Hay algo más triste que la maldad, el fanatismo o la ignorancia: hacer el ridículo


Actualizado Sábado, 4 octubre 2025 – 00:03
Cómo pasa el tiempo. Los han ido dejando para el final y a ver cómo y dónde calzan de aquí hasta San Silvestre los cien actos antifranquistas que prometió PSánchez para conmemorar «España en libertad. 50 años», recordando la muerte del Caudillo que tanto les gusta, al que tanto deben y del que tanto esperaban.
Habrá semanas en las que tendrán que montar nueve o diez performances, si no quieren dejar por mentiroso al presidente del Gobierno.
Franco ya no es lo que era hace tan solo un año. Tampoco lo necesitan: Caudillo no hay más que uno, el de ahora, y donde esté una Gaza, que se quiten cien guerras civiles y mil franquismos. Pobre señora Gustrán, la historiadora a la que pusieron al frente del comité de festejos: ¿correrá a devolver los casi 80.000 euros que le asignaron de sueldo como directora del circo? Seguro que sí.
Franco ha muerto, viva Gaza. De modo que comprende uno muy bien que a los que se embarcaron en esa flotilla rumbo a Gaza les resulten más útiles los muertos de ahora que los de entonces para dar cauce a su sed de ilusiones infinitas. O bella ciao, tocaba al violín uno de a bordo, transmitido en streaming; sonó a «Montañas nevadas, banderas al aire», la que se veía tremolando en otro de los veleros, una estelada, tan indicada para las guerras como el jengibre para los cólicos.
Nadie, con un mínimo de progresismo, podrá decir que los activistas de esa flotilla guardaran ningún parecido con aquellos antifascistas que corrieron a alistarse en las Brigadas Internacionales. Precursores del turismo del ideal, «un lujo emotivo para un puñado de diletantes sin cabeza», en palabras de Ezra Pound. George Orwell no fue tan piadoso y los llamó «mariquitas elegantes», pensando sin duda en Auden y Stephen Spender, que, según confesión propia, se había pasado la mayor parte del tiempo que permaneció en Barcelona intentando la liberación de un novio encarcelado por desertor. Y por supuesto, sólo quien forme parte de la fachosfera se atrevería a transferir la opinión que le merecían a Chaves Nogales las susodichas Brigadas («la escoria de Europa, un hatajo de aventureros y criminales») a los integrantes de esa flotilla. Habrá sido esta, quizá, la primera expedición de la Historia cuyos tripulantes acometieron su peligrosa misión cargados de cremas de protección solar y seriales de Netflix para hacer corta la travesía, pero nadie les puede acusar de criminales. Ahora, de simpatizantes de criminales, quizá un poco. Los dos de Eta que iban con ellos, seguro.
Desde el río hasta el mar. Y bien lo defendió la más aguerrida, la más bronceada de ellos: los milicianos de Hamas no habían violado ni degollado a nadie el 7 de octubre; «todo es», resumió, «propaganda sionista». Si alguien es libre de creerse mujer o varón, ¿no va a serlo para decidir lo que ocurrió el 7 de octubre? El Gobierno israelí los tildó de «tontos útiles». Muy generoso. Ninguna acción ha resultado tan inútil, excepto para su narcisismo.
Le intrigan a uno estos activistas. Uno de los organizadores explicó, minutos antes de embarcarse, las razones de la cruzada: «Pensamos que había que hacer algo». ¿Qué algo? Algo.
¿En qué trabajan? ¿Serán rentistas? ¿Pagan hipotecas, llegan a fin de mes? ¿Quién llevará a sus hijos al colegio? Es posible que no tengan hijos, por no traer más hijos a un mundo capitalista y podrido como este (al contrario que los gazatíes, prolíficos incluso en medio de las masacres y las hambrunas). ¿Les habrán cobrado el pasaje o les habrá salido gratis? En tal caso, ¿quién lo ha pagado?
¿Quién correrá con los gastos de su repatriación? ¿El Estado? ¿Y por qué? Muchos españoles querrían la parte alícuota de ese dinero, a la que tienen derecho. ¿Se la darán? Acaso, pero antes habrán de repetir, con Moreno Bonilla: ge-no-ci-dio.
También el Estado habrá gastado lo suyo en mandar un patrullero para escoltarlos. ¿Por cuánto habrá salido la charlotada? ¿Y para qué han mandado ese barco de guerra si sabían que en caso de conflicto con la Armada israelí no intervendría? No es serio tampoco que sabiéndolo escogieran un barco que se llama Furor. ¿Y por qué los activistas persistirían en su expedición, conscientes de que Israel jamás les permitiría culminarla? Felices ellos: después de haber hecho algo, tendrán algo que contar untándose la gauche con el caviar del «pour se faire plaisir», que traducido libremente sería algo así como «para decorarse», y literalmente, «para condecorarse». En materia decorativa, qué duda cabe, nada tan apropiado como unos buenos y bronceados ideales. Ayer mismo contó la escritora catalana Najat el Hachmi cómo pidió hace años a la entonces alcaldesa Ada Colau, felizmente desembarcada anteayer en Israel, «que se implicara en la defensa de los derechos y libertades de niñas y mujeres barcelonesas que, por moras o paquistaníes, viven sometidas por el patriarcado islámico». «Por respuesta no obtuve más que un silencio, no sé si indiferente o cómplice».
Que Sumar se adelantara a Hamas y a la mayor parte de los países, incluidos los árabes, rechazando la tregua acordada por Trump y Netanyahu que aceptaron todos ellos, fue solo la confirmación de que hay algo más triste que la maldad, el fanatismo o la ignorancia: hacer el ridículo. E Israel se equivocará si los deporta. Cuánto mejor soltarlos en la Franja. Estarán deseando compartir con los gazatíes, ya que no el caviar, las cremas de protección solar, ser útiles al fin.