parecía una obviedad, una vez que el PCE se apartó de su praxis revolucionaria anterior, ha quedado diariamente cuestionado desde que Podemos ha tenido su cuota de poder. Sus malas formas, su revanchismo y resentimiento, han amplificado de tal manera sus errores, disparates y peores propósitos que Iglesias y sus severas adoratrices -administradoras simultáneas del sólo sí es sí para la práctica sexual y del “siempre no es no” para la gestación subrogada-, más que un partido político son ya una vergüenza colectiva que la gran mayoría de españoles deseamos ver desaparecer.

Claro que no hasta el extremo de aplaudir que a esos antidemócratas se les liquide por medios antidemocráticos. Es lo que está ocurriendo cuando se les conmina a ser “sumados”, pero se les niega el derecho a ser pesados a través de unas primarias. O cuando Tezanos, el leal pincerna que sirve en la copa de la demoscopia lo que su señor le requiere y ni siquiera perece cuando el líquido resulta ser venenosamente falso, manipula el CIS para generar la profecía autocumplida del hundimiento de Podemos.

En todo caso es, al entrar en las hipótesis electorales de la mano del sondeo que hoy publicamos de Sociométrica, cuando mi proyección optimista cobra más vida y sentido.

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La foto fija del momento reproduce en la izquierda lo que le ocurría a la derecha, cuando el declive del PP coincidía con el auge de Vox y Ciudadanos: tres fuerzas se reparten el espacio en el que antes una era abrumadoramente hegemónica. Por ahora el PSOE sólo se tambalea, pero cae 4 escaños, quedándose en 93 -el peor dato desde su masacre en Andalucía-, mientras Podemos se desangra por la Ley d’Hondt, al traspasar a Sumar el 23% de sus votos, pero nada menos que el 40% de sus escaños: pierde 12 de 30.

Sumar emerge con fuerza, pero ni siquiera suma lo que resta: pasa de los 3 escaños de Más País a 16. Es decir, gana 13, tres menos de los que pierden los manantiales de sus socios. Eso no sólo hace que la suma de PP y Vox supere con más holgura que hace un mes la mayoría absoluta, sino sobre todo que el partido de Feijóo, con 136 escaños, aventaje ya en nueve a los 125 de las tres izquierdas estatales.

Esta sería la métrica clave para que el Rey encargara al líder del PP presentarse a la investidura y Feijóo pudiera echar su órdago a Vox: pacto de mínimos sobre el programa, sí; gobierno de coalición, no.

Equilibrio difícil, ilustración de 'Demócrito' para 'El Motín' (1881).

“Equilibrio difícil”, ilustración de ‘Demócrito’ para ‘El Motín’ (1881).

Estamos aún muy lejos de eso y quedan dos grandes incógnitas por dirimir. ¿Logrará Unidas Podemos sobrevivir como proyecto autónomo, sin someterse a los designios de Yolanda? y ¿tendrá coste electoral para Sánchez seguir tratando de ayudar a Yolanda a encadenar a los morados a su yugo?

Un  a cualquiera de estas dos preguntas implicaría la consolidación de la ventaja estructural de las dos derechas sobre las tres izquierdas y de Feijóo como aspirante a formar gobierno en solitario. Sólo la combinación simultánea de los dos noes devolvería a Sánchez a una posición favorable para mantenerse en la Moncloa.

Como se ve, en cualquiera de los supuestos, España tendría un gobierno más moderado o, en el peor de los escenarios, menos bilioso que el actual. Welcome, pues, Yolanda.

Diré para finalizar que la ilustración de Javier Muñoz de hoy está inspirada en la publicada por ‘Demócrito’ en El Motín el 27 de noviembre de 1881, bajo el título de “Equilibrio difícil”. En ella se veía a Sagasta, recién aupado al poder por Alfonso XII, en el primer “turno” liberal frente al conservadurismo de Cánovas, apoyándose en la punta de los sables de los dos generales que competían por condicionar su gobierno.

Por un lado, el artífice de la Restauración, tránsfuga de la derecha y ministro de la Guerra Arsenio Martínez Campos, por el otro el brazo armado de la “izquierda dinástica” Francisco Serrano.

A media España le gustará saber que Sagasta apostó por Martínez Campos y eso provocó su caída, fruto de las intrigas intestinas del progresismo, en beneficio otra vez de la derecha. Pero seguro que en lo que se fijará la otra media es en que mi paisano don Práxedes, apodado el “gran prestidigitador”, volvió a gobernar tres veces más durante las dos décadas siguientes. Qué raro y qué ilustrativo era el final de nuestro siglo XIX.

‘Wake Up, Europe!’: hay otra manera de saltar

Pedro J. Ramírez @pedroj_ramirez

2 abril, 2023 02:20GUARDAR

La metáfora más imprevisible, en las cinco jornadas de este memorable tercer Wake Up, Spain! que acaba de concluir, surgió de labios de la ponente más inesperada. Lo último que imaginábamos cuando el jueves a primera hora de la tarde se plantó delante del atril la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, es que nos hablara del “Fosbury flop.

Máxime cuando la muerte de su inventor, el rubicundo y espigado Dick Fosbury, había pasado poco menos que desapercibida, hace un par de semanas, incluso para quienes ya teníamos edad para quedar obnubilados, cuando en los Juegos Olímpicos del 68 en México hizo lo que hizo.

El salto de Borrell en el 'Wake Up'.

El salto de Borrell en el ‘Wake Up’. Javier Muñoz

Yo aun sigo frotándome los ojos delante del televisor en blanco y negro. Encaró de espaldas el listón del salto de altura, lo sobrepasó intento tras intento y se llevó la medalla de oro. Más que atletismo, aquello parecía magia.

Nunca nadie lo había hecho así. La ministra, que entonces sólo tenía dos años, hubo de enterarse a posteriori pero, en medio de su absorbente dedicación política –”Yo sólo vivo para esto”- ha sido ahora capaz de procesar el significado de aquella aparente extravagancia. 

“La innovación de Fosbury partió de una discapacidad funcional que se convirtió en oportunidad”, explicó la también vicesecretaria general del PSOE. Se refería a que el saltador de Portland no tenía la envergadura, la masa corporal y por lo tanto la potencia física para estar entre los mejores, si empleaba la técnica del rodillo ventral que todos los demás utilizaban.

Tenía que aguzar el ingenio, tenía que innovar, tenía que cambiar y Fosbury lo hizo.

Darwin nos enseñó a reflexionar sobre la adaptación permanente a las cambiantes condiciones del entorno”, corroboró Ana Botín en su inspiradora intervención, poniendo el ejemplo negativo de lo ocurrido con el Silicon Valley Bank y otros bancos anclados en el modelo de los tipos de interés cero. “Las viejas recetas no sirven”.

Adaptarse o morir. Ese era y sigue siendo el espíritu que queda tras el lema de nuestro tercer gran simposio anual: “Impulsar el cambio en tiempos de incertidumbre”.

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Incertidumbre económica, incertidumbre geoestratégica, incertidumbre electoral. Esta es la tríada que nos tiene en vilo y a la vez permite que el cambio lo abanderen liberales e intervencionistas, halcones y palomas, partidarios de Sánchez y de Feijóo.

Por si hubiera alguna duda de en qué bando milita cada uno, ahí queda la propuesta de clausura del ministro Bolaños, a mitad de camino entre el optimismo y la provocación: que el próximo Wake Up se rebautice como “Well done, Spain“.

No me parece que se pueda cantar aún victoria -con los graves desequilibrios que minan nuestra competitividad-, pero es innegable que los últimos datos macroeconómicos han mejorado bastante las fúnebres previsiones del otoño. Y que tenemos más crecimiento, menos inflación, menos déficit y más empleo de lo temido. Y que mucho tienen que ver con ello los 37.000 millones de los fondos europeos ingresados ya por el Tesoro público, por los que tanto peleó Sánchez en su día.

“Saltaríamos mucho más alto si fuéramos capaces de alcanzar grandes pactos de Estado y optimizar la colaboración público-privada”

Queda la polémica sobre su gobernanza. Lasquetty, consejero de Hacienda de Ayusodenunció con razón, en el propio Wake Up, que se había enterado por la intervención de María Jesús Montero de que España va a solicitar además los 84.000 millones en préstamos que le corresponden dentro del programa Next Gen: “Existe la corresponsabilidad fiscal, pero no cuentan con las comunidades. Cuando eras pequeño te daban veinte duros para comprar, pero no comprabas lo que tú querías”.

Esa es también en el fondo la discusión sobre los PERTE, en cuya selección, dotación y orientación la oposición sólo ve dirigismo, clientelismo e ineficacia. La parte positiva es que nadie cuestiona que la digitalización, la apuesta decidida por las energías renovables, la cohesión territorial mediante una nueva movilidad que incluye tanto el 5G como el ferrocarril, y la igualdad de oportunidades a través de reformas educativas como la de la formación profesional dual, son las grandes prioridades nacionales.

Si España está paliando sus “discapacidades funcionales” con estos planteamientos innovadores sin acuerdos entre el Gobierno y la oposición y en un clima de frialdad extrema entre las grandes empresas y el poder, no es difícil imaginar lo alto que saltaríamos si, después de que las urnas hayan puesto a cada uno en su sitio, fuéramos capaces de alcanzar grandes pactos de Estado y optimizar la colaboración público-privada.

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Un cierto escalofrío recorrió la espina dorsal de la cúpula de EL ESPAÑOL y en especial de su equipo de eventos, cuando en mi intervención inaugural aseguré que “no habrá mejor despertar para España que el que se produzca en una Europa cohesionada” y concluí con un “Wake Up, Europe!”.

Tranquilidad, compañeros, no estoy pensando en trasladar nuestra carpa itinerante también a Bruselas para impulsar desde allí un despertar transcontinental. No hay que descartar nada, pero nuestra mayor utilidad está en España, movilizando a la opinión pública en apoyo de quienes con mayores medios y resortes están logrando galvanizar el espíritu de Europa a través de las instituciones de la UE.

Por eso fue muy alentador escuchar este viernes de labios del Alto Representante Josep Borrell que la invasión ha supuesto “un wake up geopolítico para Europa”. Y oírle desgranar lo que nuestro Rugido del León resumió al día siguiente como “las verdades de Borrell”. Yo destacaría estas cinco:

1.- Si Putin hubiera logrado instalar un gobierno títere en Kiev y sus tropas controlaran ya la frontera con Polonia, nuestras democracias estarían gravemente amenazadas. Los hechos han avalado que la UE se está volcando en ayudar a Ucrania con nada menos que 60.000 millones por todos los conceptos, incluido el militar. Estados Unidos envía más armas, pero proporciona mucha menor ayuda humanitaria.

“Hoy por hoy ‘no hay otro plan de paz que el de Zelenski’, basado en la retirada rusa de todos los territorios ocupados”

2.-La guerra tendrá que acabar con una negociación, pero “China no puede ser un mediador” por su falta de equidistancia, sino todo lo más un “facilitador”. La UE debe presionar a Xi Jinping para que sea consecuente con sus propias líneas rojas. No está claro que Sánchez lo haya hecho suficientemente. Pero la credibilidad china se resiente gravemente si después de firmar un comunicado repudiando el despliegue de armas nucleares en terceros países, Putin las instala en Bielorrusia.

3.-Hoy por hoy “no hay otro plan de paz que el de Zelenski“, basado en la retirada rusa de todos los territorios ocupados. Eso requerirá perseverancia en el envío de armamento hasta que Putin pierda la esperanza de ganar y compruebe cómo su economía sigue resintiéndose, al caer sus ingresos por gas y petróleo.

4.- Ha pasado el tiempo en que los europeos delegábamos “la seguridad a Estados Unidos, la energía a Rusia y los suministros a China”. No puede haber otra prioridad para Europa que adquirir una “autonomía estratégica abierta”. Eso debe ser compatible con la colaboración con Estados Unidos en el seno de la OTAN, pero desde la conciencia de que tenemos intereses diferentes en muchos ámbitos.

[Josep Borrell destaca que la guerra en Ucrania “ha sido un ‘wake up’ geopolítico para Europa”]

5.-Esa autonomía estratégica incluye un polo militar, pero no es el único ni siquiera el más importante. Sobre todo si tenemos en cuenta la naturaleza de la “guerra híbrida” que Putin impulsa para desestabilizar a Europa. “Putin cuenta con que las democracias son débiles y con que la opinión pública cederá ante los costes de la guerra”. Y si dispone de 300.000 reservistas como carne de cañón para la guerra de trincheras que, en cuanto se seque el terreno, se convertirá en un descomunal choque de blindados, el ejército de bots con el que a diario asalta nuestras redes se mide por millones.

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Esta última consideración de Borrell nos retrotrajo al apasionante diálogo que en la jornada inaugural mantuvieron el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, y nuestro columnista Bernard-Henri Levy.

Pallete es el empresario que de forma más reiterada e intensa viene reclamando esa emancipación europea de las servidumbres de un mundo que se ha desmoronado y BHL el mayor intelectual y activista del paneuropeísmo con hilo directo con Macron y valiente implicación física, cámara en ristre, en las trincheras de Ucrania.

Entre ellos se produjo un flechazo personal, una clara determinación de luchar juntos “para impulsar las velas de Europa” e incluso un cierto reparto de papeles. “Tenemos la tecnología, necesitamos filósofos”, explicó Pallete, al clamar por un nuevo “contrato social” que refleje la fusión de nuestra “vida analógica” y nuestra “vida digital”.

“Borrell, que podría estar de vuelta de todo, en vez de instalarse en el cinismo y el confort encara el desafío de la concertación entre Moscú y Pekín”

El punto al que hemos llegado no puede ser más preocupante. El 40% del tráfico total que circula por las redes tiene un origen “no humano”, el 25% responde a propósitos delictivos y el 60% proviene ya de las cinco grandes compañías tecnológicas norteamericanas que comercian con el algoritmo. La consecuencia de todo ello es que “nos están radicalizando y tribalizando, en detrimento del diálogo, el debate y la verdad”.

Pallete impulsa dos antídotos: la incorporación del derecho a disponer sobre los propios datos como parte integral de unos nuevos Derechos Humanos y una política europea de “compensación justa” que obligue a los grandes usuarios de las redes de fibra a contribuir a su financiación. De ahí la expectación con que todo el sector de las telecomunicaciones aguarda las conclusiones de la encuesta que ha abierto el comisario del Mercado Interior, Thierry Breton.

Las telecos han sido desbordadas por el almacenamiento de datos en la nube, pero cuentan con un arma de contrataque formidable al concebir el despliegue del 5G como un supercomputador que devuelva toda la información a la tierra y asegure la capacidad de los Estados -es decir de la policía y de los jueces- para defenderse de ataques basados en el anonimato como los que han contribuido al Brexit, a la desestabilización de Cataluña o a poner contra las cuerdas a Macron, ora con los chalecos amarillos, ora con la reforma de las pensiones.

[La barra del Wake Up: Director, hay que pensar un nombre nuevo]

“La posverdad supone un colapso metafísico sin precedentes”, reconoció abrumado BHL. “Rehabilitar el deseo de defender la verdad es el mayor desafío al que me he enfrentado en mi vida, pero debemos hacerlo. Como lo hizo Platón ante los sofistas, con una reforma moral e intelectual que recupere el apetito por la verdad. Esa es la clave… La clave… ¡La Clave!”.

Muy pocos más que yo entendieron este guiño final de BHL, aludiendo a su debate con Carrillo sobre los crímenes del comunismo en el mítico programa de Balbín. Era una manera de decirnos que los valores en juego son los mismos, aunque el listón de la dificultad se haya colocado ahora mucho más alto.

¿No es por eso tan estimulante, tan motivador, tan emocionante, escuchar esto un lunes y encontrarte un viernes con un político veterano como Borrell que podría estar ya de vuelta de todo y que en vez de instalarse en el cinismo y el confort, encara el desafío de la concertación entre Moscú y Pekín, pisando con la firmeza de quien hubiera recibido un chute de licopeno antioxidante, y disponiéndose a encarar la madre de todas las crisis con la innovación diplomática de su propio Fosbury flop?

Crece la preocupación en Podemos por el ridículo de Vox

Pedro J. Ramírez @pedroj_ramirez

19 marzo, 2023 02:13GUARDAR

La noticia llegó en plena reunión del Emérito de Podemos con Echenique y “las Melli”. Ellas no lo saben, pero así es como llaman a Irene Montero y Ione Belarra sus compañeras de Gobierno. “Las Melli”: “las Mellizas”.

Como de costumbre, el orden del día que les reunía bajo un retrato de su benefactor, Jaume Roures, caracterizado como el Joker, constaba de dos puntos: 1º) Cómo fastidiar a Pedro Sánchez. 2º) Cómo hundir a Yolanda Díaz. No ha quedado acreditado que en esta ocasión el presidente y la vicepresidenta estuvieran representados por muñecos de vudú a los que les clavaran alfileres.

El circo de la moción de Tamames.

El circo de la moción de Tamames. Javier Muñoz

Un rictus de estupor pintó sus cuatro semblantes. ¿Cómo? ¿Que el discurso que leerá Tamames el martes se ha filtrado a un medio nada sospechoso de afinidad con Vox y cualquiera puede ya consultarlo, descargarlo, subrayarlo, refutarlo y ridiculizarlo online?

El diagnóstico fue común: una cosa es ser facha o prestarse a parecerlo y otra llegar a esa degradación en la chapuza. Lo único importante, o al menos lo más importante, en una moción de censura en la que no salen las cuentas, es el factor sorpresa. Coger al enemigo a contrapié al presentarla y, sobre todo, deslumbrar a la opinión con un discurso inesperado. O sea, lo que tú, Pablo, hiciste en junio del 17.

“Las Melli” y Echenique se explayaron entonces en la evocación de la gran intervención del hoy Emérito, cuando sentó como premisa aquel “Si amas a tu país, debes conocer su historia”. Y cuando fue haciendo extensiva su moción de censura contra Rajoy a los Borbones, uno a uno, al Marqués de Salamanca, a los turnistas Cánovas y Sagasta, a Silvela, a los dictadores Primo de Rivera y Franco Bahamonde, al asesinado Calvo Sotelo y al propio Fraga, padre de la Constitución de la que surgió el “régimen del 78”.

—¿Te acuerdas del escalofrío que sacudió a la bancada de la derecha cuando hablaste de “toda la sangre azul que envenena el cuerpo de la patria”?

—¿Y de la cara que pusieron cuando fustigaste a “las élites extractivas” que habían ido trenzando la “trama nacional patrimonialista”? Todo el mundo le entendió: era la moción de censura del 15-M.   

—Bueno, reconoceréis que lo de la “moderna autocracia absorbente” de Tamames, tampoco está mal.

[Vox acusa el ridículo por el patinazo de la filtración y teme por Tamames: “Le hemos visto afectado”]

—Venga, ya. No vas a comparar… Si hasta el director de EL ESPAÑOL tuvo que reconocer que en el discurso de Pablo estaba todo el linaje de la verdadera izquierda, pasando por el gaditano “Robespierre Español”, por Romero Alpuente que decía que “la guerra civil es un don del cielo”, por Riego y Torrijos (héroes y mártires), por Roque BarciaSixto CámaraMateo MorralNekens o el vitriólico Bonafoux.

—Es verdad. Al leer los dos discursos te das cuenta de que la reputación intelectual de Tamames está muy sobrevalorada. Su texto es un pastiche desordenado, no hay hilo conductor, no hay relato.

—Sí, todo muy frondoso. Y de repente te saca lo de los bosques. Ramón de los Bosques… el abuelo de Robín de los Bosques.

—Porque para “culto a la personalidad” el suyo. Debería poner como subtítulo del discurso “la decrepitud del macho Alfa” o “el heteropatriarcado a los 90”.

“Tamames, terco como una mula al acarrear su vanidad, ha preferido este final de partida y en el pecado vive ya una cruel penitencia”

—Bueno, no seáis malas. Con que Tamames está trasnochado y casi todo lo que dice chirría con el mensaje de Vox, ya contábamos. Lo único inesperado es que fueran tan tontos que le dejaran ir repartiendo el discurso con diez días de antelación. Eso no estaba en el guion. Y es una gran putada.

—¿Tanto como para que tener que cambiar de estrategia?

—Mirad, siempre que nos atizaban con la cita de Ortega sobre los “payasos” y los “jabalíes”, lo que me preocupaba no era que nos vieran con colmillos, pero sí con zapatones y nariz postiza.

—Claro, es lo que dijo Tarradellas, “en la vida se puede hacer todo, menos el ridículo”.

—¿Y qué arreglo tiene ahora esto, Pablo?

—De momento lo único que se me ocurre es que habléis con el compañero Tezanos para que en el CIS que sale el viernes le dé un pequeño chutecito a Vox. Incluso aunque sea a costa nuestra… que los ponga de terceros, que no se nos vengan abajo.

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Naturalmente yo no estaba delante y la transcripción es apócrifa. Es probable que las palabras fueran otras, pero no el sentido de la reflexión. Cuarenta y ocho horas antes de su inicio la moción de censura ya está amortizada.

Lo ha reconocido su propio Svengali: “Nos han chafado el espectáculo”, ha reconocido Dragó, admitiendo implícitamente la motivación circense que le llevó a hipnotizar en la marisquería aquella a Abascal y Tamames para que actuaran de manera grotesca en contra de sus intereses.

“No lo hagas, Ramón”. Se lo dije yo, se lo dijeron sus mejores amigos y han acabado diciéndoselo sus discípulos. Todo en vano. Érase un hombre a un ego pegado, érase un ego superlativo, érase un ego sayón y escriba. Como al protagonista de la ópera de Shostakovich que triunfa en el Real, más le valdría haber perdido esa ‘nariz’.

Pero Ramón, don erre que erre, terco como una mula al acarrear su vanidad, ha preferido este final de partida bajo el resol de marzo y en el pecado vive ya una cruel penitencia. Lástima que ninguna disposición parlamentaria permita que el diputado Zamarreño presida el esperpento con su barba valleinclanesca.

“Al PSOE no le viene bien, de cara a la polarización que anhela, que Abascal y Tamames hagan el ridículo”

De Ramón a Ramón, pasando por Ramón. Más que crónica parlamentaria el martes tocará hilvanar greguerías. Si yo fuera votante de Vox, promovería una moción de censura interna contra Abascal por enfangar así la imagen del partido.

Al PSOE no le viene bien, de cara a la polarización que anhela, que Abascal y Tamames hagan el ridículo; pero el protagonismo y el aura de seriedad y solvencia que por vía de contraste adquirirá Sánchez, le compensará con creces. El otro gran beneficiado será el PPFeijóo ni siquiera necesitará estar en la sala para que la pupila del voto útil, descarriado en Vox, le enfoque continuamente.

Por eso, el gran damnificado de este descalabro del otro extremo con el que se toca va a ser Podemos. Y sin cataplasma o consuelo alguno que aplicarse. ¿Cómo volver a hacer sonar las alarmas de la “alerta antifascista” si a la primera de cambio los peligrosos reaccionarios se convierten en torpes clowns que terminan dando lástima a fuer de risibles?

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Este análisis puede parecer contracultural e incluso surrealista, pero es hora de desvelar la agenda oculta de nuestros populistas de cara al ciclo electoral. Digámoslo claramente: Pablo Iglesias quiere que en diciembre la derecha desaloje a Sánchez de la Moncloa y yugule toda pretensión de Yolanda Díaz de apoderarse del actual espacio de Podemos.

Pero no puede ser cualquier derecha. Tiene que ser una derecha tan débil y fragmentada como para tener que incluir a ministros de Vox en carteras con peso político. Es su escenario soñado: un octubre de 1934 con los de Abascal en el papel de la CEDA.

Después de haber llegado a vicepresidente del Gobierno, el revolucionario camuflado hoy bajo el armiño de rey emérito de Podemos ya sabe que tocar de segundo violín en la orquesta del poder burgués no es conquistar los cielos. Si dimitió del cargo fue por la sensación de impotencia ante los límites de una gestión reglada por un marco constitucional que su socio mayoritario no estaba dispuesto a desbordar.

“Iglesias sigue imbuido de ese mito insurreccional que durante el siglo XIX y gran parte del XX corroyó las entrañas de los republicanos españoles”

Él sí que lo está. Por anacrónico que parezca, Iglesias (sin duda la personalidad más fuerte a la izquierda del PSOE desde el inicio de la Transición) sigue imbuido de ese mito insurreccional que durante todo el siglo XIX y tres cuartas partes del XX corroyó las entrañas de los republicanos españoles.

Su plan ya no es cambiar el Gobierno sino el régimen. Pero para ello necesita primero acabar con el PSOE. Y eso le parece asequible a corto plazo. Si ocurrió en Italia, si ha ocurrido en Francia, ¿por qué no en España?

Iglesias piensa que un PSOE como este, que ha renunciado a muchas de sus señas de identidad con tal de mantenerse en el poder, se autodestruiría el día que lo perdiera. Sánchez dimitiría y los barones se apuñalarían en la lucha por los despojos.

Sólo Unidas Podemos podría erigirse en alternativa a un gobierno de Feijóo con Abascal, Ortega Smith y Carla Toscano en el Consejo de Ministros. Y si entramos en una nueva fase de consolidación fiscal, con la Unión Europea y los mercados apostando por las políticas de ajustes y el recorte del gasto social, todo puede ponerse bocabajo en menos que canta un gallo. Un nuevo amanecer para la humanidad, alborearía en España.

[Sánchez quiere impulsar a Yolanda Díaz en la moción de Tamames, y Podemos que hablen sus 2 ministras]

Pero sin Vox, Podemos no sería nada. Se quedaría sin enemigo que odiar, sin peligro que combatir, sin motivación existencial, en suma.

Y lo más fascinante es que este esquema también tiene su lectura inversa, de forma que la semana pasada, en pleno desvarío de “las Melli” con la Ley Trans, la prohibición de matar ratas en tu casa o la preocupación de Pam por el número de chicas que prefieren ser penetradas por varones antes que por vibradores, yo podría haber titulado: “Crece la preocupación en Vox por el ridículo de Podemos”.

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En realidad, el verdadero fantasma que se cierne simultáneamente sobre Vox, Podemos y los separatistas, es la actual fórmula de gobierno “a la andaluza” encarnada por Juanma Moreno. E incluso la solución madrileña, tal y como a la postre termina ejecutándola Ayuso.

El uno con mayoría absoluta, la otra cada vez más cerca de lograrla, según los sondeos. Pero lo esencial no son los números sino el proyecto y el talante.

De hecho, esta semana ha quedado caracterizada en Andalucía por el histórico acuerdo con los sindicatos y la patronal, en torno a políticas sociales y sanitarias evaluadas en 9.000 millones. Al mismo tiempo, el gobierno de Madrid cerraba el enconado conflicto sanitario con subidas razonables a los médicos.

El 28-M se votará en ambas comunidades en un entorno de paz social y reivindicación del centro liberal como fuente de bienestar. De hecho, si el socialista Antonio Muñoz tiene bastantes posibilidades de repetir como alcalde de Sevilla es porque su estilo es muy similar al del propio Juanma Moreno: ni ofende a nadie, ni amenaza a nadie.

[Editorial: Andalucía marca el camino al resto de España]

Feijóo no pudo decirlo mejor en su importante discurso al constituir la Fundación Reformismo 21: quien gobierne deberá “concentrarse en lo que nos importa a todos, tratando de conciliar distintos puntos de vista”, porque “si queremos que nuestro país tenga futuro, es necesario cerrar el capítulo de la confrontación y entrar en una nueva fase de cooperación”.

¿Cuál es la traducción electoral? Pues que a menos Vox, menos Podemos. Y a menos Podemos, menos Vox. Y por ambos caminos, mejor España.

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