Si entramos en una nueva era, puede que se parezca a la que sumió a Europa durante nueve siglos en un medievo gélido, feroz, oscuro


Actualizado Sábado, 22 febrero 2025 – 00:15
Cinco o seis años antes de su muerte Karen Blixen se entrevistó con un tal Eugene Walter. Se encontraba en Roma, una ciudad en la que había sido feliz de joven. Estaba en los huesos, consumida por las enfermedades, una pavesa. Pese a ello no era persona crepuscular ni autocompasiva. Como nuestro Gracián, era de las que creía que «la queja trae descrédito». Puede pensarse que sus desventuras físicas la habían vuelto nostálgica. Pero no. Seguía animosa y divertida.
«Los jóvenes de hoy no están familiarizados con los elementos ni en contacto con la naturaleza», le dijo a ese Walter; «todo es mecánico y se encuentra urbanizado: los niños crecen sin saber lo que son en verdad el fuego, el agua viva o la tierra. Los jóvenes desean romper con el pasado: lo detestan y no quieren siquiera oír hablar de él. El pasado más reciente no es sino una interminable sucesión de guerras que, a su modo de ver, carece por completo de interés. Es posible que nos encontremos ante el fin de algo, de una forma de civilización».
La impresión de acabamiento y desamparo no ha hecho más que crecer desde 1956, año de esa entrevista, y la sensación de la escritora danesa la compartimos hoy gentes de toda índole, acaso con mayor razón. Las épocas, las naciones, las civilizaciones se fatigan y menoscaban como los cuerpos. Son al fin y al cabo organismos vivos.
Como es sabido, el hito que indica el paso de la Edad Media a la Edad Moderna es el año del descubrimiento de América, y el de la Revolución francesa, el de la entrada en la Edad Contemporánea. Falta aún por saber qué nombre se le dará a la nueva era (que obligaría a darle otro a la Edad Contemporánea, una vez que ha dejado de ser contemporánea), y ya hay varias propuestas. En su día, cuando el ataque a las Torres Gemelas, algunos dijeron: entramos en una nueva época. Aquella conmoción, tan espectacular como puntual, obligó no obstante a buscar otros acontecimientos de impronta más honda en un mayor número de personas, y señalaron internet o la Inteligencia Artificial. Un renacer, otro renacimiento, han dicho.
Y sin embargo puede que la nueva era no sea sino la involución a una muy vieja, como si la Historia fuese cíclica, en efecto, tal y como la concibió Spengler, esa loca espiral que gradúa el estrato pero no la orientación.
¿Qué podremos decir? Cada día que pasa la incredulidad va en aumento. Nada de la barbarie actual estaba prevista (como tampoco la irrupción en nuestra vida de los teléfonos inteligentes). El mundo asiste con la respiración contenida al galope tendido de Donald Trump y de Vladimir Putin, desbocados por la codicia y el pillaje, Atila y Taras Bulba juntos.
Trump, que ha accedido a la Casa Blanca agitando la bandera de la libertad, apenas un mes después de entrar en el despacho oval quiere arrebatársela a los ucranianos. De palabra, ya la ha pisoteado. Acaba de decírselo a los 50.000 ucranianos que han dado su vida por defenderla, y lo ha hecho con los modales de un matón del hampa, echando mano de un hecho alternativo: «Os está bien empleado por haber empezado esta estúpida guerra. Podríais haberla detenido regalándole a mi amigo Vladimir unos cuantos acres del territorio. Os habríais evitado tantos asesinatos y todas esas ciudades destruidas».
Al tiempo que sigue movilizando a su electorado con su «Europa nos roba» (convencido de que el Estado del bienestar que disfruta Europa pero no su país es sólo posible por todo lo que Europa no se gasta en la defensa que Estados Unidos ha puesto siempre a disposición de los europeos), pretende resarcirse de los 65.000 millones de dólares que Estados Unidos han «prestado» a Ucrania para esta guerra, cobrándoselo en tierras raras y otras industrias que reportarán a los americanos más de 500.000 millones de dólares (de los cuales irán a parar a los bolsillos de los contribuyentes norteamericanos… ¿Acaso uno por cada cien de los que se embolsarán Trump y su banda?).
Pero si Trump detesta de Europa todo cuanto más puede detestar el alma enferma de un nuevo rico como él (los 3.000 años que van de Homero a Proust, de Atenas a París, de Montesquieu a Churchill, con sus lentas decantaciones), Putin aún la odia más por temer que el pueblo ruso, secularmente esclavizado, emule a Europa y deje un día de temer ser libre, por primera vez al fin en toda su historia.
¿Y Europa? Suspiros y aspavientos aparte en torno a Macron, ¿sobrevivirá tal como la hemos conocido estos últimos 80 años?
En la política internacional a poco que se descuide uno, acaba acampanando la voz, de modo que no queda otra que ceñirse a lo doméstico. Preguntar a las tres fuerzas nacionales que dicen apoyar a Ucrania cómo piensan contribuir a su independencia y libertad. Sánchez ya lo ha dicho: con tal de no tocar ni un céntimo de los que se reparte con los comunistas (partidarios por supuesto de Putin), que paguen otros. ¿Y Feijóo? ¿Y Abascal, el de «tanto monta Trump, como monta Putin»? ¿Con dinero, con armamento, con hombres? Qué va. Lo harán de corazón, quiero decir sin decir cómo, como hasta ahora.
Si entramos en una nueva era, puede que se parezca a la que sumió a Europa durante nueve siglos en un medievo gélido, feroz, oscuro. Los jóvenes no se sacudirán el pasado, como decía Isak Dinesen; será de nuevo su pesadilla y el final de esta guerra, el comienzo de otras aún más amargas y devastadoras.