Actualizado Viernes, 21 abril 2023 – 22:50
Fascina el candor de ese español entrañable que cree en la superioridad inmutable de la izquierda a través de la historia igual que el crío recién desdentado cree en la llegada del Ratoncito Pérez

Caminaba el sábado con unos amigos por el paseo de La Florida, que es mi barrio, y un desconocido de cierta edad me interpeló:
-¿Cómo puedes ser tan de derechas siendo tan joven?
A esta clase de piropos uno no sabe nunca cómo reaccionar, pese a que sobrevienen con alguna frecuencia, así que me eché a reír, lo cual aumentó su desconcierto. Habría sido interesante entablar un debate con aquel vecino que encarnaba la viva imagen de la desilusión al contemplarme. Pero era la hora de comer y teníamos reserva en el mesón.
La anécdota me dio que pensar. No por su novedad sino justamente por su reincidencia: gajes del oficio. Concluí que lo que desconcertaba a aquel hombre no era el paradójico vínculo entre juventud y conservadurismo, sino que criticara a la izquierda alguien que no cumplía con el estereotipo de avaro golfista con problemas de próstata. ¿Por qué desafiar al cliché? ¿No es la profesión de izquierdismo lo propio de los corazones aún no acechados por la arterioesclerosis?
A uno le fascina el candor de ese español entrañable -ágrafo o leído- que cree en la superioridad inmutable y maciza de la izquierda a través de la historia igual que el crío recién desdentado cree en la llegada del Ratoncito Pérez. Como si la izquierda ilustrada de principios del XIX defendiera lo mismo que la izquierda totalitaria de principios del XX o que la tribu woke de principios del XXI. A menos que izquierda sea un significante vacío, un fetiche esgrimido para que te dejen hacer cine o para prolongar el narcisismo infantil, ningún progresista honesto puede confundir el sanchismo con una militancia coherente en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ninguno.
Dos días después me topé con Jorge Lago en el Dia del barrio, lineal de los yogures. Antes de fundar Podemos, Jorge había sido profesor mío en un taller de literatura y pensamiento: recuerdo que fue el primero en hablarme de Bauman. Charlamos con buen humor sobre las armas y las letras, y al despedirnos se me vino aquel otro vecino a la cabeza. ¿Qué habría pensado viéndonos? ¿Le indignaría la confraternización con el enemigo o le agrietaría algún prejuicio?
No niego que me divierta coleccionar confusiones de tantas buenas gentes -periodistas o civiles- que aparecen, me conocen y un día me confiesan, entre el alivio y el desagravio: «Pues no eres como pensaba». Y uno solo puede reír, parafraseando mentalmente a Alfonso Guerra, imaginando de dónde vendrá el izquierdista ibérico al uso para tomar preventivamente por fascista a un liberal cualquiera.