«El éxito de la ecología se explica por el deseo de poder de los ecologistas. También se debe a nuestro consentimiento servil: fingir que se respeta la naturaleza clasificando la basura proporciona una conciencia tranquila formidable al menor precio posible. Toda dictadura requiere un dictador, y los partidos ecologistas están dispuestos a desempeñar este papel»
La izquierda inútil (10/12/2023)
Gracias, presidente Biden (26/11/23)

CARBAJO&ROJO

Delante del edificio donde vivo, en una ciudad de las afueras de París, hay ahora no uno, ni dos, sino tres cubos de basura. Se supone que debo repartir mis residuos diarios entre estos tres contenedores. El primero es para el papel, el segundo para la basura normal y el tercero para los restos de comida. Para complicarme aún más la vida, tengo que tirar los vasos y las botellas al final de la calle, en un contenedor enorme y espantoso. No pude evitar investigar el verdadero propósito de esta clasificación. Para mi gran sorpresa, aunque no total, descubrí que estos residuos, sutilmente separados unos de otros al principio, acababan convergiendo en el mismo camión y luego en la misma planta incineradora. El director de esta planta me confirmó que no era económicamente viable recuperar los residuos para un destino rentable. El reciclaje es un mito para crédulos. La clasificación que me han impuesto las autoridades municipales no es más que un reflejo de la ideología dominante: el ecologismo, la religión pagana de nuestro tiempo para cristianos en desbandada, místicos ociosos y jóvenes en busca de lo absoluto.
No soy hostil a la naturaleza, ni a la pureza del aire, pero preferiría que me dejaran elegir mi estilo de vida. Si vivo en la ciudad, es porque prefiero la ciudad, al precio de su contaminación. Y cuando vuelvo al campo, es porque quiero el campo. No necesito una ciudad en el campo. Es fácil ver por qué la ideología de la ecología me resulta completamente intolerable: en nombre de no sé muy bien qué diosa verde y de la santificación de la Tierra, mi vida cotidiana está regulada por una especie de dictadura blanda que me obliga a hacer el bien o el supuesto bien. En nombre de valores superiores a los de la humanidad. Digan lo que digan, no voy a comulgar con esta nueva moral y no voy a renunciar a situar al hombre por encima de la naturaleza; es lo que enseña la Biblia. Lo más intolerable del ecologismo sin duda son sus pretensiones científicas. En lugar de decirnos francamente, «vamos a controlar tu vida porque estamos ávidos de poder», los ecologistas nos mantienen enjaulados en nombre de una presunta ciencia que dista mucho de estar verificada. Me viene a la mente un precedente: el comunismo. Si ahondamos en sus orígenes, nos encontramos obviamente con Karl Marx, que afirmaba que su obra era científica. Un «socialismo científico» que sustituyó al socialismo de los franceses, al que calificó de «utópico». Todos conocemos el resultado, que nos hace lamentar el gusto francés por la utopía. Pero ¡cuidado, peligro! En cuanto uno cuestiona los supuestos ecológicos, se le tacha de negacionista, a veces incluso de nazi. ¿Cómo se atreve alguien a oponerse a la ciencia? ¿Cómo nos atrevemos a sacrificar a la humanidad futura? En realidad, no soy ni ecologista ni negacionista. No discuto el hecho de que el clima se esté calentando, porque las pruebas son abundantes. Pero no es la primera vez en la historia de nuestro universo. Las razones de este calentamiento global solo se comprenden muy parcialmente. No niego que las emisiones de dióxido de carbono contribuyan al efecto invernadero y, por tanto, al calentamiento global. Pero nos olvidamos deliberadamente de advertir que la contribución del dióxido de carbono al calentamiento global es solo parcial. Hay muchos otros factores implicados en el cambio climático que desconocemos o no podemos controlar. La popularidad de la teoría de que el calentamiento global está causado por el dióxido de carbono con exclusión de todos los demás factores se debe a razones ideológicas y no científicas. Al cuestionar el carbono, estamos atacando el capitalismo, la industrialización, el progreso y la modernidad. Idealizamos la Edad Media, la Prehistoria y al hombre de Neandertal, que, por lo visto, no conocía la guerra ni la violencia. Un montón de patrañas, por supuesto.
En este ambiente verde y pseudoracional, me asombra la renuncia de Occidente al progreso. Ahora es Asia la que cree en él. Los chinos y los indios están convencidos de que el progreso técnico nos permitirá controlar mejor los efectos de los gases de efecto invernadero, o bien, si, como es probable, no logramos controlar el clima, la tecnología nos permitirá proteger nuestras costas, nuestras ciudades y nuestra salud. En cambio, Europa, antaño cuna del progreso, se ha vuelto escéptica, incluso reaccionaria. China, que fue progresista hace mil años antes de caer en un largo sueño, es ahora la más despierta de las naciones. Los chinos debieron de reírse mucho cuando, en la cumbre del clima de Dubai, los europeos predicaban la prohibición del petróleo, el carbón y el gas, pese a que China ya ha iniciado la construcción de cuatrocientas centrales eléctricas de carbón. Cuatrocientas. Cada vez que separo mi basura en la calle, estoy reduciendo la economía nacional, pero también estoy mejorando la de China. Mis actos cotidianos y un tanto ridículos no influyen en el clima, pero me sumergen en el mundo de lo bueno y lo justo.
El éxito de la ecología se explica, como he dicho antes, por el deseo de poder de los ecologistas. Pero también se debe a nuestro consentimiento servil: fingir que se respeta la naturaleza clasificando la basura proporciona una conciencia tranquila formidable al menor precio posible. Toda dictadura requiere un dictador, y los partidos ecologistas están dispuestos a desempeñar este papel. Pero la dictadura implica también la aquiescencia, el menoscabo del espíritu crítico, la renuncia a la aventura prometeica y, en definitiva, el abandono de lo que Occidente fue..