

Actualizado Miércoles, 30 octubre 2024 – 12:15
Ni siquiera 50 cadáveres son capaces de unir a quienes los representaban en el Congreso. Ni siquiera la mayor riada de nuestra historia reciente puede derribar el muro de la polarización que separa al Gobierno de la oposición. Ni siquiera un pálido temor a la opinión de los valencianos o los manchegos calma la voracidad colonizadora de un sanchismo zombi y espectral que sigue lanzando dentelladas a las instituciones de todos mientras la corrupción trepa por sus piernas.
No era el día para elevar a metáfora parlamentaria el fango que ha asfixiado a decenas de españoles. No era el día para arrojar los nombres de Koldo, Aldama, Begoña y Errejón (su escaño parecía un cráter humeante en mitad del hemiciclo) a la cara de los ministros, por más que se lo tengan merecido, y el primero que se dio cuenta fue el PP. Es verdad que nadie le pidió a Francina Armengol la suspensión del pleno antes de su comienzo: la oposición al principio se conformó con el minuto de silencio, que se guardó con rara solemnidad. Pero enseguida llegó a los móviles de sus señorías la cifra terrible: al menos 51 muertos a consecuencia del temporal. Se extendió cierta atmósfera de duelo por las bancadas. Hasta los jabalíes más acreditados parecían compungidos.
Nadie que no haya perdido del todo el contacto con la realidad o un último latido de empatía puede entregarse a la trifulca cainita en semejantes circunstancias. Por eso Cuca Gamarra formuló su pregunta a María Jesús Montero en un tono deliberadamente bajo, aunque deslizó las intenciones caníbales del Ejecutivo: «La unidad ante la tragedia no está reñida con la verdad. ¿Cuál va a ser la próxima institución en caer?». Pero Montero se ciñó a su papel de gobernante profundamente concernido por la catástrofe y evitó confesar la maniobra que su grupo impondría minutos después: les importaba más asegurar el botín de RTVE que expresar solidaridad con las víctimas.
Tampoco el popular Jaime Olano quiso hacer sangre con Yolanda Díaz. Y eso que la lideresa intermitente de Sumar ofrece infinitos flancos a la crítica -y a la autocrítica- después de encubrir durante meses las denuncias contra Errejón, si es que hay que juzgarla por el mismo histérico rasero con que su espacio político cancela a los demás. Pero Díaz está tan fuera de cacho en estos momentos, su desorientación es tan penosa que ningún socialista ni colega de gabinete la aplaudió cuando se puso a presumir de contundencia y a atacar al PP… segundos antes de rogarle que combatieran juntos al machismo, porque «no es de izquierdas ni de derechas». Algo es algo. Igual para cuando sea apeada del cargo hemos conseguido cerrar el círculo de la racionalidad que se empezó a desviar hace diez años y redescubrimos la presunción de inocencia. Al tomar la palabra Ester Muñoz parecía sinceramente afectada. Dijo que no entendía por qué el pleno no se había suspendido. Añadió que su deber, no habiéndose suspendido, era controlar al Gobierno. Pero ni siquiera agotó sus turnos de palabra en el rifirrafe asordinado que mantuvo con la ex jefa de Íñigo.
Entonces le llegó al turno a Tellado. Tenía al rival en el suelo, pero decidió envainar la espada. Se dirigió a la presidenta Armengol y solicitó formalmente la suspensión del pleno en atención a las víctimas de la tormenta si el resto de portavoces estaba de acuerdo. Armengol le dio la palabra a Patxi López, y vimos a Gómez de Celis gritarle «¡no!» desde su escaño de la Mesa del Congreso. Pero o Patxi no se enteró (hipótesis probable) o decidió obrar con criterio propio (tesis optimista): se abrió a la posibilidad de la suspensión. Lo secundó luego la portavoz adjunta de Sumar, que es valenciana, aunque no tuvo la nobleza de reconocerle a Tellado el origen de la iniciativa. Armengol hizo un receso de tres minutos, que terminaron convirtiéndose en media ahora.
Mientras se reunía la Mesa con los portavoces, en la Cámara se formaron dos conciliábulos. Se veía que la voz cantante en la orilla socialista la llevaba Bolaños, con apoyo de Celis, mientras Patxi y Yolanda escuchaban a los mayores y Urtasun o Aitor Esteban se acercaban a recibir doctrina más que a aportarla. El debate era más o menos el siguiente: «¿Secundamos la propuesta del PP, concediéndole una victoria de imagen cuando deberíamos haber sido nosotros los primeros en exhibir humanidad, o suspendemos solo la sesión de control pero mantenemos la convalidación del decretazo de asalto a RTVE?». El sanchismo, fiel a sí mismo, eligió lo segundo. Mientras, en el resto de cámaras autonómicas de España se sucedían las suspensiones.
En la otra orilla, Feijóo, Bendodo, Muñoz y compañía aguardaban la decisión de Armengol. Es decir, la decisión de Bolaños, que es quien reúne en su persona los tres poderes en ausencia de Pedro. Rafa Hernando cruzaba las líneas enemigos para afear a sus adversarios que pretendieran fumarse el control pero seguir adelante con la cacicada programada en el orden del día. «¿Les compensa el coste reputacional de consumar el asalto a RTVE en plena tragedia, como si verdaderamente no hubiera un mañana para ellos?», dudaban en el PP. La duda ofende, muchachos. Basta pulir la consigna de que la tarea legislativa es vital y que precisamente en estos difíciles momentos los ciudadanos y las ciudadanas demandan de su Gobierno cercanía y liderazgo y bla, bla, bla. Y además Pedro aterriza al fin de su romería hindú con la pluriimputada. En un pispás se cambia el chaleco de kevlar por el exoesqueleto de piel sintética y lo tenemos impostando sentimientos de conmiseración en la tele. No hace falta decir nada más, que ya habla el Uno.
Pero en realidad sí hace falta. Hace falta decir mucho todavía. Hace falta registrar otra vez la condición miserable de un Gobierno deshuesado y venal, incapaz de posponer el saqueo de otra institución con tal de remunerar a los socios cuya codicia alimenta la respiración artificial del desahuciado. Agonizando una semana más: Gobierno de España.