***Allá por el año 85 u 86 vivía yo en la casa del bar La Marina, en la plaza de las Flores, gracias a su propietario Nino, hombre cabal y generoso donde los haya habido. Un día, cruzando por la plaza de la Catedral, observé una actuación de un policía local con unos músicos o teatreros ambulantes que me pareció escandalosa, de abuso de autoridad. El público que presenciaba aquello mostró su rechazo vivamente. Quizás por ser yo uno de los más indignados, aquel policía me cogió por la espalda y me metió en el coche policial de malas formas mientras no paraba de amenazarme. Curiosamente y de forma surrealista, al policía que nos acompañaba en el coche, lo recordaba yo de ser militante del PC, y fue el que me dijo posteriormente por lo bajini que pidiera al juez que le hicieran la prueba del alcohol a su compañero… Ya en Comisaría, me encerraron en un cuartillo, y al cabo del rato me vino alguien para preguntarme si yo era hijo de Rafael Zaragoza, el que había sido jefe del Negociado Municipal de Policía Urbana; al confirmarlo yo, me dijo que quedaba libre por ello, pero que no me metiera en más líos.
Por la noche, ya en mi casa (recuerdo que estaba tocando un órgano que me había comprado en esos días) me llamó el diputado socialista de entonces, profesor y amigo, Ramón Vargas Machuca, para ver si estaba bien, porque Paco Bustelo, el Pana, tristemente desaparecido recientemente, lo había llamado por haber sido testigo de los hechos. A Ramón le dijeron que yo estaba ya en libertad. Le agradecí su intervención, pero le comenté que el apellido me había salvado.
En resumen, el guardia de las malas formas estaba bebido, quizás los músicos o teatreros fueron bordes y no se merecieron mi apoyo, y a mí me ayudaron, sin comerlo ni beberlo, cuatro personas, el guardia del PC, Paco Bustelo, Ramón Vargas Machuca y el apellido de mi padre (que ya hacía años que se había jubilado).
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***A lo largo de la vida se producen situaciones, muy pocas, que nos llevan a una felicidad extrema. No hablo de la felicidad habitual, la que se produce al comer y beber en un buen restaurante con familia y amigos, leer un buen libro, practicar «love», conseguir un logro profesional o de negocio, tener una conversación divertida y provechosa, pasear por la playa o por la ciudad… Me refiero a esa felicidad que inunda tu mente y que te hace flotar, como si tu cuerpo se elevara y no fueran los pies los que andan, sino que marcharas sin contacto con el suelo. A mí me ha pasado varias veces en la vida, muy pocas, pero me ha pasado. Voy a describir aquí las que recuerdo.
La primera vez que floté fue en Londres, y eso que fui por circunstancias no agradables. Yo hablaba un inglés bastante bueno entonces, estaba ansioso por salir de España (hambre atrasada) y encima a Londres, la ciudad que para nosotros representaba la música pop y rock, los autobuses de dos pisos, los taxis, los Beatles y los Rolling, y en mi caso, mi gusto por el inglés que tantas satisfacciones me había dado en mi vida. De repente, me recuerdo perfectamente flotando solo por Kensington Garden camino del centro.
La segunda vez que recuerdo esa sensación fue tras el nacimiento de mi segunda hija, Ana. Su madre rompió aguas cuando actuaba el cuarteto del Peña, Tres Notas Musicales, y mi hija nació el sábado de Carnaval en La Salud. Yo tuve que ir esa tarde noche a mi casa a recoger algunos encargos, y a la vuelta, en mi moto, la gente iba en masa disfrazada por la avenida camino del centro, andando o en todo tipo de vehículos. A mí, todo aquel desfile mágico me pareció que era un cuento maravilloso en honor de mi hija, y juro que mi moto se despegó del suelo durante todo el trayecto.
La tercera vez la recuerdo cuando Pedro, el de Libros Cádiz, me enseñó y me dio la maqueta de mi primer libro, “Cádiz, una bahía con futuro”. Me veo en la calle Ancha, lleno de felicidad, ojeándolo, y de repente aparecer mi tía Reme y mi prima Maribel. Prometo que hablé con ellas desde un espacio superior.
El día de mi jubilación, yo juraría que salí de aquel Centro de Puntales con mi moto, volando, por la puerta del patio.
***Luego ha habido otros momentos de intensa felicidad: los primeros momentos con mis parejas, las noches de reyes cuando niño, el nacimiento de Carmen (ahí la ansiedad del primerizo solapó mi felicidad), los primeros artículos de prensa, la presentación de mi primer libro…
Tras el nacimiento de Carmen llegaron los momentos de ansiedad: cómo dormirla, aprender a cogerla, mirar que todo estaba bien…Pero hubo dos momentos relajantes, de emoción. El primero cuando llamé por teléfono a «Chacha», la vecina mayor de Libertad 15 considerada la matriarca de la casa, para decirle que todo estaba bien; me emocioné. Y el otro cuando de pronto, tuve que ir a mi casa de la Plaza de las Flores a recoger algo, y al abrir la puerta había un centro de flores precioso que me habían mandado desde el Instituto. Aquel bello centro representó en un segundo todo lo bonito y extraordinario que me había ocurrido, y me volví a emocionar.
De pequeño recuerdo muchos días de Reyes, pero hubo uno que se me quedó grabado, por insólito. Ya era mayorcito, y tras jugar con los juguetes que me pusieron aquel año me fui a la misa del colegio. Al volver había un mapa de España enorme, precioso, desplegado sobre la mesa, que me dejó subyugado. Me dijeron que los Reyes se habían olvidado de dejarlo y mientras yo estaba fuera habían vuelto a soltarlo. Aquello, por inesperado y bonito me impactó. Conservé el mapa durante años, pero desgraciadamente lo perdí en uno de tantos traslados.
***El asesinato de John Lennon me había dejado impresionado y le dije a Ubaldo que debíamos hacer algo. Se me ocurrió que podíamos traer a Cádiz al periodista y crítico musical más conocido del país en aquel momento, Carlos Tena, que además me enteré que era del PC. Yo ya no militaba, pero Ubaldo seguía en la organización (Ubaldo y Pepe Vera, tristemente fallecido hace muy poco, fueron los dos amigos que más tiempo aguantaron como militantes). Le dije a Ubaldo que teníamos que traer a Cádiz a Tena para que hablara de Lennon y de su mensaje de paz, etc., que lo trasmitiera al partido para que lo financiara, que yo me encargaba de la gestión. Y efectivamente, a pesar de la incomprensión de la mayoría de la militancia, Ubaldo consiguió la financiación y Carlos Tena apareció por el aeropuerto de Jerez una mañana fría de invierno. Lo primero que me dijo es que desde la escalerilla se había dado cuenta que yo era su hombre, dada “la pinta de marxista que tenía” (bigote amplio y gafitas redondas). Lo pasamos muy bien con él, era muy buena persona, muy comunista, pero al tiempo, sorprendentemente, muy abierto y comprensivo. Le dimos a probar un cigarrito de la risa de mucha calidad en Los Callejones y el pobre le dio un patatús y lo tumbamos un rato en una casapuerta. Lo llevamos al ensayo de una comparsa de las que gritaban Caleta, Caleta, comimos, nos reímos, y por fin nos trasladamos al salón de actos de Valcárcel, donde cientos de jóvenes lo esperaban aplaudiendo como si fuera una estrella de rock. Recuerdo que eran chavales del barrio y que le hicieron preguntas surrealistas del tipo de «Carlo, por qué han suicidado a Lennon?», o que le decían “Carlo, ¿por qué te has pelado?” , porque ellos esperaban al Carlos de melena y patillas, y él, como era un polemista nato, discutió con ellos, les habló de la libertad de cada uno, pero la gente seguía protestando, y él seguía polemizando, pero al final todo fue bien, no sé cómo lo hizo pero lo aplaudieron a rabiar y aquello quedó como un gratísimo recuerdo. La prensa gaditana de entonces nos sacó poco, pero el éxito fue arrollador. Luego me enteré que el “picao” de Tena, (lo era un poco), se había ido a Cuba y que murió en Madrid con 79 años. Gran persona Carlos tena.
PD Me dice Miguel Villanueva que él fue junto a Ubaldo a recoger a Carlos Tena a la estación de tren. Ubaldo, desgraciadamente, por su enfermedad, ya no nos puede aclarar qué recuerdos tiene él al respecto. Es posible que Miguel tenga razón y que yo me esté confundiendo con la llegada al aeropueto de Manuel Vázquz Montalbán, otro personaje, en este caso literario, que trajimos a Cádiz. Pero eso lo contaremos otro día.