La obsesión con el eclipse y que todo el mundo hable de este asunto menor, sin importancia, es de una sociedad idiotizada. Basta que os enseñemos cualquier piruleta para que dejéis lo que estabais haciendo y vayáis a por ella.
Vuestras vidas están tan vacías que los charlatanes pueden llenarlas con cualquier cosa. Sois unos holgazanes sin esperanza, y así desfiláis como ratoncitos tras el flautista del eclipse diciendo no más que tonterías sobre lo que a lo sumo serán unos minutos de oscuridad anticipada.
¿Cómo no vais a creer en el cambio climático, en el indigenismo, en los derechos adquiridos y hasta en el Estado palestino si ante una bobada como ésta os ponéis las plumas para bailar como brujos enloquecidos invocando la lluvia?
El Gobierno ha repartido hasta gafas especiales para ver el fenómeno y habéis corrido a haceros con ellas: ¿no habéis notado la burla? ¿No os ofende el insulto? Y luego lo de los médicos de urgencia distribuidos por todo el país, porque os consideran tan incapaces, tan infantiles, que creen que os pondréis a mirar el cielo sin pensar en que podría tener consecuencias para vuestras retinas.
A esto es a lo que habéis llegado: a que ya no se pueda confiar en vosotros porque habéis renunciado a vuestra dignidad ciudadana, a vuestros deberes, a vuestro sentido de misión, a vuestra fe estructurada, exigente, trascendente y que obliga a vivir al servicio de los demás. Ahora sois esta deprimente falta de talento y de voluntad. Masa amorfa, deprimente turba que va a las rebajas o se pone gafas de cartón porque no tiene nada real por lo que vivir y desangrarse, por lo que luchar y morir.
Sois una banda de cretinos, la banda de los desesperados y ni os dais cuenta del ridículo que estáis haciendo. Os quejáis de todo y ofrecéis este tristísimo espectáculo. Sois la vergüenza de tantos siglos de evolución, la muerte en vano de tantos que intentaron que nuestra libertad significara algo. Proclamáis el fin del mundo cada cinco minutos, y por cualquier estupidez, cuando vosotros sois la mayor destrucción que ha conocido el propósito humano. Nadie había defraudado tanto a Dios como vosotros con vuestra desidia y vuestra ignorancia y lo fácil que es compraros. Monocitos del Señor, sois, más baratos que la ropa usada.
Cada vez se necesita menos sonajero, y menos elaborado, para que dejéis de pensar y hagáis lo que os manden. Y lo realmente preocupante ni siquiera es que os hayáis degradado tanto sino que, puestos en fila, tan fanáticos, tan desvinculados, sois el exacto ejército que necesita un líder totalitario para marchar sobre cristales rotos y devolvernos de golpe al atraso de los enemigos imaginarios y las soluciones fáciles.