Robar lo justo. Andrés Trapiello

Si de los nacionalistas depende que Sánchez llegue al 2027, llegará. En dos años aún se puede destruir mucho de lo que queda de nuestra maltratada democracia. La primera parada será la amnistía, algo más grave que la corrupción de cien cerdanes

Robar lo justo
TOÑO BENAVIDES

Actualizado Viernes, 13 junio 2025 – 16:41

La comparecencia del presidente del Gobierno anteayer por el monumental escándalo de su secretario de Organización en el Psoe ha sido la más patética que se recuerde desde aquella de Carlos Arias Navarro anunciando la muerte de Franco. A la de PSánchez, certificando la muerte política de Santos Cerdán, le ha faltado sólo el gemidico de aquel presidente del Gobierno al que se conocía como «carnicerito de Málaga». PSánchez podría haber colado un hipido tras alguna de las ocho veces que pronunció la palabra perdón (demasiados harakiris son ocho; con uno solo, la dimisión, habría bastado).

Millones de españoles asistieron atónitos a esa comparecencia. Qué manera de presentar los hechos. Tres dosis de Lsd no causan tanta devastación cognitiva. Sin duda ha estructurado el delirio, que es como le dicen los frenólogos a aquellos enfermos que, tocados con el bicornio de Bonaparte, hablan de Austerlitz y Borodino con aplomo y serenidad, ajenos a su locura. Parecía una mala parodia de Hamlet, farsante y fúnebre, con su propia calavera en la mano. Entre golpe de pecho y golpe de pecho, PSánchez enumeró las tres responsabilidades (asumidas por él, aseguró). En realidad, se las prendió como medallas en su impecable terno hecho a medida. Lo hizo después de recordar por segunda o tercera vez que era una persona con muchos defectos y alguna virtud. Defectos, siendo tantos, no recordó ni uno solo; ahora, no dejó de mencionar ninguna de esas tres, según él, virtudes. Las identificó con las tres responsabilidades: «la de actuar» cuando conoció el hecho (por supuesto es mentira, y si es verdad, razón de más para dimitir); «la de colaborar con la justicia» (no se oyó en la sala de prensa ni una sola carcajada); y la de «trasladar a la ciudadanía las disculpas y este perdón» que, sin embargo, no tendrán ninguna consecuencia política, porque ha prometido seguir hasta 2027 como hasta ahora: manteniendo a su fiscal general imputado, viviendo extorsionado por sus delincuentes catalanes, ex terroristas etarras y nacionalistas vascos y consolado por sus socios comunistas, y, en fin, confiando en que su Tribunal Constitucional saque adelante su Ley de Amnistía que le permita seguir en su poltrona.

Que PSánchez se sumará al estrellato de sus tres gracias («gracias, amigo Koldo; gracias, amigo Ábalos; gracias, amigo Cerdán por haberme traído volando sobre la gran alfombra mágica de las mordidas millonarias hasta este palacete de La Moncloa») no ofrece duda, y tarde o temprano acabará investigado, y seguramente imputado, si acaso no en la cárcel con sus compinches. Strauss, Perl y Lowann, padres del estraperlo, fueron a su lado, unos escolares. Y todo por no haber seguido el consejo de Julio César Turbay Ayala, presidente de Colombia. La campaña electoral del año 78 le consagró como un aventajado discípulo de Monipodio: «Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones», dijo entonces. Era una manera fina de recordar a sus huestes que «robar hay que robar, pero lo justo».

Al principio todo fue bien. Un par de papeletas metidas de extranjis en una urna aquí, unas páginas plagiadas para la tesis doctoral allá, una cátedra sin catedrática un poco más allá, una colocación para un hermano en la otra parte, un escrutinio discreto del voto por correo para poder proclamar el famoso «somos más» y el «no pasarán», un fiscal general sumiso, un tribunal Constitucional pastueño, un Cis sin decoro…

Todos puchereaban, plagiaban y se corrompían en las justas proporciones. Pero el sentimiento de impunidad fue creciendo en ellos. A Sánchez se le aplaudía su baraka y celebraban, él y su banda de ministros, con escarnios vejatorios a sus adversarios políticos. «Bulos, fango, mentiras», les escupían. Se creyeron invulnerables, se creyeron inmortales. Empezaron a robar a manos llenas, muy por encima de lo justo: cátedras, putas, paradores. Y como ocurre en las organizaciones delictivas, cada día que pasaba aumentaba el número de los que querían entrar en el reparto del botín, al tiempo que el jefe y sus alféreces repartían cargos, diputaciones, presidencias, tribunales, televisiones, radios, embajadas, consejos de administración, institutos cervantes, todo con tal de afianzar los cimientos de su obra más descomunal, la catedral del crimen, La Moncloa, y el mayor burdel de España, el Partido Socialista Obrero Español.

Lo que suceda a partir de ahora formará parte de una historia que rebasará cualquiera de las ficciones conocidas. PSánchez, y con él todos los socialistas que anteayer aplaudían en el Parlamento frenéticos cuando se reía de Feijóo por preguntarle este precisamente por Santos Cerdán. Sobre vivir con indignidad, habrán de soportar el ridículo hasta que desaparezcan en la espelunca de la vergüenza (los que aún la conserven). Si de los nacionalistas depende que PSánchez llegue al 2027, llegará. En dos años aún se puede destruir algo y aun mucho de lo que queda de nuestra maltratada democracia. PSánchez habló del «proyecto» que puso en marcha. Sigue siendo mantenerse en el poder a cualquier precio. La primera parada será la amnistía, algo más grave que la corrupción de cien cerdanes. Y la última salida, arrastrar al país a la situación más ventajosa para él: el caos y someter al Estado de derecho a insólitos test de estrés. Y seguro que hoy ese hombre habrá puesto ya sus barbas a remojar: «Todo esto nos está sucediendo por no robar lo justo».

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