Cada Navidad un eco de orfandad se despierta en alguna parte de mí, como el sonido del mar en el fondo de una caracola. Lo mueven el silencio de las personas queridas que se han ido y el sollozo de las ilusiones perdidas


Actualizado Sábado, 21 diciembre 2024 – 00:02
Debió de suceder hacia 1959, poco después de la muerte de la abuela Laura. Vivía en el Hospicio Viejo de León, del que su hijo era capellán. Para entonces ya no había hospicianos, y vivían los dos solos en aquel caserón inmenso, sombrío y medio en ruinas. Por fuera impresionaba su porte adusto, pero por dentro aún más: tanta desolación sobrecogía. Aquel silencio, los sollozos de las vigas, los tillados viejos y renegridos… En una de sus dependencias custodiaba la Diputación los gigantes y cabezudos que sacaban en fiestas, y la visión de aquellas grotescas estantiguas de cartón pintorreado, amontonadas en la oscuridad, nos producían pavor. Olía el edificio a miseria y orines históricos, retestinados.
Cuando murió mi abuela no sé a quién se le ocurrió tomarme en brazos y meterme literalmente en el cajón mortuorio para que me despidiera de ella. Aquello me produjo una gran impresión y el helor del beso se me pegó a los labios de tal modo que más de 60 años después no ha acabado de írseme. Estar tan cerca de la muerte me produjo una sensación extraña de orfandad. Fue la primera vez que vi a un muerto.
Por eso decía que debió de suceder hacia 1959 cuando los gitanos acamparon en las Eras de Renueva, no muy lejos de donde vivíamos.
Llegaron en dos o tres carromatos, tirados por caballos de pezuña lanosa y poderosas grupas. Traían consigo también algunos perros, un burro y una cabra que ataron para que pastase. Las bestias, por el contrario, lo hacían sueltas y de una manera filosófica, ensimismada, en uno de los solares próximos.
La tribu hacía su vida alrededor de un vivac en el que había a todas horas un puchero del que salían unos efluvios de lo más hospitalarios. Aunque teníamos prohibido acercarnos allí, nos escapábamos para verlos. Había algunos niños de nuestra edad, los más pequeños en pernetas o desnudos de cintura para abajo. No parecían tener frío.
A los dos o tres días montaron su espectáculo delante de nuestra casa, en medio de la calle. Lo anunciaron con una trompeta y trajeron a la cabra lista. Fue llegando el vecindario, sobre todo mujeres, viejos y chicos. Se hizo un gran corro. Tocaba la trompeta un hombre joven de buenos pulmones. Era un gitano de libro, juncal, con el fleco en punta. Se hacía acompañar por el pandero que tocaba una gitana entrada en carnes. El gitano vestía de negro, pero la gitana, de gran tumulto, estaba cargada de abalorios y llevaba unos percales coloristas que le llegaban a los pies. Iba descalza. Las gitanas iban todas descalzas, aunque era invierno. Los hombres no. Al aporrear el pandero, la mujer movía las ancas, que eran de lo más equinas. No había otra música que esa, que bailaba una niña de unos nueve o diez años. Hacía ella unos dengues saladísimos y muchos volatines que dejaban ver que debajo de su faldita no llevaba nada. Fue la primera vulva que medio vi.
Subieron luego a la cabra en un bote y la cabra giró sobre sí misma con las cuatro patas juntas sin caerse. Se llevaron la cabra, el gitano pegó un potente silbido y apareció un muchacho con un mono. Era un mono pequeño, vivaracho y despierto.
Lo traía con una cadena enrollada. Yo lo envidié, me pareció un privilegio trabajar con un animal tan inteligente y formar parte de una función tan buena. El muchacho fue soltando la cadena y el mono empezó a dar vueltas, y cuanto más se acercaba al público en su frenética carrera, más obligaba a este a abrir el corro. Las mujeres rugían de miedo, los chicos no perdían ripio y los viejos se destroncaban de risa. Fue también la primera vez que vi un tití y la primera que aprecié el arte en toda su importancia.
Los gitanos levantaron el campamento, pero al poco uno de mis hermanos dio en decir que yo era adoptado, que en realidad me habían comprado a unos gitanos portugueses que habían pasado por León antes de que yo tuviera memoria. Mis otros hermanos lo confirmaron y mi madre amenazó con castigar a quien repitiera esa historia. Fue inútil. Ya habían sembrado en mí la duda metódica. Me sentí profundamente triste y solo, y volvió el sentimiento de orfandad que me había punzado en el Hospicio Viejo. Por eso he relacionado los dos hechos. Fue mi primera tristeza seria.
Llegó el verano, se echaron encima las fiestas y oí decir en la tienda de mis padres que en el Paseo de Papalaguinda, en la otra punta de la ciudad, habían venido unos gitanos portugueses con un espectáculo digno de verse. No me lo pensé dos veces, y me escapé de casa para unirme a ellos. Esa fue mi primera fuga.
Me encontró un guardia municipal del barrio que me reconoció, y me llevó de vuelta. Nadie se había dado cuenta de mi escapada. Podría haberme decaído algo por esa indiferencia, pero lo cierto es que la incertidumbre que me había atenazado todo el invierno desapareció ese día.
Cada Navidad un eco de aquella orfandad se despierta en alguna parte de mí, como el sonido del mar en el fondo de una caracola. Lo mueven el silencio de las personas queridas que se han ido, el sollozo de las ilusiones perdidas, el tillado de la vida que marcan nuestras pisadas quejumbrosas, y doy en pensar, en pensar… Pero cuanto más lo pienso, puedo decir que nunca se ha sentido uno menos huérfano que en Navidad, pudiendo, como puedo, acordarme de todas y cada una de las personas queridas que se han ido, de las cosas buenas que la vida me ha dado, de los lugares donde fui feliz alguna vez.