La supervivencia política del sanchismo exige la propagación de la esquizofrenia: la insania general como premisa de poder


Actualizado Lunes, 17 junio 2024 – 19:33
El muro que ha levantado Pedro no es una estructura física sino psíquica, y no divide a los españoles entre progresistas y reaccionarios sino que separa la ficción propagandística de la cruda realidad. A medio camino entre la democracia y la dictadura se alza la patocracia, que requiere la normalización de la enfermedad social a imagen de la enfermedad moral del presidente. Una personalidad como la de Pedro no puede presidir mucho tiempo una nación cognitivamente sana, que reconozca la soberanía de los hechos y la vigencia del principio de no contradicción, que conserve instituciones vigorosas y neutrales, que se informe a través de medios apegados a su función de contrapoder. Por eso la supervivencia política del sanchismo exige la propagación de la esquizofrenia: la insania general es la premisa de su poder.
Pedro predica una polarización asimétrica donde los insultos parten únicamente de la oposición; la realidad es que Óscar Puente vierte «sacos de mierda» con el aval fachosférico de la retórica oficial. Pedro presume de concordia en Cataluña; la realidad es que el separatismo reedita la desobediencia y se dispone al reagrupamiento mientras acapara nuevos privilegios legislativos, judiciales y económicos. Pedro afirma que la economía va como un cohete; la realidad es que la inflación no afloja, la vivienda se dispara, el empleo creado es precario, la presión fiscal asfixia a las clases medias y Eurostat nos señala por primera vez como el país con mayor riesgo de pobreza de la zona euro. Pedro se presenta como asediado retén de la socialdemocracia europea; los resultados electorales certifican una escora radical que ha vaciado de contenido (y de votos) a los socios ubicados a la izquierda del PSOE. Pedro justificó la moción de censura por su voluntad de regeneración democrática; la realidad es que su mujer y su hermano están investigados por corrupción, y su fiscal general está a punto de imputación seguido del secretario de organización que lo aupó a La Moncloa. Pedro quiere librar una cruzada contra la desinformación; la realidad es que solo Trump rivaliza con él en bulimia (difusión incontrolada de bulos). Pedro se proyecta como líder de talla mundial; la realidad es que se ha quedado solo en la instrumentalización política del conflicto palestino y que no tiene reparos en escalar duraderos conflictos diplomáticos en pos de réditos domésticos cortoplacistas. Pedro, en suma, es un autócrata que pugna por sacudirse el corsé democrático que impone la pertenencia a la Unión.
La cordura en España ya es un acto revolucionario.