
18 de abril 2026 – 05:30
LA escena es habitual y está ampliamente documentada. Militantes de Vox colocan sus chiringuitos propagandísticos en un determinado barrio. De repente, aparece algún héroe o heroína del antifascismo, claramente hiperventilado o dopado por algún psicotrópico, y les lía el pitote en nombre de la humanidad. Eso si directamente no inicia una agresión física contra alguno de los miembros del banderín de enganche voxero o contra el tingladillo publicitario. En Sevilla, por poner un ejemplo, lo vimos en San Jerónimo. Normalmente, los agresores suelen decir que aquel es su territorio, su barrio, su charco inmundo, y que allí solo hacen política los que a ellos les da la gana. La mayoría de la prensa –de la que soy orgulloso peón– ve el asunto con displicencia y aprovecha el más mínimo resquicio para jugar a la equidistancia cuando no al claro posicionamiento anti Vox.
Los actos violentos contra Vox u organizaciones supuestamente próximas se multiplican en los últimos años: en los campus universitarios, en las plazas, en las calles… A veces, son espontáneos, otras no. Lo ocurrido en Granada el otro día no es más que la repetición de un esquema. Vox –un partido legal y con un amplísimo apoyo popular– convoca un acto que es respondido con un contra-acto de “antifascistas”. La cosa suele acabar en tangana y con acusaciones a Vox de provocadores. El cinismo es también una forma de violencia. Y todo ocurre dentro de un marco mental que justifica los ataques verbales o incluso físicos contra el partido de Abascal, que lejos de ser vistos como una muestra de matonismo político, son aplaudidos como un servicio a la democracia. Y aquí intervienen políticos, artistas, actores, periodistas, etcétera.
El otro día vimos al diputado de Vox José María Sánchez perder los papeles en el Congreso de los Diputados, unas imágenes muy poco edificantes de las que seguro su protagonista ya estará arrepentido. El jurista no es una persona violenta, pero cayó en una trampa que los futbolistas veteranos conocen muy bien. Consiste en aplicar una violencia verbal extrema por lo bajini para sacar al adversario de quicio. Basta con susurrarle barbaridades. Es lo que hizo un diputado de ERC con José María Sánchez. Este entró al trapo y la montó. Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que ejercía provisionalmente de presidente de la cámara, aprovechó para aparecer ante la plurinación española como un héroe y expulsar al voxero levantando la mano como una espada flamígera. “No sabía por dónde me iba a venir el golpe”, dijo después a los plumillas el socialista, posando de Agustina de Aragón. Ya lo decíamos, el cinismo.