Esto del estado del bienestar huele mal en cualquier circunstancia. Pero si uno se lo cree, lo extraño es que el debate no haya llegado antes.
25/4/2026 –

Más allá del detalle, de si lo aprobado en Extremadura es «prioridad nacional» o «prioridad regional», de cómo medir el «arraigo», de los requisitos y la letra pequeña del acuerdo; de si tienen que ser 5-10-15 años de residencia, de si se puede llevar a otros ámbitos… es evidente que Vox ha logrado su objetivo. Ampliar el campo de debate. Que algo sobre lo que nadie hablaba ahora sea el tema de la semana, del mes, del año. Eso no es ampliar o mover la ventana de Overton, es hacer un boquete en la pared.
No hay más que ver lo nerviosos que se han puesto todos los demás. Intuyo que, en buena parte porque saben que electoralmente esto va a ser un filón.
Pero no sólo por eso. Después de muchos años en los que la lucha argumental en la política europea giraba en términos más o menos clásicos –impuestos, redistribución, servicios públicos, más crecimiento o más igualdad…–, lo que ahora tenemos es un enfrentamiento en el centro de gravedad del izquierdismo. Porque lo que pide Vox –y casi todos los demás partidos de eso que se llama «derecha populista», «nueva derecha», «derecha extrema» o «extrema derecha»– no sólo no plantea una crítica al modelo, sino que casi diríamos que lo refuerza. ¿No dices que tu prioridad es el estado del bienestar? Pues toma tres tazas. Eso sí, con prioridades.
Desde una perspectiva más libertaria –yo ya estoy en el anti-Estado–, esto del estado del bienestar huele mal en cualquier circunstancia. Pero si uno se lo cree, lo único extraño es que el debate no haya llegado antes. Como, además, han logrado que el 99% de los europeos interiorice que el sistema en el que vivimos es no sólo lo normal, sino que es casi inevitable, era cuestión de tiempo que llegásemos a este punto.
También era inevitable que se pusieran muy nerviosos. Como mínimo, por estos siete motivos:
(1) El 80% de los españoles está de acuerdo.
Y puede que me quede corto. Y del otro 20%, la mitad es porque ni siquiera lo han pensado bien. No estoy diciendo que tengan razón. Las mayorías pueden equivocarse, ser injustas y caprichosas. Pero como el principio democrático nos dijeron que era sagrado. Pues ahora tendrán que manejar sus contradicciones: intuyo que pocas propuestas más populares que ésta.
(2) Porque suena a justo.
La retórica oficial nos dice que las ayudas públicas son algo circunstancial: para sostener al que no puede sostenerse solo. Que lo lógico es que según vayamos mejorando en nuestra posición, pasemos de ser receptores netos a contribuyentes netos. Y que la otra cara de esas ayudas es la obligación fiscal: pagas impuestos para luego poder reclamar ese servicio o prestación económica que te prometieron.
Pues bien, si te crees esto, lo normal es que pienses que no es justo que el tipo que acaba de aterrizar en Barajas y que no ha contribuido en nada a ese mismo Barajas, ni al metro que le lleva al centro de la ciudad, ni al hospital en el que se dará de alta… reciba todo eso gratis. Porque, además, ese «todo» es mucho.
(3) Porque los criterios de reparto siempre fueron arbitrarios.
En esto, la socialdemocracia europea ha ayudado a cavar su propia tumba retórica. Si se hubieran quedado, como al principio, en el discurso económico, tendrían mejores argumentos de defensa. Tampoco es que eso fuera a ser suficiente –volvamos al punto 2–, pero algo mejor sí estarían. Pero hace ya mucho tiempo que decidieron abrir la rendija de los criterios caprichosos. Que si tal colectivo lo merece más y aquel otro, menos; baremos y puntos por ser madre o padre soltero, o por tener más hijos o menos, o por ser más viejo o más joven, o por tal o cual discapacidad. O por cualquier otro motivo. Y claro, alguien pensó, y por qué no más puntos por ser español o por llevar diez años residiendo y pagando impuestos en una región. Les será complicado explicar que aquello sí y esto no.
(4) Porque el Estado siempre fue un juego de suma cero. Y así se nota más.
Esto del juego «de suma cero» suena muy a economista. Pero es la clave sobre la que gira la polémica. En el mercado, los intercambios no son de suma cero. Si yo compro una televisión en una tienda, es porque valoro más esa tele que los 500 euros que me cuesta; y porque el tendero valora más mis 500€ que la televisión. Los dos salimos ganando; si no, nunca haríamos ese intercambio.
En cambio, en el Estado esto no ocurre. La subvención de uno siempre es el impuesto del otro. Uno gana y otro pierde. Suma cero (o negativa, pero hoy no entraremos en eso).
El problema es que, si el juego es de suma cero, lo que saque un recién llegado lo pierdo yo. Si estoy entre los contribuyentes netos, porque tendré que poner más de mi bolsillo. Si soy de los receptores netos, porque me tocará menos en el reparto. Incluso si la recaudación aumenta, puedo pensar que pierdo de forma indirecta: si soy un español de ingresos bajos, de esa recaudación creciente me habría tocado más en el caso de que no hubiera inmigrantes. Y es imposible negar esta lógica, porque es la lógica que define el sistema.
(5) Porque desmonta el discurso de la «solidaridad». Y el post-discurso del «tú ganas».
Cuando la izquierda se pone a hablar del estado del bienestar, siempre comienza poética: «solidaridad», «ayudar a los que menos tienen», «Hacienda somos todos». Pero le dura poco. En el segundo párrafo se vuelve despiadada, objetiva, fría, numérica. Inexorablemente resultadista. Más o menos, el discurso oficial es que el 70-80% de los residentes en España, los que menos ganan, tienen un saldo fiscal favorable.
Es verdad que esas cifras casi siempre están infladas. La realidad está más o menos en el entorno del 50% (y eso sin entrar en el coste y calidad de los servicios públicos). Pero dejemos a un lado, por ahora, los porcentajes y centrémonos en el fondo del asunto.
Por qué es tan importante que la mayoría creamos que nosotros formamos parte del segmento ganador, del que recibe más de lo que paga. Pues por ese resultadismo del que hablábamos antes. Pese a la retórica buenista, el ciudadano medio piensa en términos de suma-resta. Una forma de calcular en la que la socialdemocracia ha insistido durante décadas. Eso sí, en vez de «el inmigrante lucha contigo», lo que decían era «el rico lucha contigo y nosotros te ayudaremos a ganarle».
¿Qué ocurre ahora? Que ese discurso se les vuelve en contra. En primer lugar, porque si es verdad que el 50-70-80% de los españoles es receptor neto, ese mismo porcentaje (el que sea) tendrá muy pocas ganas de tener competidores desde el exterior. Tampoco tendrá muchas ganas el aportante neto, porque pensará en la factura fiscal.
Y en segundo lugar, por una evidencia matemática:
- Supongamos que el 50-70% de los habitantes de 2020 eran receptores netos de ayudas públicas;
- y recibes 3-4-5 millones de nuevos habitantes entre 2020 y 2030;
- y esos 3-4-5 millones de nuevos habitantes entran en los percentiles inferiores de la distribución de ingresos;
- y sí, la mayoría van, ya no a la mitad inferior, sino más bien al 20% de menos ingresos;
- …entonces, muchos de los que en 2020 eran receptores netos, ahora serán aportantes netos.
Dicho de otra manera, el que antes estaba en el percentil 45 (receptor), pasa al percentil 60 (contribuyente). Básicamente las clases medias-bajas ven cómo su lugar en la fila fiscal se mueve sin que lo hagan sus sueldos. Mucha gracia no les está haciendo. De hecho, pregúntense de qué segmento de ingresos vienen los votos de esa nueva derecha europea.
(6) Porque obliga a hablar de «incentivos».
El reparto fiscal-presupuestario siempre se planteó como solución a una condición dada: hay ricos y pobres. Es injusto que unos tengan tanto y otros tan poco. Ayudemos a los que menos tienen. La afirmación implícita es que ni unos ni otros eligieron su condición. Es como si hubieran caído en ese colectivo por azar.
El problema es que no es así. Al menos, no es toda la historia. Está claro que todos venimos al mundo en unas circunstancias diferentes. La suerte influye en nuestras vidas; pero nuestro esfuerzo, también. El gran problema del estado del bienestar siempre fueron los incentivos. ¿Pagar por estar en una situación desafortunada… puede provocar que más gente acabe estando en esa situación? Es la famosa trampa de la pobreza. Un tema tabú en la Europa socialdemócrata.
Con la inmigración, el debate también llega aquí y el tabú se hace todavía más complejo de tratar. ¿De verdad no pensamos que es un incentivo asegurarle una paga mensual, sanidad, educación, vivienda… a un habitante del tercer mundo que vive en un país con una renta per cápita de unos pocos miles de dólares? Pues tanto los beneficiarios (inmigrantes) como sus vecinos (nacionales), sí lo piensan. En realidad, llevan años pensándolo, unos y otros, pero no se decía en voz alta.
(7) Porque destroza el mito del «pagapensionismo».
La gran excusa pro-inmigratoria era el propio Estado del Bienestar. Esa idea de que era necesario que llegasen nuevos trabajadores para pagar nuestras pensiones, nuestra sanidad, nuestra educación…
Siempre dije que era un discurso muy peligroso. Porque si asocias inmigración a saldo fiscal positivo, la respuesta es clara: «Pues deja entrar sólo a los que aporten. Y echa a los que estén en negativo».
La prioridad nacional lo que hace es desmontar una ecuación que no cuadraba. Si van a pagar nuestro Estado del Bienestar, cómo es que reciben tantas ayudas. Por eso, se forma un escándalo cada vez que VOX saca un listado de beneficiarios en el que menudean los nombres extranjeros. No porque sea mentira, sino porque hace público lo que es inevitable. Es imposible que no sea así –volvemos a la evidencia matemática del epígrafe 5– porque la mayoría de los inmigrantes, especialmente africanos y de ciertas regiones de Asia, están en los estratos más bajos de la distribución de ingresos.
Lo que ocurre es que entonces el votante se levanta y pregunta: ¿no nos decíais que eran necesarios para pagar las pensiones? Y el problema lo tienen los que hicieron aquella afirmación tan absurda.