Ayuso cultiva su huerto. Arcadi Espada

Ayuso cultiva su huerto
SEQUEIROS

Arcadi Espada

Actualizado Sábado, 22 junio 2024 – 22:47

(Política interior) Isabel Díaz Ayuso tiene un modelo en la italiana Giorgia Meloni. Aunque su ruta es inversa. Meloni, nacida en la extrema derecha, se ha desplazado hasta el centro en busca de la hegemonía. Ayuso, nacida en el centro, viaja hacia la extrema derecha para lo mismo. Por decirlo de algún modo, no trata de acercarse a Milei, tarugo y tarot, sino de capturarlo. Ayuso es, en sí, la inevitable coalición con la que el Partido Popular puede llegar al Gobierno. Ella quiere ser al tiempo Feijóo y Milei: Meloni otra vez. Los socialistas se escandalizan porque premia a un hombre que ha insultado y sigue haciéndolo al presidente del Gobierno español. Pero es que Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ya le llamó hijo de puta. Y no lo hizo, entiéndase bien, cuando lo masculló para sus adentros, mientras el presidente, a su modo torticero, iba aludiendo a los negocios de su familia. Lo llamó así cuando popularizó Me gusta la fruta, lo hizo estampar en camisetas y se llevó al huerto al propio Feijóo, obsequiándole en un mitin con una cesta exuberante.

El Pp tiene dificultades para salirse del marco que diseña su rival en el Gobierno. No hacen falta grandes teorizaciones: basta observar cómo cae en la trampa de replicar, haciéndolos suyos, los sintagmas estrella de los socialistas. Así ultras o así la máquina del fango por referirme a dos de los últimos: cada vez que un miembro del Pp los pronuncia, el efecto expansivo se multiplica, al modo en que un artefacto semántico se hace viral cuando traspasa las amuralladas fronteras ideológicas de las redes. Ayuso es la excepción de esta práctica subordinada. Sus frutales, desde luego. O su Que te vote Txapote. Ayuso tiene agenda propia. Y sintagmas.

Su presunta interceptación de la política exterior del Gobierno suena a broma tratándose de este Gobierno y de la evidencia de que la política exterior se está convirtiendo en un anacronismo. Lo que Ayuso intercepta, en realidad, es la política interior. Del Pp, naturalmente. Este partido atrapalotodo que va desde Milei a la negociación del Consejo General del Poder Judicial.

O atrapa la nada.

(Beneficio) La distinción punitiva que establece la Ley de Amnistía entre robar para el beneficio personal o hacerlo para el beneficio político goza de popularidad. De un modo puramente intuitivo se admite que ponerse el dinero público en el bolsillo y comprarse un piso es más grave que ponerlo en el bolsillo del partido y financiar objetivos políticos, como el de ganar unas elecciones u organizar un referéndum de independencia. El propio y necio legislador español de la Ley de Amnistía distingue claramente en el preámbulo, al abordar los delitos de malversación, «entre las acciones que pueden ser amnistiadas y los actos de corrupción, a los que no es aplicable tal medida». Esta coma que separa la oración principal de la subordinada ni siquiera puede atribuirse benévolamente a la ignorancia sintáctica del legislador. Si el legislador considera que la malversación no es corrupción —así lo prueba la coma— es porque de otra forma exhibiría que está amnistiando la corrupción. Un vistazo a los significados canónicos de malversación y corrupción frustra radicalmente sus aspiraciones: malversar es en la versión algo jorobada del diccionario académico «apropiarse o destinar los caudales públicos a un uso ajeno a su función». Y el significado de corrupción, por lo que aquí interesa, es este: «En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores». El malversador siempre es un corrupto, retuerza como retuerza la lengua y la moral el necio legislador.

Los delincuentes nacionalistas que organizaron el Proceso destinaron una innoble cantidad de dinero público a un fin ilegítimo e ilegal. Mucho menos dañino habría sido que se compraran un piso. El dinero que sirve para financiar ilegalmente una actividad ilegal tiene un poder metastásico incomparable. Pero incluso cuando sirve a un fin legal su perjuicio es mayor que el que se deriva de un simple desvío al bolsillo privado. Así, la financiación ilegal de los partidos políticos puede introducir una desigualdad en la captación del voto de trascendencia inobjetable, por mucho que la opinión pública sea más sensible al piso, al yate, las putas o cualquier otro cromo de las corrupciones en beneficio privado.

La única posibilidad que el necio legislador habría tenido de que la malversación de los delincuentes nacionalistas pudiera ser aislada del beneficio propio afecta a la legitimidad del fin propuesto, que es la base de cualquier amnistía real y no meramente camuflada. De nuevo el ejemplo es el español de 1977. ¿Puede imaginarse que el legislador de entonces, el que incluso había amnistiado asesinos, no amnistiara al que hubiera desviado dinero público de la dictadura para el advenimiento de la democracia? No, no puede imaginarse. También respecto a la malversación, vuelve a reproducirse la contradicción insalvable de la Ley de Amnistía y a desvelarse su purulento carácter instrumental. Todos los delitos cometidos por los nacionalistas lo fueron persiguiendo un objetivo que hoy, promulgada la Ley, sigue siendo ilegal. Se puede indultar a un delincuente, con independencia de que la finalidad de su delito continúe siendo ilegal. Pero solo se puede borrar realmente el delito cuando su finalidad ya es indiscutiblemente legal. Se ve muy bien al trasluz. La amnistía de 1977 establece que ningún demócrata cometió un delito luchando, de la manera que fuera, por la democracia. Así, la amnistía borró el delito y la posibilidad futura de delinquir. Por el contrario, la autodeterminación de Cataluña sigue siendo ilegal. Y malversar para ella fue hasta tal punto ilegal e ilegítimo en 2017 ¡que hoy sigue siendo ilegal e ilegítimo!

Ignoro qué decidirá el Supremo —instructor y Sala— sobre la aplicación de la Ley al delito de malversación. Pero la flaqueza moral del necio legislador es evidente: al mantener la ilegalidad del objetivo político el beneficio de la malversación no puede ser colectivo, sino fieramente personal e intransferible.

(Ni asesinato ni muerte) Una entrevista a Manuel Toscano en el periódico, a partir de su libro Contra Babel. El diálogo maneja esa construcción propagandística llamada La muerte de las lenguas. Sensatamente, el filósofo argumenta que las lenguas no son seres vivos y que por lo tanto solo pueden morir metafóricamente. Pero es que ni siquiera en la metáfora. Las lenguas son una muestra perfecta del principio de conservación de la materia: «En la naturaleza nada se crea, nada se pierde, todo se transforma» (Lavoisier). Los conceptos no desaparecen con las lenguas. Mucho antes de la muerte de ese último hablante imaginario (imaginario porque ese último hablante se quedaría mudo y no hay noticia antropológica de semejante estúpida mudez) los conceptos ya se instalaron cómodamente en las otras lenguas con la que la lengua disuelta mantenía contacto. Pero no solo los conceptos: palabras, acentos y construcciones gramaticales se instalan asimismo en otras lenguas, en un proceso permanente de fusión y asimilación. Dicen muerte de las lenguas cuando lo que querrían decir es asesinato, a manos de los genocidas habituales.

Una ojeada básica a la historia del mundo demuestra que, habiendo un número cada vez mayor de hombres, hay cada vez un número menor de lenguas. Y esta paulatina e inexorable transformación en una lengua común (el inglés hecho de miles de nutrientes lingüísticos) es el auténtico patrimonio humano que la Unesco debería celebrar.

(Ganado el 22 de junio a las 13:41, venerando a San Juan, laico patrón de los optimistas, porque esta es la noche menos noche del año, corta, encendida y rumorosa, y en la calle enfarolada el piberío viene y va)

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