Fernando Sánchez Dragó: jaranero, alborotador y grandísimo lector. Federico Jiménez Losantos

Actualizado Martes, 11 abril 2023 – 10:30

Cuando he estado vetado en todas partes, me ha llevado a sus programas, sin presumir de ello

Fernando Sánchez Dragó.
Fernando Sánchez Dragó.EFE

Conocí a Fernando Sánchez Dragó en Encuentros con las letras, un programa de TVE de una calidad hoy inimaginable, en el que brillaban también Trapiello o Jesús Torbado. A mí me entrevistaba Andrés por la revista Diwan que dirigía en Barcelona, y Fernando me saludó tan irremediablemente simpático como siempre. A orillas del verano de 1979 nos volvimos a encontrar. Yo publicaba Lo que queda de España, que presentó Umbral en Madrid, y él Gárgoris y Habidis, que no podía ser más distinto en forma y fondo; pero los dos hablábamos del gran tabú, España, así que nos juntaron en un par de actos, y nos insultaron juntos, que une mucho. Desde entonces, más de cuarenta años, fuimos amigos.

Yo era entonces el niño bonito de El País y Javier Pradera, mi editor de las antologías de Ensayos y discursos de Azaña, conocía a Fernando de la cárcel, en 1956, cuando la caída de los “jaraneros y alborotadores”, título que encantaba a Dragó. Decía Pradera: “Lo malo del Nano es que se cree Sánchez Dragó”. Era el rencor del que habla Trapiello, por el bombazo de Gárgoris. Le llamaban Gárgaras y Bilis. Las que les producía su éxito.

Cuando El País se vendió a Pujol y rompí con ellos, Fernando me llamó para Disidencias, el suplemento cultural de Diario 16. Cuando he estado vetado en todas partes, me ha llevado a sus programas, sin presumir de ello. Era realmente tolerante. En política, había que tomarlo en serio, no al pie de la letra. Su libro sobre Abascal es sobre Dragó. Adoraba a Ernesto Giménez Caballero. Cenar entre los dos era lo más parecido a una mascletá. Inenarrable.

Lo mejor de Fernando han sido sus entrevistas literarias por televisión, minuciosamente preparadas siempre, y los grandes programas de debate, como el celebérrimo en que Arrabal tira la cámara, en alas del chinchón. Tras Encuentros, hizo Biblioteca Nacional, para mí el más brillante de todos, y que, según recuerdo, emitían los sábados a las dos y media. De la tarde, sí. Eran otros tiempos, para la cultura, infinitamente mejores. Tras Negro sobre blanco y Las noches blancas hizo Libros con wassabi en Libertad Digital Televisión, y lo veía a menudo. Siempre entre mujer y mujer, entre contrato y contrato. Llevaba una vida austera pero carísima.

Fernando Sánchez Dragó y su hija Ayanta Barilli, tras quedar finalista del Planeta en 2018.

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Cuando hace años le dio un jamacuco al corazón y le pusieron varios stents, estuve en la clínica, donde conocí a toda la familia junta. Se había llevado libros para firmárselos al cuerpo médico antes de operarlo y asegurarse la mejor atención. Él lo achacaba a los dos porros para dormir que llevaba fumando medio siglo, y el cirujano comparó sus arterias con las tuberías de goma de las bombonas de butano en el balcón: tocas y se rompen. Cuando le dieron el alta, dobló el crecido número de pastillas diarias. Era idólatra de los toros, nos veíamos en Las Ventas, y una vez que fuimos a ver a José Tomás, estuvimos totalmente en desacuerdo. Pero era también sincero devoto de la libertad. Hijo del 68, como Escohotado y Aute, cuando hablaba de sexo buscaba escandalizar y no era agradable. Pero un lector tan extraordinario no podía ser mala persona.

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