Tontos, pero no útiles.»Así las cosas, sigue uno atento, intrigado por saber cuánto más tiempo durará esta función, en la que todos parecemos un poco tontos, pacientes y resignados a no tener otra izquierda, sin que tampoco hayan podido ellos probar nunca ninguna utilidad que no vaya en su propio beneficio. » Andrés Trapiello

Aunque en ningún momento hablen de planes, cabe preguntarse qué puede compartir la izquierda española con un independentista.

Tontos, pero no útiles
Toño Benavides

Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 21 febrero 2026 – 00:05

Está por ver que los tontos tengan alguna utilidad, pero «tontos útiles» era como los periódicos franquistas llamaban a aquellos que se sumaban a las algaradas universitarias, ideadas y orquestadas por los comunistas. En su opinión estaban haciendo el caldo gordo a Rusia, a la que aquella prensa raramente decía Unión Soviética. Fue, por cierto, una de las primeras decisiones de los soviets, acabar con el nombre milenario que tanto amó Voltaire y con la vida de los patriotas que lo defendieron.

De la tontería de militar en un partido marxista se podrían decir muchas cosas, y algunas bien fuertes, pero quedémonos por el momento solo con la utilidad. Podrá discutirse cuánto tuvimos de tontos, pero no la utilidad, ya que fuimos perfectamente inútiles. Ni nuestra lucha empeñada alargó la vida de la Urss ni acortó la de Franco, quien habría dado la vida eterna por abreviar la suya, de tan cruel como le resultó su fin.

Produce asombro ver a la extrema izquierda española; recuerda en cierto modo a ese viejo decrépito y espectral que se empeña en bailar un tango con la joven y alocada Historia.

¿Lo explica su situación actual? Seguramente: no se resignan a desaparecer justo después del único momento, tras la Guerra Civil, en que han gobernado.

Y así, como esos jugadores supersticiosos hartos de perder, esa izquierda ha vuelto a apostar por los números con los que creen haber ganado algo en otros tiempos. Y juegan con la vida de todos a la ruleta (ruleta rusa, por desgracia a menudo, como dijo Unamuno de la Guerra Civil: «Suicidio colectivo»).

Su nuevo lema: «Un paso al frente». Guiño al Frente Popular, claro. Aquel que creyeron que pondría fin al capitalismo y a la lucha de clases, principio del «hombre nuevo» (y entonces hombre incluía a varones y mujeres, aunque estas brillaran por su ausencia). Da igual que los historiadores actuales hayan desbaratado la leyenda de aquel Frente Popular, el engaño sobre el que se fundó y la violencia extrema con que lo sostuvieron unos y otros, hunos y hotros.

Han transcurrido 85 años y aún este martes la presidenta del Congreso citó como ejemplar la Constitución del 31, la que trajo los lodos del 34, primero, el lodazal frentepopulista después, y la ciénaga civil como colofón. Ocho años enloquecidos en el inicio de los cuales Ortega y Gasset lanzó los vaticinios desoladores que conocemos y que acabarían confirmando Azaña, Albornoz, Chaves Nogales, Castillejo o Clara Campoamor (por citar solo a republicanos).

Pero un lema no es suficiente. Es importante también el discurso, el tono, las palabras. Lo extraño es que el primero en pronunciarlas haya sido Gabriel Rufián, el primero en urgir la unidad de la izquierda española y el primero en acampanarse de una manera teatral, como es uso en él: «Nos van a fusilar políticamente por separado» resumió quien trató literalmente de mandar «a paseo» la Constitución en 2017. Sin temblarle el pulso.

Aunque en ningún momento hablen de planes (ahora solo les preocupa cómo mantenerse en el poder, con sus nóminas y cuotas de vanidad), cabe preguntarse qué puede compartir la izquierda española con un independentista.

Rufián no lo oculta: la república catalana por la que PSánchez ha hecho más que Junts y Erc juntos («Illa no regularizará a los inmigrantes que no sepan catalán»: lo último, de ayer mismo). Y así querría que siguiese.

¿Y la izquierda? El nuevo Frente Popular, con el Psoe incorporado, tiene dos planes. Uno político y otro económico. También ellos quieren su república. La suya vendrá con la de los independentistas, o no vendrá. Da igual que bajo la Monarquía constitucional España haya conocido el período más próspero de su historia y llevado la libertad y la igualdad de los españoles adonde jamás soñaron las dos anteriores. Y como ni siquiera pueden explicar qué beneficios traería una tercera, se centran en lo económico, el único interés que siempre han tenido, el dinero (raramente producido por ellos).

Este plan lo han resumido PSánchez y su vicepresidenta de una manera arcaica y mendaz: «Que los ricos paguen más» (callando, por supuesto, que quienes más pagan son los medianos y pequeños empresarios). Y lo reiteró Yolanda Díaz, con su patetismo habitual: «El presidente de la patronal cobra 23 veces lo que el salario mínimo» (podría haber recordado también los 380 millones de euros que el Estado ha soltado en los últimos cuatro años a unos sindicatos sufragados por millones de españoles que ni los quieren ni los necesitan; o que ella misma gana infinitamente más que los cientos de miles que ganan menos y tributan más que ella, sin quejarse ni presumir). Podría pensarse que ese proyecto económico beneficia a muchos, y tampoco: cuando se ha acabado el dinero de los ricos, dejan los países sumidos en la miseria y bañados en sangre (y que el comunismo se haya ido siempre de rositas, sin sus imprescindibles procesos de Núremberg, aplana, o como resumía con tanta gracia Tito Liviano, protagonista de la quinta serie de los Episodios: «Las reclamaciones, al maestro armero»).

Así las cosas, sigue uno atento, intrigado por saber cuánto más tiempo durará esta función, en la que todos parecemos un poco tontos, pacientes y resignados a no tener otra izquierda, sin que tampoco hayan podido ellos probar nunca ninguna utilidad que no vaya en su propio beneficio.

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