Profesor de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Santiago de Compostela y uno de los principales intelectuales del capitalismo en nuestro país, ha conocido una difusión inesperada gracias a las redes sociales con lemas como «ahorro y trabajo duro


Actualizado Lunes, 21 abril 2025 – 03:53
Usted es un apasionado del capitalismo.Me gusta indagar en el origen del capitalismo. ¿Cómo nace? ¿A qué se debe que nazca? ¿Por qué prospera? Para mí el capitalismo es, básicamente, una tecnología mental, una tecnología de cálculo que implica ahorro. Y ese ahorro se invierte de forma sistemática en el mejor de los usos posibles. Es una forma de entender el mundo, un mundo económico, de forma racional.Prosiga, haga el favor.Como requisitos para que pueda existir el capitalismo, se necesita, primero, que haya trabajo, que haya una mano de obra -en el sentido amplio, tanto empresarios como trabajadores-, que produzca bienes, que sea disciplinada, que trabaje bien, que sea seria, que sea puntual, que sea eficiente. Eso es uno de los grandes logros del capitalismo.¿En qué sentido?Usted puede tener el mejor empresariado del mundo, puede tener las mejores instituciones, puede tener todos los creadores… pero si tiene una población de gente que es vaga, que no quiere trabajar o que está todo el día bebiendo o faltando al trabajo, por todos los buenos creadores o intelectuales que tenga, poco va a sacar de esa población. Uno de los grandes logros del capitalismo y de nuestra sociedad es la clase obrera que tiene. Es una cosa que nunca me canso de alabar. España tiene una clase obrera excepcional. De las mejores que hubo en su historia. Siempre estamos hablando de las cosas malas que tiene, pero esto es algo que hay que resaltar.En cambio, ahora el trabajo está mal visto.Hay un proceso de desvalorización del trabajo muy grande. Estos días estuve leyendo a Eli Heckscher, que explica cómo los mercantilistas de los siglos XVII y XVIII adoraban el trabajo. Había sermones, había discursos para que la gente fuera trabajadora y productiva, que abandonara la ociosidad, que no estuviera todo el día disfrutando de no hacer nada. Y de esa alabanza del trabajo, que duró hasta el siglo XIX, se cambia totalmente y pasa de ser una cosa buena -aún me queda algún eco cuando me educaban mis abuelos, que decían un joven tiene que ser productivo, que no esté bien que esté todo el día jugando con maquinitas- a ser una explotación. Fue un cambio cultural.¿A qué cree que se debe?Estos cambios culturales fueron en parte derivados, yo creo, de las políticas de los bancos centrales, que inundaron los mercados con dinero barato, que enseñaron a la gente a comprar ahora y pagar después. Antes era al revés. Parece que el crédito que nace de algún sitio misterioso donde es abundante podemos comprar todo a futuro. Empezaron las culturas de vivir el momento, disfrutar y no pensar en el mañana.Le quería preguntar por «la opinión de los expertos».El currículum de los procesos educativos -apoyado por los medios de comunicación- consiste básicamente en decir que el conocimiento del Estado, el conocimiento de los expertos del Estado, es de una naturaleza superior al conocimiento de un experto del sector privado. Este es muy interesante, mientras que el conocimiento que genera el Estado en, por ejemplo, pandemias es neutral, objetivo y por el bien común. Mientras que si lo opina un señor de un instituto científico privado, eso está al servicio de alguien.¿Y a usted qué le parece?Yo no veo que sean personas de una naturaleza especial. Usted coge a una persona en la calle y la hace diputada o la hace senadora y no cambia su naturaleza, sigue siendo igual que antes. Y no sabe más. Simplemente tiene más poder que antes. Tu opinión no es más válida después de ser ministro que antes de serlo. No acabo de entender muy por qué esta idea de que nos protegen.También ocurre en el ámbito supranacional.Por algún extraño motivo, los organismos no democráticos -estoy hablando de la Unión Europea, por ejemplo, que no es para nada democrática, sobre todo la Comisión, que se trata de una especie de democracia muy indirecta- son mucho más valorados que los organismos que son plenamente democráticos. Es más, estos organismos no democráticos parece que se permiten el lujo de corregir a la gente. En el caso de la Comisión Europea, con un comisario que dijo que lo que pasó en Rumanía se podía hacer en Alemania también. A mí me llama mucho la atención. No porque no sepa que actúan así, pues ya lo hicieron dos veces -cuando un referéndum sale que no, se obliga a repetirlo-, sino por qué se extraña la legitimidad. Claro, es normal que la gente desconfíe de la democracia. Si, al final, la democracia claudica frente a poderes que están por encima, que no son democráticos, no me extraña que después la gente se rebele. Sobre todo cuando los gobiernos no responden.Usted es un referente del anarcocapitalismo.No soy anarcocapitalista en el sentido de que no puedo vivir como anarcocapitalista. Yo entiendo el anarcocapitalismo como un programa de investigación. ¿Cómo podría resolverse en ausencia del Estado? Y en el proceso se aprenden muchas cosas. Como dice Emmanuel Todd, el anarcocapitalismo no llega, necesita unos valores humanos y morales para sustentarlo. Si no, también sería una sociedad caótica, que no es digna, que es mentirosa, que no es seria, que no cumple con sus tratos.
¿Cuál es la pregunta más impertinente que le han hecho? ¿Y qué respondió?
Normalmente, no me hacen muchas preguntas impertinentes, porque cuando me entrevistan me preguntan por cosas aburridas, como teoría del Estado o teoría monetaria.