Mala suerte: la guerra ha terminado. Andrés Trapiello

El potaje que hierve en la mente de los partidos de izquierda (una olla podrida en la que borbotean las brigadas internacionales, el maquis, Eta y Hamas) es indigesto por loco

Mala suerte: la guerra ha terminado
Toño Benav

Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 11 octubre 2025 – 00:06

El pasado martes el Psoe y sus socios votaban a favor del decreto ley de embargo de armas a Israel, y, también con la oposición del Pp, Vox y Upn, apoyaban una proposición no de ley presentada por Erc para «el reconocimiento de los miembros de la guerrilla antifranquista».

La publicidad se la ha llevado el decreto ley, más vistoso. Habían decidido debatirlo en el segundo aniversario de las matanzas del 7 de octubre, lo que era un acto miserable, pero no habían previsto que Trump y Netanyahu presentarían un acuerdo de paz. La parte comunista del Gobierno se precipitó a rechazarlo adelantándose a la aceptación de Hamas, uno de esos ridículos colosales que hubieran inhabilitado a cualquiera con una idea de sí mismo menos exacerbada. Finalmente el decreto de ley se aprobó horas antes de que Israel y Hamas acordarán la devolución de los rehenes que aún siguen con vida, exactamente lo que Israel lleva pidiendo desde el 8 de octubre de 2023 (y lo que ha justificado una guerra terrorífica).

A su lado, esa proposición no de ley por «el reconocimiento» del maquis ha pasado inadvertida (al fin y al cabo no pasa de ser chau-chau).

El potaje que hierve en la mente de los partidos de izquierda españoles (una olla podrida en la que borbotean las brigadas internacionales, el maquis, Eta y Hamas, todos ellos representados en la famosa flotilla) es indigesto por loco: siguen instalados en el «Viva la muerte», de Millán Astray.

No obstante, ha de reconocerse a los congresistas progubernamentales el denuedo en contribuir a la campaña de los cien actos con los que PSánchez soñó enterrar a la oposición. Empezó hace unas semanas con el homenaje a las nueve diputadas republicanas, de las cuales una, Pasionaria, vaticinó o anunció (según versiones) el asesinato de Calvo Sotelo; y otra, la diputada socialista Nelken, escondió en su casa a los asesinos.

Y el denuedo siguió este martes. «Más de cuatro décadas después del restablecimiento de la democracia», se lee en la exposición de motivos de la proposición no de ley, «la deuda del Estado con quienes lucharon por la libertad en condiciones de clandestinidad, exilio y represión sigue pendiente en demasiados casos. Este es el caso de los dos últimos guerrilleros antifranquistas aún vivos, Francisco Martínez López, conocido como El Quico, y Esperanza Martínez García». Si solo son dos, tampoco son demasiados.

A ambos se les describe como «víctimas de persecución, prisión y tortura» que fueron «abandonados en el exilio e invisibilizados por la historiografía oficial». Martínez, cenetista y poco invisibilizado, ha escrito tres libros y concedido decenas de entrevistas. En 2011 dirigió una carta abierta a la dirección del Pce exigiendo que este reconociera los crímenes y «repugnantes métodos empleados» por su guerrilla, así como «las ejecuciones sumarias ordenadas por la dirección del partido contra sus propios militantes», al tiempo que él mismo asumía el reguero de dolor que dejó tras de sí el maquis: 1.260 personas asesinadas, de ellas 953 civiles; 834 secuestros, la mitad de los cuales acabaron con la muerte de la víctima; 5.963 atracos y más de 500 sabotajes, muchos de ellos sanguinarios. Los ponentes de Erc, Junts, Podemos, Sumar y Psoe en la comisión no se acordaron de citar ninguna de estas cifras, lo que sí hizo el representante de Vox. El del Pp cerró su intervención con unas palabras de Martínez en julio de 2022 (que deberían llevarle a rechazar este homenaje): «Los nietos no tienen que heredar los conflictos de los abuelos» (salvo que quieran vivir de los abuelos, como RZapatero).

Secundino Serrano en su libro Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista dedica a Esperanza y sus tres hermanas, también guerrilleras, apenas unas líneas grumosas, de las que se deduce que las declaraciones de estas mujeres «evidencian la complejidad de asumir roles igualitarios en un tiempo de marcadas diferencias de género y prueban que, ante la ausencia de pautas establecidas, las relaciones se codificaban a partir de la convivencia». Trata de decirnos que estaban únicamente para lavar la ropa y hacer la comida a quienes tenían encomendadas las «acciones» (secuestros, robos y asesinatos).

Reconocerles «como combatientes por la libertad y la democracia» significa que a estas alturas se resisten a admitir que aquel antifranquismo raramente fue sinónimo de libertad y democracia (y equipararlos con los maquis franceses es no admitir las diferencias entre una guerra civil y una de ocupación, entre un país en guerra y otro que la había dejado atrás): finalmente, el Pce, tras años de usar a los guerrilleros como carne de cañón y abandonarlos a su suerte, admitió su «error» (miles de víctimas, muertos y encarcelados por la dictadura), y en 1947 disolvió el maquis. El drama de muchos: no admitir que la Guerra Civil había terminado (como también ahora la de Gaza, lo que tanto parece haber disgustado a algunos, aunque, como el ministro Albares y Hamas, encuentren consuelo habiendo logrado el reconocimiento del Estado palestino de muchos países remisos, y a qué precio).

Cualquiera familiarizado con los archivos militares, policiales e históricos y los testimonios de sus protagonistas, advertirá un hecho común en la Guerra Civil y en la maquis: nadie confesará (acaso bajo tortura) «yo he matado» o «yo colaboré en un asesinato». Martínez, que estuvo procesado (en rebeldía) por homicidio, atraco a mano armada y asesinato, tampoco.

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