VIII El sanchismo
El gobierno de Rajoy fue un paréntesis en el camino que inauguró Zapatero de ir hacia la liquidación de la Transición, la demonización de la derecha, la erosión de la monarquía y la progresiva disolución de la nación española. Los peores sueños que el propio socialista Rubalcaba preconizó al rechazar el pacto con comunistas y separatistas, se empezaron a cumplir. Sánchez, a pesar de haber prometido que no pactaría con comunistas, golpistas y exterroristas, no tuvo escrúpulos en sumar a todos los enemigos de España, un Frente Popular II, para poder gobernar y presentó una moción de censura contra el gobierno en base a una sentencia de acusación de “corrupción” generalizada del PP por un asunto concreto y menor, de un juez amigo, sentencia luego rectificada por un tribunal superior. A continuación, eliminó las leyes de malversación y sedición al dictado separatista catalán, indultó a los golpistas, ocupó todos los recovecos del estado, amplió las leyes ideológicas y de desamparo de la propiedad.
En esos días un asesor del gobierno municipal de Kichi, al parecer pareja de la que arruinó la empresa Eléctrica de Cádiz, solicitó públicamente que el periódico donde escribía me eliminara de la lista de colaboradores. El caso es que este sujeto, acabó colaborando esporádicamente en ese periódico y yo fuera, aunque no creo que hubiese una relación de causa efecto, pero nunca se sabe.
Sánchez convocó elecciones generales inmediatamente después de recibir un castigo electoral en las elecciones autonómicas y municipales en la espalda de los cargos regionales y municipales de su partido. La jugada le salió bien porque el electorado abstencionista de izquierda que ya lo había castigado en mayo, salió a votar para evitar un gobierno de “la derecha”.
A partir del golpe catalán y del ascenso de Sánchez, empecé a considerar que ya estaba bien, que no bastaba la línea centrista de gestión, ausente de la pelea ideológica del PP dominante. Admiraba a Vidal Quadras de siempre (uno de los mejores analistas políticos actuales en sus escritos de Vozpopuli) y a Esperanza Aguirre: ambos eran dos liberales muy temidos por el separatismo y la izquierda porque se les entendía muy bien sin necesidad de perder las formas. Luego vinieron Ayuso en el gobierno de Madrid y Cayetana, Arrimadas y Espinosa de los Monteros en el Congreso (los tres últimos liberales, curiosamente apartados en sus respectivos partidos de sus cargos).
A mi además me parecía, que aunque Vox sacaba mucho los pies del plato era necesario su presencia como fuerza que metía por fin en la agenda política problemas que eran tabú hasta entonces, como la inmigración ilegal, el fanatismo climático, la memoria trucada e impuesta o las leyes liberticidas contra los hombres. Ahora que compartía con mis amigos más avisados y críticos opiniones en contra del sanchismo, de nuevo tomaba un camino a contra corriente al no demonizar a Vox y ser partidario de la necesidad de la unión de las dos fuerzas liberal-conservadoras para hacer frente y desmontar el plan de Frankestein de liquidar la España de la Transición.
Aunque siempre he deseado que la política sea algo aburrido, no frentista, de gestión, la realidad es que de nuevo en España la izquierda montaraz (hoy una redundancia) y el separatismo se habían unido para tomar el estado, caminar hacia la disolución del país, argentinizar la economía y cambiar de régimen. Un Frente Popular II que perseguía los mismos objetivos que el de la República, aunque de manera más taimada y «legal».
En estos momentos Frankestein II se está reeditando con la ayuda de un nuevo miembro, el prófugo Puigdemont, con la idea de conceder una “amnistía” y una especie de referéndum de “autodeterminación”, es decir, de acabar con la Constitución del 78. La esperpéntica visita de toda una vicepresidenta del gobierno, con sobeo incluido, al prófugo que declaró la republiqueta catalana, recuerda a la surrealista escena de los años 30 en la que enviados monárquicos acuden a la cárcel para recabar el apoyo de republicanos golpistas. Por fin, algunos socialistas de la primera hora de la Transición están reaccionando contra los posibles pactos anticonstitucionales del PSOE, aunque sin llamar a la contestación y sin que esto tenga efecto alguno de momento. Mientras tanto, la derecha sigue dando el espectáculo de su desunión.