Antes que nada pido perdón por el uso de la primera persona, pero hacer una semblanza de la obra de Vargas Llosa no tendría sentido porque la encontrarán en cualquier texto de estos días.
El primer contacto que recuerdo con la obra de Vargas fue a través de la lectura de un ensayo suyo, que curiosamente estudiaba el «realismo mágico» en otro gran escritor del llamado Boom latinoamericano, entonces su amigo, Gabriel García Márquez. El libro, que se titula “Historia de un deicidio», me inició en el conocimiento de la estructura y la técnica narrativa de la novela, y me gustó mucho más que la propia “100 años de soledad”, a la que como dice mi admirado Ussía, le sobraron quizás 75 años. Con 25 años de soledad habría sido suficiente. Tengo en mi mente la imagen de la portada de aquel libro que me prestó a principios de los 70 un querido amigo madrileño, que fue un referente intelectual y moral para mí.
En los años 90, los liberales que escribían en El País (sí, sí, no me he vuelto loco, escribían varios) -el periódico de referencia por no decir, el único que leíamos- me abrieron los ojos y me sacaron para siempre de la izquierda política e intelectual. Recuerdo con agradecimieto entre otros a Rodríguez Braun, Pedro Schwartz y especialmente a Mario Vargas Llosa. A partir de aquel momento, y durante más de 30 años, cada dos semanas, esperaba ansioso el regalo maravilloso del artículo dominical del único superviviente de aquella hornada, mi querido y admirado Vargas. Algo parecido, a pesar de no coincidir con sus ideas, me pasaba también con Javier Marías hasta su inesperada muerte, que también sentí mucho…
Hoy, al menos me queda el gran consuelo de poder leer cada domingo a Alejo Vidal-Quadras, también un gran liberal, y a mi juicio, el articulista de mayor talla política de España, y por razones más frívolas, aunque no por ello menos interesantes, a otro peruano, el también liberal Jaime Bayly, ya desde luego en otros periódicos diferentes del mencionado El País, diario al que aunque sigo suscrito on line debido a una oferta que no pude rechazar (1 euro al mes), leo poco , y desde que echaron a Savater, menos.
A principios de los 2000 traje a un puñado de notables intelectuales liberal-conservadores al Ateneo gaditano, entre los que estaban Pedro Schwartz, Rodríguez Braun, César Vidal, el gaditano José Pedro Pérez Llorca…y estuve a punto de que viniese Esperanza Aguirre, que a través de la intermediación de su amigo Schwartz había dado ya su consentimiento, pero un político local, pretendidamente liberal, cuando se enteró de que aquello no iba a ser controlado por la institución administrativa que él representaba, intervino, y se abortó el proyecto.
El éxito de estos ciclos me hizo venirme arriba y me propuse apuntar alto, precisamente a Mario Vargas Llosa. Me enteré de que venía a la Casa del Libro, a Sevilla, a una firma de su libro, y allí me presenté. Fue la única vez que hablé con el maestro de maestros. A pesar de que la cola para la firma era grande me escuchó con atención y me habló sin prisas. Le expuse del interés del Ateneo para que viniese a Cádiz en fecha tan señalada para el liberalismo internacional como la del 19 de marzo, día de la proclamación de la Constitución de 1812. Se refirió con cariño a Cádiz y a lo que significaba para la libertad y me dio una tarjeta suya personal, no la de su agente, con sus teléfonos de Madrid y Londres (no recuerdo si también de Nueva York). Aquello no se concretó finalmente por circunstancias de logística que no recuerdo, pero yo quedé impresionado por la cordialidad y la sencillez con la que me habló aquel gigante de la literatura, de la ética política y del liberalismo.
Por último, debo reseñar un hecho reciente que produjo aún más si cabe mi agradecimiento hacia su persona: Mario Vargas LLosa, siendo peruano, fue de los pocos intelectuales que no se pusieron de perfil cuando sucedió el golpe de los separatistas catalanes en 2017. Él, al contrario que otros supuestos intelectuales españoles, sobre todo progres, dio la cara liderando la extraordinaria manifestación antigolpista de Barcelona, entre otras.
Hago extensivo mi cariño y admiración literaria y política a otros peruanos notables, como Fernando Iwasaki, residente en Sevilla, quien recientemente dio una conferencia sobre el habla gaditana y peruana (¿alguien tiene el texto de esa, por lo que me contaron, desternillante charla?) y como el mencionado Jaime Bayly, ambos también comprometidos con la causa de la libertad en España. Citaré por último a otro peruano de talla, Bryce Echenique, en este caso por su obra «El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz».