23 de abril 2026 – 03:0
Está de moda hablar de lo mal que lo hace Vox, no hay tregua en el fuego graneado que soporta desde hace semanas, sobre todo desde las elecciones castellanoleonesas. Era lógico que ese casi 20% alcanzado, y lo que podía suponer en las cercanas andaluzas, llevara a concentrar todo el fuego mediático para tratar de impedir lo que, para muchos, adquiere aspecto de pesadilla. Y así está siendo.
Mientras la prensa de todos los colores sacude al mono verde, la revolución promovida por lo que Vox denuncia o propone, se extiende por todas partes. ¿Hay alguien aún, no siendo obispo, que pueda defender los efectos de la regularización masiva? ¿Hay alguien que siga defendiendo el apagón nuclear? ¿Hay alguien que ignore las consecuencias del acuerdo comunitario con Mercosur? ¿Se puede negar todavía el colapso demográfico? Y podríamos abundar en muchos otros asuntos hasta hace bien poco considerados tabúes por el consenso sistémico. Mientras las cosas sigan siendo de esta manera, y van a seguir, Vox seguirá creciendo con los naturales altibajos de toda formación política democrática, es decir, dependiente de los flujos de la opinión.
Begoña y sus prostíbulosMorante, antitaurinos y delitos de odio¿Pero existe el andalucismo?
Más sorprendente y subterráneo es el cambio que se va notando desde hace ya tiempo en el mundo de la cultura, cuya progresiva derechización empieza a hacerse patente. Adopta muy variadas formas, que pueden ir desde el renacimiento religioso al fuerte resurgir de todas las tradiciones, más allá de modas y novelerías. También aquí juega su papel Vox, aunque evidentemente de forma mucho más sutil e inadvertida. Cultura es, por ejemplo, y de la más alta, la forma en que el partido se ha negado a responder a la violencia con que la izquierda lo ha distinguido siempre, una violencia sistemática que registra 150 ataques a sedes y 200 acosos en actos públicos, solo entre 2020 y 2025, sin contar las aún más numerosas agresiones personales, sin que se haya podido imputar nunca a Vox ni siquiera una respuesta acorde y por más que Gómez de Celis implore inútilmente su sopapo. Muchos se quedan en la relativa dureza de su discurso y no reparan en esa contención que es un rasgo de la derecha española de estos tiempos. No es poner la otra mejilla, es saberse más fuerte que los violentos. Así, poco a poco, sin necesidad de entrar hasta ahora en gobiernos, se va cambiando el país.