“Kichi, apaga el megáfono, pisha”, por Agustín Pery. ABC.

Kichi, apaga el megáfono, pisha

Cádiz se queda sin apenas pasto y lo que le mola y sólo sabe hacer el alcalde es alimentar la ira, que sólo sacia el morral de su odio de clase

Agustín PeryAgustín Pery

Están encendidos, rabiosos, hartos, asustados, indignados, quebrados, son el bidón y sólo faltaba el pirómano con el megáfono dispuesto a utilizarlos, torticero, cobardón y miserable, para prender fuego a todo mientras toca la lira en el Consistorio.

Esa instrumentalización de la miseria del hierro gaditano es lo que produce arcadas de desdén. Saber que al segundo después de la performance pancartera, Kichi vuelve a lo suyo, el sesteo, la verborrea del vendepeines, el paseo por la Alameda rebautizada por mor de su sectaria consigna, el aperitivito, la guasa sin puñetera gracia.

Kichi es el aguacero que sepulta en proclamas de baratija el reclamo del eslabón más débil. Convierte en jauría a quienes pastorea como su rebaño, blandiendo el

 megáfono a modo de cayado, lavándose las manos y reclutando a sanitarios, estudiantes y a quien haga falta para solidarizarse, eso creen, con los compañeros del metal. Cádiz se queda sin apenas pasto y lo que le mola y sólo sabe hacer el alcalde es alimentar la ira, que sólo sacia el morral de su odio de clase. Cómo además de taimado, Kichi es un tipo sin escrúpulos ni vergüenza, nomina una calle de la ciudad milenaria como Proletariado del metal. Como si el ponerles una placa llenara las neveras vacías de alimento y atestadas de inflación de los currelas.

Hay que ser sinvergüenza y cobardón. Porque el arrojo impostado del Kichi se adoba y adorna en la impunidad con la que perpetran sus desmanes los piquetes. Queman contenedores, revientan farolas, levantan barricadas y apalean al camionero sin que nadie detenga a ese cafre, protegido por sus galones en Comisiones. Se crecen en la impunidad permitida por unas leyes tuneadas a su medida para lanzarlos como jenízaros contra la policía, esos esbirros a quienes ordenan ser estatuas de cera, el capazo de las hostias de una ira respaldada por el de la vara. Ahí está Moncloa atenazando a los agentes, mandándoles a parar la protesta con la espada de Damocles sobre sus cascos y viseras. El piquete vandaliza, se recrea en el matonismo porque le han blindado y, lo peor, justificado. Una violencia vicaria que es en realidad la de los de siempre, los poltroneros que arman las piedras y esconden la mano y señalan a quien morder: al capital, a Bruselas, a la Junta, o al Sursum corda, a todos antes que a este Gobierno de Pilatos.

Como Yolanda Díaz, la vice dopada de halagos hiperbólicos, que pide explicaciones por las actuaciones policiales a sus compañeros de Consejo de Ministros, se olvida del ciudadano y sacraliza al matón encapuchado porque para eso está en campaña de si misma y su demagogia bonita.

Arda pues Cádiz mientras el Nerón de la Bahía se jacta de su chirigota desafinada y a mí sólo me brota: «Kichi, apaga el megáfono, pisha».

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