***Tengo una casita en una urbanización de Conil donde en verano, y muchos fines de semana del año, convivimos amigos de toda la vida. Como mi casa da a un bosque de pinos tengo la sensación de que mi pequeña parcela no acaba nunca. El sol recorre su camino a lo largo del día sin molestar demasiado en verano, a través de los árboles, lo que hace que siempre pueda elegir sombra-sol para estar en mi césped. Además, tengo una palmera, que acabo de regenerar, que embellece el entorno, y una piscina comunal, con jardín, donde nos encontramos todos los amigos durante las largas tardes veraniegas. En resumen, estoy encantado.
Pero he aquí que con los años se me plantea un dilema. Yo no conduzco ,y a mi mujer cada vez le pesa más el coche. En Conil necesitamos el coche para casi todo, en especial para ir a la playa.
Ayer estuve en Cádiz por el Paseo Marítimo y de nuevo, si no fuera demasiado cursi, diría que quedé extasiado. Tengo un amigo, M.C., que vive ahí y siempre que nos vemos me dice que le pregunte que si él fuera millonario donde viviría, para poder responderme lo mismo, “viviría donde vivo”. Yo he vivido en el Paseo de 1988 a 1996, y en el segundo periodo, de 1998 a 2016. En total 26 años. He visto atardeceres muy bellos e ir a la playa nunca fue un engorro como ahora, al contrario, una delicia. La cotidianidad de los años que pasé allí no me impiden quedar siempre impresionado cada vez que vuelvo.
Creo que quizás con la edad, volveremos a la comodidad de la playa del Paseo Marítimo y a sus vistas maravillosas.
***Hace casi nueve años que vivo en Sevilla. Que nadie se equivoque ni se moleste, soy de la calle Libertad, y gaditano a carta cabal, como todos saben. Pero las cosas como son. Hoy, de nuevo he ido a Cádiz, como muchas semanas, e inevitablemente me he encontrado con un amigo gaditano que me ha dicho: “uf, Sevilla, qué caló”.Pues bien, yo no recuerdo haber pasado tanto calor en todo el verano como hoy en Cádiz, y eso que de vez en cuando se notaba un vientecito de poniente… Lo voy a explicar, aunque haciendo una aclaración previa: yo necesito aire acondicionado, del que no falta nunca en Sevilla, para sobrevivir entre mayo y octubre.
Por la mañana estuve tomando café en el hotel Playa, que hoy no tenía puesto el aire, claro, como hacía poniente… No hace falta que explique que, con poniente, en los interiores gaditanos hace un bochorno húmedo sofocante. Pasé mucho calor en un hotel que, me consta, porque lo frecuento, es de gran categoría (recomiendo al gaditano que se quede ahí una noche, es maravilloso).
Sigo. A media mañana cogí un taxi hasta el centro, que por supuesto, no llevaba aire. Claro, como en Cádiz no hace falta… Hacía calor en su interior y si bajabas la ventanilla arreciaba el viento.
A continuación, me he cortado el pelo en la peluquería de toda la vida, a la que sigo yendo fielmente. En la pelu, que está en un bajo interior profundo, tampoco había aire, había un ventilador que no me llegaba. Claro, para qué gastar aire si en Cádiz no hace calor… Qué bochorno!
Para llegar al restaurante popular donde había quedado con mi hija A., decidí montarme en el bus urbano. Aquello era insoportable. Hoy era día gratuito, que de gratuito nada, lo paga el contribuyente, es decir el que no se monta. Bueno, pues no tenía aire acondicionado. La gente sudando, nadie protestaba, incluso han defendido los pasajeros que seguramente estaba estropeado, que siempre lo ponen… A mí me da que tienen la orden de apagarlo llegando el otoño…
Para no variar, el restaurante tenía todas las puertas abiertas para que entrara el “fresquito”, con lo que la climatización no servía para nada, como en la mayoría de los bares gaditanos, especialmente en el Paseo Marítimo. En Sevilla como hace tanto calor, a nadie se le ocurre abrir la puerta de ningún interior o bar. Como este restaurante popular de la Z. F., muy bueno por cierto, tiene terraza, he comido fuera, pero cuando el poniente paraba, la solanera en el toldo, y comiendo, uf, que calor.
Por fin llegó la salvación. A partir de montarme en el Comes todo ha sido distinto, incluso me puse felizmente una rebequita, y sobre todo al llegar a mi casa de Sevilla, mi mujer tenía el aire a 22, qué alegría. Sevilla, qué fresquito real!
Otro día hablo de los puñeteros vientos permanentes de Cádiz, poniente (delicioso sólo en verano-verano), y levante.