Pasar por el aro. «Y sin pistolas siguen siendo siniestros. Por eso necesitan de quien haga creer que ni fueron asesinos ni los suyos fueron crímenes. A ese ya le han hecho pasar por el aro, y ese nos quiere hacer pasar por el aro a todos los demás, lo que a una sociedad democrática debiera producirle más repugnancia aún que espanto. No la indiferencia que estamos viendo.» Andrés Trapiello

Pasar por el aro
TOÑO BENAVIDE

Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 7 febrero 2026 – 00:03

Hemos sabido esta semana que el presidente del Gobierno quiere sacar a Eta de las organizaciones terroristas de la Unión Europea. Es un hecho gravísimo. Tras la amnistía a los golpistas catalanes, la amnistía a los asesinos vascos.
En la noticia que siguió en el telediario a esta, apareció un plano corto de Ione Belarra, la diputada de Podemos, llamando «criminales» y «fascistas» a cuantos no piensan lo que ella. Salía de perfil.

En este momento quedaron unidas para mí las dos noticias por lo que Baudelaire llamó la teoría de las correspondencias o de los vasos comunicantes.
Lo primero que hice a continuación fue preguntar a la IA cuándo se perforó IBelarra la nariz. Se ha puesto en una de sus alas un aro. Antes no lo tenía, creo. O yo no me había fijado. La IA me ha respondido que «no hay información fiable» sobre este asunto.

Cuando saltó a la fama, Pablo Iglesias llevaba un anillo de esos en la oreja. Ahora lleva dos, uno en cada. Antes ya eran frecuentes en el mundo de los aberchales vascos, que exportaron su uso político. El portavoz de Bildu en el Parlamento lleva uno, y Arnaldo Otegui, otro. Este lo sustituyó por una pequeña joya del tamaño de una lenteja, incrustada en el pulpejo. Cuando sacan alguna de las manifestaciones que hacen yo ya me había fijado, y he visto que muchos de los radicales los llevan también. Impresiona la asistencia multitudinaria a esas convocatorias proetarras, y llama la atención que se haya generalizado tanto entre esos vascos la costumbre de perforarse la oreja como los antiguos piratas, que se adornaban también con aros y pendientes, y los más finos, como Otegui, con pinjantes y perlas. Algunos caribes llevaban también en el hombro un loro al que enseñaban a decir cosas.

Entiendo que quienes rescataron el uso del arete pirata tratan de mantener el ideario de vivir fuera de las leyes, conforme al pillaje, tal y como hacían los filibusteros, aprovechando el halo romántico y legendario que alguno de estos bandidos, a menudo sanguinarios y sin escrúpulos, ha tenido en la literatura y en la historia.

He preguntado a la IA igualmente el significado de esas perforaciones en la extrema izquierda, y las explicaciones son conjeturales y más improvisadas que las mías, más allá de indicar que se trata de rasgos tribales identitarios (al modo de aquellos bigotitos que recorrían como una lombriz la cara de muchos policías y partidarios franquistas).

Los aretes lobulares de los aberchales tienen mucho de advertencia, qué duda cabe, y de intimidación, una manera como otra cualquiera de perimetrar el territorio y distinguirse de los forasteros.

El de Belarra en la nariz alude también a la argolla o narigón que se les ponía a los bueyes, a los berracos agresivos y a algunos esclavos (por cierto, en Los pilotos de altura Baroja trata los buenos negocios hechos por los marinos vascos con el tráfico de esclavos), una manera cómoda de conducirlos y someterlos, y por eso resulta difícil descifrar el mensaje que encierra en su nariz ese anillo, símbolo de sometimiento y humillación. Aunque supongo que hay en ello una vindicación paradójica del tipo «la arruga es bella», es una investigación que carece de interés.

No así lo que ese anillo desencadenó en mí el otro día, la entrada en escena de la teoría de las correspondencias, sacando a la luz las ocultas simbologías (y el nombre del movimiento poético que capitaneó Baudelaire fue precisamente el simbolismo).

El narigón de Belarra, visto junto a la noticia de la exclusión de Eta de los grupos terroristas europeos, se le reveló a uno de golpe como el símbolo de la labor de depuración, extorsión y asesinatos que impuso Eta a cuantos no compartían su piratería nacionalista.

Como en la novela de Baroja, los capitanes piratas (todos en Bildu) y sus armadores y financieros (todos del Pnv) están asentados hoy en sólidas fortunas políticas procedentes de la depuración, la extorsión y el crimen, con suficiente poder para hacer pasar por el aro al presidente del Gobierno, que depende de ellos, y lograr que Europa levante su condición terrorista a Eta (algo tan imposible como borrarle su estigma a un asesino, que lo será hasta el día de su muerte; por más que se le blanquee, la sangre que vertió podrá írsele de las manos, pero jamás de la memoria de las víctimas ni de la conciencia democrática).

Si hace doscientos años alguien veía caminar a un hombre con una pata de palo, un anillo en una oreja y un loro sobre el hombro, sabía que lo probable era que se tratase de un pirata. Si hoy vemos a un político de izquierda con uno o dos aros en las orejas, en la nariz o donde quiera clavárselos, podremos suponer que es un asesino o amigo de asesinos (las apariencias no suelen engañar; y si no llevan loro encima es únicamente para que no se aprecie que es más inteligente que ellos).

Cuando aún se juntan en plan jauría con sus camisas negras (como en Pamplona, patria de IBelarra), causan pavor. Y sin pistolas siguen siendo siniestros. Por eso necesitan de quien haga creer que ni fueron asesinos ni los suyos fueron crímenes. A ese ya le han hecho pasar por el aro, y ese nos quiere hacer pasar por el aro a todos los demás, lo que a una sociedad democrática debiera producirle más repugnancia aún que espanto. No la indiferencia que estamos viendo.

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