No es un Evo Morales, sino el Rey Felipe VI. Arcadi Espada

Primero fue la catástrofe natural. Y luego la catástrofe naturalmente desencadenada por el estado de España

Felipe VI, en Paiporta.
Felipe VI, en Paiporta.MANAURE QUINTEROAFP

Arcadi Espada

Actualizado Martes, 5 noviembre 2024 – 00:01

Por si la cruel evidencia de 214 muertos a causa de unas lluvias y —a una semana de los hechos— la inexistencia de una cifra siquiera aproximada de heridos y desaparecidos no bastaran, la autoridad pública española dio el domingo otra prueba visible y definitiva de su incompetencia poniendo en inaudito peligro a los Reyes y los presidentes del Gobierno y de la Generalidad valenciana, y humillándolos a golpes de palabra y bolas de barro. Todos los que salivan pronunciando la palabra pueblo y que consideran que el pueblo es sabio y siempre tiene la razón del cliente volverán a creer una vez más en su ontológica inocencia; pero lo cierto es que tal ambiente, cargado de dolor, frustración e ira, pudo causar un suceso mucho más serio del que causó. No hay que hacer un gran esfuerzo para sostener fácticamente este punto de vista: si después de lo que pasó en Paiporta decidieron suspender la continuación del previsto viaje hasta Chiva fue porque algo había salido todo lo mal que podía soportarse.

El pueril relato del icónico enfrentamiento entre el Rey y el presidente del Gobierno, un espagueti western alentado desde ambos lados de la calle política —aunque una de las calles, la más irresponsable y la más viciosamente contraria al respeto institucional, fue, como de costumbre, la de La Moncloa—, oculta la desoladora imagen completa de los hechos. El modo como el presidente del Gobierno tuvo que abandonar el pueblo, apenas protegido por un paraguas, mientras un muy farruco se atrevía a tirarle un palo, no solo fue denigrante para él: lo fue también para mí, quién coño te crees que eres, valencià. Pero a pesar de los cantares de gesta que le dedican, no fue más reconfortante ver al Rey de España como lo vio la gran foto de Biel Aliño en la portada de ayer del periódico, encapsulado en la turba, mientras un encapuchado héroe del suburbio enarbolaba amenazante una pala metálica a dos palmos de sus narices. El que encajaba en el centro de esa foto no es Felipe VI, sino un cualquiera Evo Morales. Y la crisis de autoridad que exhiben esas dos imágenes superpuestas sobre las calles de fango, repletas de coches estampados y donde no faltaban cuatro palmeras vejatorias, es pura y duramente tropical.

Primero fue la catástrofe natural. Y luego la catástrofe naturalmente desencadenada por el estado de España.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies