Lecciones de un patán. «Bad Bunny no es un cantante, es un negocio. Un negocio basado en insultar a Trump y en reivindicar el indigenismo selvático.» Salvador Sostres

En Madrid gusta lo nuevo

Salvador Sostres

Salvador Sostres

11/02/2026 a las 19:46h.58

La izquierda en general y sobre todo ‘El País’ llevan días diciendo que Bad Bunny «es América» o «la mayor bofetada en público que le han dado a Trump». Vamos muy bien si esto es todo lo que han encontrado.

Que se hayan tenido que conformar con un patán del reguetón –es lo que es, por muchos estadios que llene– significa que han sido incapaces de articular una oposición racional, intelectual, política al presidente Trump, que ha cambiado el juego desde su regreso a la presidencia, un juego que América y Occidente estábamos perdiendo. Ha cambiado el aire, el presidente. Ha cambiado el paradigma y nos ha devuelto al liderazgo. El mundo ya no es lo que digan China o Putin, ni mucho menos el payaso de Zelenski. El mundo es lo que dice Trump. Eso sí, a su modo siempre muy particular y sin duda rompedor de los viejos protocolos.

Pero sería engañarse creer que lo que de verdad preocupa a la izquierda son las maneras del líder del mundo libre. Lo que a la izquierda le preocupa es que el mundo sea libre. Lo que a la izquierda le preocupa es que el Occidente civilizado haya recuperado el protagonismo en la escena mundial y hayan retrocedido tiranías socialistas como China, Cuba, Venezuela e Irán. Esto es lo que está en el corazón triste y llorón de los que hacen ver que se oponen a Trump por motivos humanitarios. La izquierda nunca ha tenido motivos humanitarios. La izquierda tiene motivos sectarios y lo único que quiere es imponer su marco mental, y le da igual el precio, aunque sea sangriento.

Hay que decir también que la opinión de directores de cine, de actrices, de cantantes y otros faranduleros no puede importarnos menos. ¿Qué saben Bruce Springsteen o Bad Bunny sobre geopolítica mundial? Pero me gusta que digan lo que quieran. Primero, porque creo en la libertad de expresión de cualquiera, y luego porque, entre lo tontos que son y lo mucho que les jalean, resulta muy reconfortante darse cuenta y comprobar lo acertados que estamos en nuestras posiciones. Pero con todo, y aunque es un clásico que los cantantes comprometidos protesten contra el sistema, tal vez serían más creíbles –lo digo por su bien– si no se hicieran tan multimillonarios a costa del sistema que critican. De todos modos, no me malinterpreten: a mí me encantan las victorias del sistema, incluso las que son tan cínicas como ésta.

Bad Bunny no es un cantante, es un negocio. Un negocio basado en insultar a Trump y en reivindicar el indigenismo selvático desde el tam-tam tan bajo y lamentable del reguetón y el trap, que tendría por cierto que horrorizar a la izquierda, dado su contenido altamente machista. Pero una vez más da igual, porque la izquierda tampoco es una ideología, sino otro negocio, en este caso basado en la complicidad con las más abyectas tiranías y en que no seamos libres.

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