Solo la derecha odia. Arcadi Espada

Las manifestaciones contra los judíos suponen un interesante asunto acerca de la libertad de expresión. Basta imaginar la posibilidad de que un grupo de neonazis decidiera manifestarse para celebrar el aniversario de la publicación de Mein Kampf, por elegir algo más moderado que la fundación de Auschwitz

Solo la derecha odia
Sequeiros

Arcadi Espada

Actualizado Sábado, 5 octubre 2024 – 22:53

(Confort) Este domingo una manifestación celebrará en Madrid la matanza de Hamas del 7 de octubre. Ellos llaman a la matanza «el comienzo de la última intifada palestina». La manifestación ha sido autorizada. Como esta semana explicaba Quico Alsedo los cómplices de Hamas se encuentran muy a gusto en España. Hasta el periódico colabora en su confort: en la fotografía que adornaba la crónica, correspondiente a una manifestación anterior en Barcelona, las caras de algunos de esos cómplices aparecían cubiertas. No las había cubierto el periódico, pero publicó la foto tal y como los cómplices de los asesinos lo habían hecho en sus redes.

Las manifestaciones contra los judíos suponen un interesante asunto acerca de la libertad de expresión. Basta imaginar la posibilidad de que un grupo de neonazis decidiera manifestarse para celebrar el aniversario de la publicación de Mein Kampf, por elegir algo más moderado que la fundación de Auschwitz, ejemplo. La manifestación tendría pocas posibilidades de celebrarse, y la razón sería la incitación al odio. Lo que introduce una llamativa discriminación respecto a la manifestación de Hamas: uno puede manifestarse a favor del exterminio de judíos, pero solo a condición de que la convocatoria la promueva un grupo de izquierdas. Desde el punto de vista del intrigante asunto de la superioridad moral de la izquierda difícilmente podría encontrarse un ejemplo más cautivador. Solo la derecha odia.

También habría graves dificultades para que un grupo de españoles acérrimos se reuniera cada 18 de julio para celebrar el Alzamiento contra la República de 1936. La apología del franquismo y otra vez los supuestos delitos de odio serían los motivos probables de la ilegalización de las manifestaciones.

El debate sobre la libertad de expresión debe acudir siempre a la experiencia americana. Incluido el específico de la agresión a los judíos. Es célebre el caso de Skokie, un suburbio del área metropolitana de Chicago, donde habitaban muchos supervivientes del Holocausto. El líder del Partido Nacional Socialista de América, Frank Collin, anunció en 1977 su intención de convocar allí una marcha para reivindicar su derecho a manifestarse libremente. Al principio la marcha no pudo celebrarse por las estrictas condiciones que impuso la autoridad —entre ellas una fianza de 350.000 dólares para cubrir posibles destrozos—, pero, finalmente, el Tribunal de Illinois, favorecido por la inhibición del Supremo en el fondo del asunto, declaró que la exhibición de esvásticas en un barrio judío no incitaba a la violencia y autorizó la marcha, que se celebró el 25 de junio de 1978.

Sin embargo, algo distinto pasó en el condado de Carroll, del Estado de Virginia, después de que un Barry Black, miembro del Ku Klux Klan, quemara una cruz en una reunión del grupo racista y cerca de la casa de un negro. La quema de cruces, que al parecer tiene su remoto origen en las Tierras Altas de Escocia y que allí simbolizaba el llamamiento a las armas de los clanes medievales, fue adoptada por el Ku Klux Klan a principios del siglo XX con un claro propósito de intimidación racista. La ceremonia de Black llegó al Tribunal Supremo, que en 2003 resolvió de manera mixta. Primero sentenciando que la ley de Virginia que prohibía quemar cruces con intención intimidatoria era constitucional. La juez Sandra Day O’Connor consideró que estas piromanías eran «una amenaza verdadera». Y que tales amenazas no están protegidas por la libertad de expresión que garantiza la Primera Enmienda. El Supremo también sentenció, sin embargo, que la quema de cruces no supone de forma automática una voluntad de intimidación y ante la dificultad de poder probar que Barry Black actuó con esta voluntad lo absolvió.

Sería interesante conocer si algún tribunal español considera que esta celebración de la matanza de Hamas y el ánimo de destrucción del Estado de Israel que lleva consigo la expresión: «Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá» —hace poco la declamó la vicepresidenta del Gobierno, aunque hay que decir que en ella siempre decide la abisal ignorancia— es intimidante y supone una amenaza para las personas concretas, que son los supuestos en que la jurisprudencia americana se basa para restringir la libertad de expresión. La intimidación puede darse celebrando la publicación de Mein Kampf o el aniversario del 18 de julio. Pero se necesitarán muchos más trámites para vincular una acción al símbolo. Alguien podría argumentar que entre el Holocausto o el Alzamiento y la celebración de las matanzas de Hamas hay una diferencia sustancial de asentimiento. El relato sobre el Holocausto o el Alzamiento está escrito y aceptado en términos generales y sobre ellos se ha decretado la paz del fósil. Por el contrario, los contendientes de Gaza están hoy luchando, cada uno con sus armas y sus razones. Pero el argumento cae por su propio peso: la capacidad de amenaza e intimidación de un fósil es incomparable a la de la carne viva.

La manifestación de Skokie no la acallaron los tribunales americanos, sino el griterío de los contramanifestantes judíos que redujeron a unos pocos minutos irrelevantes la presencia en su barrio de la turba neonazi. Así debería suceder este domingo con la celebración de la matanza que planean los cómplices de Hamas. Pero España, desde el año de gracia de 1492, no es un país confortable para los judíos.

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