El golpe y las sillas vacías. «No, no es David Uclés contra Arturo Pérez-Reverte: es David contra la democracia. Es la izquierda, una vez más, contra la convivencia… y la alternancia. No han reventado un congreso equilibrado sobre la Guerra Civil: han empezado otra nueva.» Andrés Trapiello

El golpe y las sillas vacías
Toño Benavides

Andrés Trapiello

Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 31 enero 2026 – 00:02

Como es sabido, el domingo pasado el escritor David Uclés lanzó un golpe contra ciertas jornadas sobre la Guerra Civil, dirigidas por Arturo Pérez-Reverte Jesús Vigorra, en las que iba a participar el propio Uclés. Este comunicó de madrugada en sus redes sociales que se negaba a compartir cartel con José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, dos de los intervinientes junto a historiadores, políticos, escritores y periodistas. Fundaba su decisión en que ambos, en su opinión, «habían quebrado los derechos fundamentales del ser humano», siendo el primero (Aznar) «uno de los hombres que más daño físico ha provocado a los españoles» y haber creado el otro «un partido que atenta contra los valores por los que lucho». «No puedo verme», concluyó, «en el mismo cartel que estos dos individuos». Con ninguno de ellos, programados a horas distintas, hubiera coincidido. Su razonamiento, extremado al absurdo, podría llevarle a abandonar un bloque de pisos, un barrio, una ciudad, un país, el diablo mundo.

Alguien propulsó entonces el émbolo retórico: «David contra Goliat».

A las pocas horas le secundaba otro de los participantes, Antonio Maíllo, coordinador general de Izquierda Unida, en su caso por no estar de acuerdo con el rótulo de las jornadas: 1936. La guerra que todos perdimos. A su juicio la guerra la habían ganado unos y perdido otros, y no cabían melindres. Maíllo llevaba razón. Los organizadores se excusaron en una errata de imprenta, que había suprimido los interrogantes: 1936. ¿La guerra la perdimos todos?; recordaron también el carácter plural del encuentro y su propósito de poner a dialogar a personas de diferentes ideologías. A esa renuncia se sumó la de la delegada del Psoe en Andalucía.

Para entonces ya se había formado un gran revuelo mediático.

El martes se sumaron a la sedición el escritor Paco Cerdá y la investigadora Zira Box, integrantes de la mesa redonda que cerraba esas jornadas («Literatura y Guerra Civil: ¿Matan más las armas o las letras?»), junto a Víctor Amela, Jesús Calero y yo mismo. Ignoro si las razones de Cerdá, Box y la exministra socialista Carmen Calvo, la última en agregarse a los amotinados, fueron distintas.

Ese mismo martes Vigorra aceptó mi propuesta: no seguir buscando sustitutos (le estaba resultando imposible convencer a nadie de izquierdas que los sustituyera) y mantener durante el acto sus dos sillas vacías.

Dos días después PReverte anunció la suspensión de los encuentros. La justificó en las gravísimas amenazas recibidas, que imputó a activistas de izquierda. La joven Box manifestó que le parecía mal la suspensión, justificando su renuncia previa también por las presiones, al igual que CCalvo (ninguna aclaró de quiénes).

Uclés, embriagado de jactancia, anunció que, a pesar de ser abstemio, brindaría con vino por la victoria.

Preguntado PReverte, admitió: «Unas batallas se ganan y otras se pierden; esta es una batalla aplazada».

Por supuesto, esta es una batalla que se ha perdido. Una vez más ha quedado probada la hegemonía cultural de la izquierda: ella decide qué, cómo, con quién, dónde y cuándo debatir, y por supuesto las reglas. Y en este asunto más aún: resignada a la derrota de la Guerra Civil, cierta izquierda impuso durante 50 años un relato falso, impugnado por Azaña, Chaves Nogales, CCampoamor y mil más que añoramos el famoso «paz, piedad, perdón».

Y no, no es David contra PReverte, es David contra la democracia; es la izquierda, una vez más, contra la convivencia; es la víscera contra la razón, el debate, el diálogo… y la alternancia. Es el muro. No han reventado un congreso equilibrado sobre la Guerra Civil: han empezado otra nueva, orgullosos de los crímenes de aquella otra, cuando los cometieron los del propio bando (hay que leer a Almudena Grandes).

Entrar a debatir si Aznar ha sido quien más daño físico ha infligido a los españoles sobrepasa una inteligencia mediana como la mía, pero lleva razón quien sostenga que la guerra la ganó solo un bando, aunque la mayoría de los españoles perdieran algo y aun mucho en ella. La que perdió a su marido y a cinco hijos porque los asesinaron los rojos (el padre del filósofo Javier Muguerza y sus cinco hermanos, el menor de quince años), perdió más que quien sobrevivió en el exilio sin haber perdido a nadie. Y en cuanto a los que la perdieron, habría que preguntarles dónde hubieran preferido sobrevivir, bajo el mortífero franquismo o bajo el estalinismo, donde Pasionaria estuvo tan bien aclimatada cuarenta años. Lo de perder y ganar a veces es relativo y difícil de calibrar.

Yo no sé si el joven Uclés posee ese calibre, pero, qué duda cabe, tiene un talento innato para la magia. Cuando iba a leer su novela alguien me desanimó: «Se toma demasiadas licencias; transporta a Maruja Mallo al Congreso de Intelectuales Antifascistas del 37 (donde jamás estuvo, porque ya había salido de España) porque necesitaba un toque feminista ahí». Hacer ideología con el asesino ful de Sánchez Mazas o con Maruja Mallo («¡Confundirme con la Pasionaria, a mí, que voy pintada como una mona!», le dijo a RGaya, graciosísima e indignadísima), se parece, más que a hacer magia, a hacer trampas.

Traducido a Guerra Civil suele quedar en esto: lo que no me conviene no lo recuerdo, y lo que he olvidado nunca existió ni puede debatirse. En fin, lo que viene siendo el realismo mágico o la Ley de Memoria Democrática: mis víctimas son mejores que las tuyas.

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