Con las reformas judiciales aprobadas en el Consejo de Ministros el gobierno da un gran paso para controlar la justicia, lo que daría lugar de facto a una autocracia. Ante esto se presenta una contradicción. Por una lado, la muerte lenta por degradadción es contemplada con agrado por los demócratas porque no sólo conllevará la salida del gobierno corrupto sino posiblemente el ocaso de un partido nefasto en la historia de España, el PSOE; pero por otro, hace falta que la salida de Sánchez sea lo más rápida posible para evitar que con éstas y sucesivas reformas vaya ganando más y más control político que lo eternicen en el poder, que es lo buscado.
Se suele atribuir el origen de la modernidad política a dos revoluciones, la americana y la francesa. Sin embargo ambas albergan profundas diferencias. En la revolución americana se busca la igualdad ante la ley, se reafirma la tradición de la religión cristiana, se proclaman los derechos individuales que en principio no abarcaba más que a los hombres blancos con cierto patrimonio (sufragio censitario). Los pensadores de mayor influencia fueron Locke y Montesquieu. Las sociedades anglosajonas, con este sistema, evolucionaron hacia la sociedad actual con menos convulsiones y mayor respeto a las libertades individuales y a las prácticas religiosas.
La revolución francesa tuvo una influencia mayor de Voltaire y Rousseau, de ahí que su evolución fuera más convulsa y proclive a las persecuciones religiosas. Mientras que en la americana la constitución reclama el derecho de los ciudadanos a “la búsqueda de la felicidad”, en la francesa la idea predominante es que la felicidad debe procurarla el estado. La religión cristiana es sustituida por el dios estado, la catedral de Notre Dame fue dedicada a la “diosa razón”, y el principio preponderante es el que estipula “la voluntad general”. El terror de estado fue practicado como instrumento político y la guerra como expansión imperialista. El continente europeo adoptó en gran parte este modelo, de ahí las graves convulsiones y guerras desde entonces.
Lo verdaderamente clave de la revolución gaditana es que aprendió de la francesa y evitó el conflicto religioso y contra la monarquía. De ahí que proclamara la religión católica como la “verdadera” y aceptara la monarquía de Fernando VII. En ciertos aspectos también evitó el estatalismo francés cuando dijo que los españoles, no el estado, están obligados a “ser justos y benéficos”. Como se ve no fue una frase ingenua, como se la considera por error a veces, sino plenamente intencionada. No soy un especialista del periodo pero quizás el problema de la constitución fue que Cádiz era un reducto liberal aislado del resto de un país más metido en el antiguo régimen, y la constitución fue incorporada con calzador; algunos historiadores piensan que esto trajo una división entre españoles que dura hasta nuestros días. Jovellanos quiso hacer una reunión de Cortes más evolutiva, inclusiva, reformista y menos revolucionaria, pero murió antes de que tuviera lugar.
En España hay una sobrevaloración de la revolución francesa. En la II República, el grupo de Azaña pensaba que los males de España estaban en la religión, el ejército y la monarquía por lo que imitaron el comportamiento jacobino en alianza con el programa sovietizante. Aún hoy en día se oyen a supuestos intelectuales y escritores lamentarse de que nuestros reyes no fuesen guillotinados, una barbaridad que por otra parte legitima la violencia revolucionaria. El régimen de la Restauración, con toddos sus defectos, por otra parte similares a los de la Europa de entonces, pudo muy bien evolucionar sin convulsiones tremendas al sistema democrático del siglo XX, como ocurrió en los países anglosajones. Fueron los separatistas, los jacobinos y los socialistas y anarquistas revolucionarios los que acabaron con ese sistema de prensa libre, elecciones y sufragio.