Una estatuilla en el Retiro. Ignacio Camacho

Garci es un descreído de dogmas y sectas. Su cine de vieja escuela sólo sigue el canon del clasicismo y la pureza

La adrenalina de Fausto (10/4/23)

Xenofobia de cartón (9/4/23)

Ignacio Camacho

IGNACIO CAMACHO

11/04/2023

Sin Gustavo Bueno y ahora sin Sánchez Dragó, la resistencia al mandarinato cultural de la izquierda se va quedando muy venida a menos. No me refiero a los militantes de la llamada «guerra cultural», por lo general relacionados de un modo u otro con el activismo político, sino a intelectuales o artistas independientes sin otro objetivo concreto que el de expresar en cada momento su soberana opinión al margen de los circuitos que establecen la hegemonía del pensamiento. Gente como Savater, Boadella, Pérez Reverte o Trapiello, debeladores de la estupidez y de la mentira, tocapelotas rebeldes contra modas, preceptos, supercherías conceptuales y cancelaciones dictadas por los chamanes del criterio correcto. Espíritus autónomos que no necesitan hacerse perdonar el éxito ni someterse al capricho o al mandamiento de esos prescriptores capaces de acabar con la carrera de cualquier escéptico dispuesto a cuestionar la autenticidad de los evangelios modernos.

Algo así le ocurrió a José Luis Garci, objeto de una preterición silenciosa, de un repudio despectivo por su falta de encaje en el canon ideológico y hasta estético impuesto en la mentalidad dominante con el rigor férreo de un libro de estilo. El ganador del primer Oscar nacional lleva décadas preterido por las mediocres jerarquías de su oficio, que conscientes de que carecen de mérito y de autoridad para condenar su talento a un rechazo explícito lo han ido envolviendo en una espiral de olvido. Garci no se ha enfrascado en batallas ni polémicas; simplemente se ha apartado de la teología civil predicada por el progresismo a la violeta y se ha negado a comulgar con la falsa fe de una secta. El hombre que captó como nadie el fondo sentimental de la Transición –«Asignatura pendiente» sigue siendo una obra maestra donde late toda la emoción narrativa de la `nouvelle vague´ francesa—es para sus colegas, en el mejor de los casos, una suerte de reliquia obsoleta cuando no un despreciable converso de la derecha. Su pecado consiste en que su cine no contiene otro mensaje que el del clasicismo, la naturalidad y la belleza. La vieja escuela. Plano, contraplano, diálogos y peripecias de personajes de humanidad plena que viven, pasan y sueñan.

Ayer, cuarenta años después de aquella noche triunfal en Los Ángeles, recibió un homenaje en la Fundación Telefónica. Simplemente para recordar que su nombre tiene un lugar en la Historia, uno que no han alcanzado ilustres cofrades autores de películas somníferas, cargantes, huecas, pretenciosas, tan celebradas como hitos cruciales de la filmografía española. Sí, fue hace mucho tiempo pero la memoria, ésa que ahora está tan en boga, vuelve de vez en cuando a iluminar sombras, a cuestionar ciertos dogmas con sus evidencias incómodas. Por ejemplo, la de que allá junto al Retiro hay una estantería sobre la que reposa una estatuilla ganadora.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies