
21/03/2026 a las 19:05h.
Notas que tu mujer se hace mayor por la insólita capacidad que desarrolla para hablar horas y horas de asuntos que no pueden interesarte menos. Hay veces que, sinceramente, ya no sé de qué va la conversación. Desconecté. Me fundí. Me agrada oír su voz, quiero mucho a mi señora, pero mi capacidad intelectual es limitada y entonces sonrío y contesto por inercia; o cambio de tema si aún me queda alguna fuerza. Es impresionante cómo, a partir de los 50, lo que carece de importancia ocupa los titulares de la conversación de las esposas; y lo que es trascendente, lo que es crucial, queda sepultado por la infinita verborrea, y si insistes en querer hablar de ello, te dicen que la interrumpes, que no las valoras, y que siempre has sido un arrogante y un imbécil.
Es devastador lo que llega a hablar una mujer a partir de la cincuentena. No sé cómo no se marean dando tantas vueltas sobre un mismo tema, que además comprendimos con la primera frase. Su palabrería no va a ninguna parte, pero si fuera, no habría nadie esperando porque por tan largo camino habríamos quedado desmontados, deshechos, calcinados.
Los hombres somos más rudos, más primarios, nos emocionan cosas sencillas, reímos, bebemos, la euforia llega por el simple hecho de estar juntos, y aunque por supuesto somos también muy parodiables, lo que hacemos siempre está inspirado por el inequívoco propósito de estar contentos. En cambio, cuando escucho las conversaciones de las amigas de mi mujer, siempre van sobre hijos, asistentas que después de tantos años deciden dejar la casa y marcharse a su país; y sobre todo desgracias, accidentes, y el tema preferido de las enfermedades, cuanto más truculentas, mejor, y con todos los detalles.
También mi madre habla para no callar, como si hablando, aunque sea para decir nada, conjurara un hechizo que espantara a la muerte. ¡Habla hasta de fútbol!, y no hay nada más deprimente que estar escribiendo la crónica de un partido para ABC, y que tu madre te mande mensajes diciendo que está muy nerviosa, discutiendo un fuera de juego o maliciando que al Madrid, como siempre, le han vuelto a ayudar los árbitros. A veces mi mujer, a la mañana siguiente, cuando llevamos a la niña al colegio, me pregunta quién marcó los goles del Barça. Ya basta, por el amor de Dios, ya basta.
Hace dos meses le pedí a la ‘minyona’ que me cosiera a un palo un pañuelo de lino irlandés de Bel para tener a mano una bandera blanca y poder agitarla en los momentos de desespero. Dicen que nuestro país está tenso, dividido, polarizado, pero los hombres de toda España, independentistas, de Vox, del PP, socialistas o podemitas somos esta mañana de marzo un solo hombre leyendo este artículo, y sólo nosotros sabemos lo que hemos tenido que sufrir para poder llegar hasta aquí.