Sabíamos que viven de dividir a los vivos. Tratarán ahora de dividir también a los muertos


Actualizado Viernes, 3 enero 2025 – 22:53
Este será el año de Chaves Nogales. En España debieran haberlo sido especialmente estos últimos siete, o si me apuran, desde que RZapatero tuvo la ocurrencia (la cabeza nunca le dio para una sola idea) de la Memoria Histórica.
Hace tres días se liberaron los derechos de autor de Chaves, conforme a la ley. Para muchos no tiene sentido que los herederos de un escritor, pasados ochenta años de la muerte de este, se vean desposeídos de los beneficios obtenidos por el trabajo de su antepasado, y no aquellos otros que disfrutan a perpetuidad de los bienes que les han dejado los suyos. Pero este artículo no trata de la propiedad intelectual.
A finales de 2019 veinte españoles mal contados se citaron en el cementerio de North Shen, Londres. Es un cementerio pequeño y, como tantos en Inglaterra, paradójicamente hospitalario, quiero decir, recogido, silencioso y con pocas estridencias ornamentales, con árboles centenarios, líquenes vetustos en las tumbas y mantos de musgo de perenne verde por doquier, uno de esos camposantos en los que los seres propensos a la melancolía y las ensoñaciones absurdas se hacen la misma confidencia sentimental: «No me importaría ser enterrado aquí».
Habíamos acudido para rendir un homenaje al periodista y escritor sevillano. Llevaba enterrado en aquel lugar tres cuartos de siglo, desde que murió (en mayo de 1944, con cuarentaiséis), pero nadie (tampoco su familia) se había molestado en poner una lápida con su nombre en ella. Solo la tenacidad de su biógrafa María Isabel Cintas acababa poco antes de dar con el lugar exacto de su tumba, un pedazo de tierra estrecho (¿cuál no lo es para un muerto?), cubierto de hierba silvestre y hojas de arce de color cobrizo (¿y qué otoño no es generoso con los vivos?).
Pese a llevar escrito en un papel grados, meridianos y paralelos para la búsqueda, nos sirvieron de poco, y ni mi mujer ni yo pudimos encontrarla. Alguien mejor orientado nos condujo. Entre los asistentes recuerdo a Ignacio Peyró (que dirigía el Cervantes), Juan Carlos Conde (de la Universidad de Oxford, que le había invitado a uno a hablar de Las armas y las letras), una nieta de Juan Belmonte (por aquello de que la realidad supera al arte), el embajador de España (imposible adivinar si estaba a favor o en contra de aquel acto ni de nada), Jorge Bustos (que escribió «La tumba recobrada de Chaves Nogales» para EL MUNDO) y Antony Jones, hijo de Pilar Chaves, entonces centenaria, una mujer admirable que había sido en su juventud secretaria de su padre.
Justificó Antony Jones aquella tumba sin nombre (y acaso una desidia): «La verdadera lápida de mi abuelo es esta». Mostró entonces la cubierta de A sangre y fuego, en la edición de Renacimiento de Abelardo Linares, quien primero, más y mejor ha contribuido a dar a conocer a su paisano. No sé, las excusas de Antony Jones siempre le han parecido a uno una gatera-alivio para la mala conciencia (al fin y al cabo durante más de cincuenta años Chaves sólo tuvo su Juan Belmonte donde caerse muerto), y confío en que alguna vez el amigo Antony cambie de parecer (mostrándole el camino a aquellos que quieran honrar la memoria de su abuelo en North Shen sin perderse). Pero las honras fúnebres tampoco son el objeto de este artículo.
Lo son las razones por las cuales Chaves Nogales no fue leído durante los cuarenta años de franquismo ni los veinticinco primeros de democracia. Tampoco Clara Campoamor, compañera de infortunio. Los liberales. Castillejo, Juan Ramón, Morla Lynch, Elena Fortún… Ni rojos ni azules. Víctimas de rojos y azules. Denunciaron los crímenes de unos y otros. Esa tercera España en entredicho por gentes tornasoladas y cucas que siguen pensando que de las dos España solo una tenía la razón, de la que se arrogan, ellos sí, herederos a perpetuidad (y por supuesto también de sus crímenes, porque su corazoncito sigue susurrándoles que no fueron crímenes; o sí, pero menos que los de los otros).
El 50% de la obra de Chaves sigue inédita, según Linares, de quien esperamos este año los artículos que escribió Chaves en París y Londres sobre la Guerra Civil y la 2GM. Pero esta noticia no es nada si no viene acompañada de otra.
Nuestro astuto Caudillo ha anunciado para este su Séptimo Año Triunfal un gran despliegue memorialístico. ¿Se acordará de Chaves Nogales? (probablemente ni lo conoce). Pocas víctimas del franquismo como él. Lo fue doblemente: cuando ya estaba muerto, el Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo le condenó a doce años de cárcel; no pasaba de ser un sarcasmo: justamente por anticomunista la izquierda lo condenó al ostracismo (cancelación diríamos hoy), del mismo modo que la derecha penalizó su republicanismo democrático con desprecio e indiferencia. ¿Y con Clara Campoamor qué harán? Seguro que no la consideran una víctima pata negra (al fin y al cabo fue la primera en denunciar el terror de aquel «régimen luminoso», ZP dixit), y tuvo la debilidad pasajera de querer vivir en la España de Franco).
Lo está uno viendo venir: para lo que quiere la Jefatura de Propaganda, cuánto más oportuna la lírica saturada de Vicente Aleixandre (lo publicó todo con Franco) que los claros escritos de Chaves o de Campoamor (enterrados en vida).
Sabíamos que viven de dividir a los vivos. Tratarán ahora de dividir también a los muertos. Son insaciables. Incapaces de digerir la verdad, solo les alimenta la mentira.